Timos para abuelos (VII y última parte)

Columna de Manuel Avilés*, director de prisiones jubilado y escritor, para h50 Digital Policial

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Crónicas desde la cárcel de Ocaña”. Columna de Manuel Avilés*, director de prisiones jubilado y escritor, para h50 Digital Policial

No me puedo eternizar en estas historias que darían para un serial, radiofónico o literario al estilo de la antigua Ama Rosa o de las modernas series sudamericanas o turcas, llenas de lágrimas, de situaciones límite, de amoríos, de decepciones y hasta de crímenes. Las escenas  – en estas historias de ficción pero todas plenamente documentadas-  se repiten con ligereas variaciones. Mínimas variaciones que conducen siempre al mismo sitio.

Cada uno da lo que tiene y está dispuesto a recibir lo que necesita. Las chicas dan su lenguaje meloso: mi amor, te quiero, me gustas, querría hacer algo contigo, una relación más profunda… Unas fotos más o menos sensuales, que explotan su físico, aunque pueden no ser ni siquiera de ellas – con escotes, con tipos espectaculares e incluso íntimas, aunque uno, repito, no puede saber si son realmente suyas porque al ser de una parte del cuerpo solamente, pueden estar cogidas de las mil páginas existentes en ese diablo  engañoso moderno que se llama redes sociales-. El abuelo, por su parte, excitado y con la poca testosterona que tenga, revuelta y desatada, pone también lo que tiene: algún dinero o mucho dinero, según, y recibe atención, palabras de amor – falsas- y promesas de vida acompañada y feliz – falsas también-.

No siempre estas relaciones, con redes de por medio, o mejor dicho, casi nunca, son relaciones reales. Ella pone su físico, su hablar meloso, su enamoramiento supuesto y veloz, y siempre, prácticamente siempre, acaba pidiendo dinero.

Desde el punto de vista criminológico  – es una actividad poco estudiada creo, o al menos, yo no he leído mucho sobre ella y la criminología y la criminalística son ciencias empíricas que necesitan de la observación de la realidad y hasta del ensayo con la misma- puede no ser una estafa en sentido estricto. Una persona metida en una red o dedicada en su vida a sacar dinero por medio de este tipo de actividad, sería una estafadora profesional.  También podemos estar ante una persona que  trabaje, medianamente integrada y que emprenda esta actividad lucrativa por necesidad y porque ve que, con un chateo, unas fotos, unas palabras dulces y, si procede incluso, unos enfados, puede sacar más dinero que trabajando, en un mundo empobrecido como el que vivimos.

El abuelo, ese personaje inventado pero, insisto, documentado en lo que le pasa  – no hay criminología, ni penología ni derecho penal sin actividad mínimamente científica- ha sufrido en su carne todo tipo de “empujones” sensibleros y manipulaciones del mismo tinte.

Yulisdeysis le ha dicho que se le ha roto el coche, que era el pedal de acelerar pero que el mecánico se equivocó y, realmente era la junta de la culata. Luego le ha dicho que tenía que comprar los reyes a los niños. Después que se le había cerrado la puerta y necesitaba un cerrajero porque estaba en la calle. Luego que tenía rota la lavadora, grave problema para una madre con dos niños. Muy socorrido – y posiblemente cierto- es el argumento de que tiene que ir “al Mercadona” y no puede pagar. Le ha dicho que tiene que pagar el seguro del coche y no puede ir a trabajar sin él. También que hacienda la “amenaza” con bloquearle la cuenta porque debe quinientos euros y le pueden quitar el paro. Le pide doscientos euros más para cambiar las cuatro ruedas del coche porque tiene que pasar la ITV y sin ella no puede circular e ir a su trabajo.  En el colmo del despropósito – un abuelo es de naturaleza temerosa- le ha mandado un “pantallazo” de un supuesto hermano en el que, textualmente le dice: “tenemos que poner mil doscientos euros porque a papá le ha dado un infarto y nos piden esa cantidad para tratarlo en la clínica”. Ella pide dinero al abuelo y él, con un poco de lógica en su cabeza atribulada, contesta: En España la atención sanitaria a un señor con un infarto es gratis. No puede haber una clínica que te exija mil doscientos euros para atenderte. Yulisdeysis es lista y ágil. Responde inmediatamente: mi padre es de – ahí mete el nombre de una aseguradora de las cien que hay- y no hemos pagado los últimos recibos por eso no lo van a seguir atendiendo. El abuelo  -que sigue resistiéndose porque aún conserva un poco de lucidez- le intenta explicar que a un infartado no se le puede dejar sin atender y que, si la clínica privada no atiende,  deben trasladarlo a un hospital de la Seguridad Social donde será atendido sí o sí. Yulisdaysis ha cogido el bocado y no está dispuesta a soltarlo sin pelear.  Acude al sentimiento de culpa del viejo intentando que piense en la omisión del deber de socorro. Le envía la foto de un señor mayor, con la cara tapada por máscaras de oxígeno y le echa en cara la dureza de su corazón de al no ayudar a un hombre que está muriéndose literalmente y todo por unos cientos de euros. El abuelo le manda  trescientos  – argumenta que no puede, que no tiene, que no ha cobrado aún la pensión- y ella enfadada, le echa en cara que solo le gusta verla y “tocarse mientras la ve”, que para eso sí vale e incluso amenaza con que  “se va a acordar” si no la ayuda. El abuelo se acojona, nunca se ha tocado con ninguna foto pero literalmente se acojona  – es un mecanismo muy común, cuando se pide dinero o cuando se va a pedir, enviar antes alguna foto sensual o incluso directamente sexual, que puede no ser de la persona que pide el dinero porque fotos de esas hay a centenares en internet y no requieren el desembolso de un par de cientos de euros. Son gratis-. Con el miedo de que ella – ha avisado de que llamará a sus hijos, a su familia para interesarse o para preguntar- actúe en su contra mira y remira la foto y ve un detalle importante – no ha perdido del todo la cabeza-. Yulis dice que su padre está ingresado en Barcelona y el señor que está encamado, con la cara cubierta por mascarillas de oxígeno, tiene unos letreros en la almohada que ponen claramente “generalitat valenciana”. Nunca, en la vida, la generalitat catalana, por muy mal que esté de dinero, por mucho déficit que tenga y mucho lío con sus maniobras independentistas,  pondrá en sus hospitales ropa de cama con inscripciones de la valenciana. Hasta ahí llegamos. ¿O no?

Da igual que la mujer resida en España o en Francia, o en Inglaterra o en Hong Kong. El mecanismo es idéntico: unas fotos sensuales, una sonrisa provocadora, una ropa ligera o incluso sin alguna prenda – si a usted le gustan este tipo de fotos las puede conseguir sin pagar. Tengo un amigo que me manda semanalmente un comentario documentadísimo de la jornada ligera, con especial animadversión al Barcelona y más desde el caso Negreira. Siempre  acompaña este comentario de la liga adulterada con fotos artísticas, eróticas y maravillosas de mujeres espectaculares que yo ya ni abro por puro aburrimiento, porque en mi época de colegial  – con los padres claretianos y reprimido por eso mismo- ver la mitad de un pecho era motivo suficiente de condenación eterna. Hoy ya estamos acostumbrados y pasamos esas fotos como la publicidad de un minipimer. Pasó a la historia la época en que la gente iba a Perpignan a ver Emmanuelle y la época en que para ver un desnudo en el cine se argumentaba que era una película de arte y ensayo.

Volvamos a la petición de dinero no exclusiva de mujeres que viven en España. María Chestokowa ha contactado con el abuelo por Facebook porque él no está adherido a ningún grupo de contactos para buscar pareja o para ligar. Los argumentos para pedir han sido idénticos: tengo la nevera vacía, estoy pasando hambre, me van a echar de la casa, no puedo pagar el alquiler  – ambas señoras pedigüeñas se muestran en las fotos maquilladas, limpias, con una casa perfecta y bien decorada, con uñas cuidadas y hasta con ropa de marca aunque esta puede ser falsa, pero en los letreros figuran las marcas Calvin Klein, Versace, Gucci y similares… aunque pueden ser, repito, del mercadillo-. Lo que es cierto es que Chestokowa no parece por su aspecto ninguna mendiga que ande sin techo por París. Hoy ha dado un salto cualitativo y cuantitativo importante – aludiendo como siempre a la dureza de corazón del abuelo que no quiere ayudarla, aunque ya le ha soltado unos cientos de euros- Ella insiste en un futuro con el abuelo con esa frase mágica de todas las chicas que quieren seducir a un viejo: la edad no importa, solo es un número.

María – que ha entrado de nuevo, equivocadamente, en el face del abuelito con otro nombre pero con la misma foto- le dice lo que sigue, echando el resto: He recibido una herencia de doscientos cincuenta mil euros. Tengo la cuenta bloqueada y el banco me pide quince mil para desbloquearla y poder acceder a la herencia. El abuelo, prendado de sus fotos en lencería pero que no ha perdido por completo el seso, le pregunta:  ¿Qué notario del mundo con una herencia de doscientos cincuenta mil euros por recibir, no actúa para completarla y se asegura de que cobrará todos sus emolumentos descontándolos de la herencia inminente? ¿Qué banco, con una herencia así no desbloquea lo que tenga que desbloquear para hacer negocio? ¿Cómo me pide a mi dinero para esto? – se pregunta el abuelo-. Y ella entra en cólera llamándolo mil veces hombre sin corazón, que la tiene desamparada cuando ella lo que realmente quiere es vivir con él, el resto de su vida y no defraudarlo jamás e incluso, devolverle con creces los quince mil euros cuando cobre la herencia.

El abuelo  – su Facebook que no tiene nada de particular, solo música, poesía, arte, viajes…-  parece tener imán para los pufos. Le han entrado en los últimos dos meses cinco chinas  – de aspecto oriental, pueden ser coreanas, japonesas, taiwanesas…- y todas, sin pedirle dinero, eso sí, se empeñan en hacerlo inversor. Aquí tenemos otro gran modo de sacar pasta con la promesa de una rentabilidad asombrosa. Aquí tenemos otra gran estafa en potencia: todas te quieren meter en la inversión en criptomonedas. Esto me recuerda por fuerza a un estafador que tuve preso en una de las cárceles que dirigí y era experto en recibir “inversiones” de agoniosos a los que prometía una rentabilidad imposible, como aquella vieja portuguesa, Doña Branca, que estafó a miles de crédulos con un sistema piramidal.

El mundo sigue igual que hace cinco mil años. Nada ha cambiado. Poder, dinero, sexo… realidades unidas y confundidas muchas veces porque unas y otras se relacionan indisolublemente. No hay nada nuevo bajo el sol.

(*) Manuel Avilés es director de prisiones, actualmente jubilado, y escritor

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