Historia de las cárceles y de España (VIII parte)

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Comedor de una prisión (imagen facilitada por TAMPM)
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Crónicas desde la cárcel de Ocaña”. Columna de Manuel Avilés*, director de prisiones jubilado y escritor, para h50 Digital Policial

Terminado el imprescindible recuerdo a Enrique Múgica – largo pero muy merecido- volvamos al año 1979 que es donde lo dejamos con Enrique Galavís de Director General y con la sonada fuga de los Grapo de la cárcel de Zamora. Este hombre sufrió en junio del 91, cuando llevaba años olvidado de las cárceles y la política y dedicado a su profesión de ingeniero, un atentado con bomba, por parte del Grapo, en su chalet de Galapagar. ¿Les suena de algo esa localidad que ahora se ha hecho famosa por ser el domicilio del vicepresidente del gobierno y de su pareja, una ministra que, como él, ha hecho presente y actual “La rebelión en la granja” de George Orwell?

Le tocó también a Galavís en su mandato un quebradero de cabeza importante, como dirían en las prisiones, “sin comerlo ni beberlo”, casi recién llegado.

A García Valdés lo criticaron severamente porque, partiendo de sus postulados progresistas y humanizadores del régimen carcelario, al final, tuvo que crear la prisión de Herrera de la Mancha, construida como cárcel de máxima seguridad y disciplina para hacer frente a casos extremos de internos conflictivos y refractarios al sistema – ya hemos hablado de ello-. En la cárcel, como en ningún sitio, no es válida la teoría del “café para todos”. Ingresaron inmediatamente en ella, por ejemplo, los Grapo de Zamora, tras la fuga de sus compañeros. El propio García Valdés admitió haber tomado como modelo el realizado en cárceles irlandesas o alemanas para alojar a presos del IRA o de la Baader Meinhoff.  La prisión de Herrera fue estigmatizada por la propaganda desde el primer momento. La UCD, tímidamente, comprendió que la infraestructura carcelaria española era un desastre e inició un – tímido vuelvo a decir- lavado de cara con prisiones en Murcia, Fontcalent, Lugo, Lérida… todas muy mal hechas, pensadas con los pies y casi como centros de inserción para presos con muy poca peligrosidad y que han necesitado mil reformas desde su construcción. Recordemos, por ejemplo, al poco tiempo de inaugurarse Fontcalent, la fuga de un peligrosísimo atracador – Celdrán Jara- saltando desde el patio hasta los talleres y evadiéndose con una pistola que había entrado en el camión que suministraba material a los talleres de carpintería metálica.

Herrera ya nació con el sello de la dureza  y nada más puesta en marcha se hizo a creedora a la fama que le daban por un acontecimiento desgraciado. En octubre del 79 se publicó en El País un artículo explosivo que hablaba de palizas y vejaciones sistemáticas, como modo general de actuar para tener amedrentado desde principio a cualquier ingreso y que “corriera la voz” de cómo allí se las gastaban. De sobra es sabido que las cárceles tienen las paredes de papel y todo lo que en ellas se haga – lo haga el director o el último preso- se conoce inmediatamente como propagado por un gran altavoz. Si queréis os doy ejemplos concretos.  Hubo un gran enfrentamiento entre funcionarios – igual que en el caso de Agustín Rueda- , que se extendió a otras prisiones con gente a favor de unos u otros. La discusión era imposible de apagar entre los que defendían un régimen de terror – “hay que tener pánico a llegar a Herrera”, decían, “para preservar el orden y la disciplina”- y quienes se oponían, exteriorizaban su desacuerdo y eran acusados de chivatos y mariconas, cuando menos. Siento escribir esto, no me resulta agradable hacerlo porque fueron días difíciles. Mucho más con la situación que vivía el país en sus calles, pero es lo que pasó y la verdad es la verdad, la diga Agamenón o su porquero.  Hablamos de finales de los setenta y principios de los ochenta.

Entramos en el verano que se prevé largo y caluroso, angustiado por el implacable cambio climático, lleno de miedos y de duelos por causa de tantos eventos que el hombre ocasiona con sus intervenciones que cada día parecen más descerebradas: bichos asquerosos que no sabemos quién inventó ni si han sido una producción accidental de la naturaleza o han salido de un laboratorio chino y que no acaban de ser controlados.  Nos creíamos que las grandes epidemias que diezmaban a la población – la peste negra del siglo XIV, la fiebre amarilla del XIX o la gripe, llamada española, de principios del XX- eran cosa del pasado y que los virus asesinos eran ciencia ficción para películas baratas. Crisis económicas que no hay por donde cogerlas con el precio del dinero por las nubes cuando necesitas un crédito  y tirado cuando tienes algún ahorro en el banco por el que no te pagan nada.  Guerras inexplicables por ese afán imperialista que tiene hoy tan poca razón de ser cuando la que manda de verdad es la economía global, las grandes multinacionales que dictan la marcha del mundo. Elecciones en las que todos predican y prometen tener las soluciones mágicas y con los ciudadanos – precios, pensiones, asistencia médica, independentistas que venden sus votos a quien más les ayuda a desguazar el Estado,  vivienda, inmigración, residencias de ancianos, planes de estudios que generan analfabetos, carreras que no sirven para nada salvo para marear a los muchachos….- y los ciudadanos, repito perplejos y comidos por la incertidumbre, por la inflación, por los alquileres impagables y por la inseguridad del que alquila, hijos que no se pueden independizar en la vida y constituyen una rémora permanente para los padres….En fin. No entremos en esta retahíla que lo nuestro es la historia carcelaria.

Andábamos en el capítulo anterior con la supuesta gran contradicción de García Valdés, autor de una Ley Penitenciaria moderna, humanizadora y decididamente partidaria de la reinserción y, a la vez, creador de la prisión de Herrera de la Mancha que fue criticada desde el principio como un monumento contrario a cualquier tipo de tratamiento, un monstruo carcelario que se tragaba a los seres humanos, destruyéndolos. Soy decidido partidario de la reinserción – he visto reinsertarse a terroristas, asesinos, ladrones, violadores, atracadores… Jamás he visto reinsertarse a estafadores, a pederastas ni a grandes narcos-. Cuarenta años observando el hecho me dan una cierta autoridad. Soy decidido partidario de la reinserción, pero no de la reinserción universal que es imposible y tampoco, dicho sea de paso, es un asunto exclusivamente penitenciario, sino que compete también a otras estructuras de la sociedad. Los estafadores no se despegan jamás  – es lo que he visto, de su pulsión permanente a engañar y robar-. Los pederastas son irreprimibles, jamás he visto a uno cambiar – si estoy equivocado y alguien lo ha visto corríjame- en su permanente tensión hacia los niños. Los grandes narcos lo dicen ellos mismos: la droga engancha mucho pero engancha más el dinero. Ninguno quiere doblar el espinazo para ganar en un mes lo que gasta en una ronda de güisquis para su tropa.

Contribuyeron a la estigmatización de Herrera los desgraciados sucesos que tuvieron lugar al poco tiempo de su inauguración. En noviembre del 79, ya con Galavís en la Dirección General, un grupo de abogados interpuso una querella contra un numeroso grupo de funcionarios, incluidos el director, el subdirector y algún jefe de servicios, por malos tratos continuados a internos del centro. La prensa indagó, estudió a cada implicado, resumió su trayectoria profesional y si en su historia constaba algún problema similar en otros centros. Esto provoca un encierro de funcionarios en Herrera y en algún otro centro que se solidariza, pidiendo ser defendidos en su dignidad profesional.  Esto, a la vez, provoca un enfrentamiento serio pues otro grupo de funcionarios se posiciona en contra y exige al poder judicial que cite, uno a uno, a todos los funcionarios del centro para aclarar “lo que ha venido sucediendo en la prisión”. También publica, un periódico concreto,  que “al menos unos treinta funcionarios estaríamos dispuestos a contar quiénes han sido los funcionarios que han maltratado a presos y cuáles son los presos que han sufrido malos tratos”. A la vez, piden que la investigación se haga fuera de los cauces de la Inspección Penitenciaria pues – entendiendo que existe un cierto compinchamiento o corporativismo –  afirman que “querer aclarar las cosas en prisiones acarrea todo tipo de problemas” y describen comportamientos y torturas de todo punto inadmisibles de las que eran objeto, fundamentalmente, presos con un largo historial conflictivo. La situación era explosiva absolutamente y de enfrentamiento serio, por emplear unos términos suaves.

El juez instructor de Manzanares fue severamente criticado por imponer una fianza que muchos entendieron desproporcionada – tres millones de aquellas pesetas- para admitir la querella y el fiscal pidió el procesamiento de los funcionarios querellados. La prensa – lean La España que bosteza de Juan Luis Cebrián- habla de la inoperancia de las leyes, la Penitenciaria recién aprobada en concreto, y de la necesidad de que el aparato del Estado se transforme y sean funcionarios demócratas y no antiguos represores, los encargados de administrar justicia en democracia. Pedía, claramente, una depuración en toda regla. No solo de las cárceles, también de jueces, policía y ejército para eliminar todo resto del régimen anterior.

Esta etapa fue difícilmente descriptible y de todo punto angustiante. Se conjugaban al mismo tiempo, en un “totum revolutum” casi dantesco, muchos elementos cada cual más conflictivo que el anterior y todos irreconciliables entre sí. Entraba en juego la situación altamente conflictiva de la calle – progresistas y demócratas ansiosos del cambio contra  elementos muy poderosos  y nostálgicos del franquismo, queriendo eliminarse unos a otros-; la reciente quema de las prisiones y el auge de la COPEL que pedía la amnistía como tratamiento idéntico al que había dado el gobierno de Suárez a los presos políticos  – afirmaban que tan políticos eran los presos que habían entrado a la cárcel con Franco por sus ideas, como los sociales que habían entrado por la perversidad del sistema-; la creación de una cárcel “ad hoc”, o sea Herrera, para intentar hacer frente a internos muy conflictivos, refractarios al régimen penitenciario y que traían literalmente de cabeza a la dirección general, quemando, destrozando y campando a sus anchas, más por los tejados, que por los patios de las prisiones; el crispado y enfrentado ambiente social con un sector potente que pretendía dejar atrás el periodo dictatorial franquista y otro, casi más potente todavía, que se resistía con la famosa pregunta del fascista, líder del Bunker,  Girón de Velasco como lema: ¿Para eso hemos ganado nosotros una guerra?

Tras años de instrucción y vicisitudes procesales, después de que la Audiencia Provincial de Ciudad Real absolviera a doce funcionarios del delito de torturas de que eran acusados, la Sala Segunda del Tribunal Supremo anuló la sentencia absolutoria de la Audiencia y condenó a nueve funcionarios, absolviendo a otros tres. Era una sentencia triste pues, dando como probados los golpes, la Audiencia los calificaba como rigor innecesario mientras que el Supremo los calificó como malos tratos a presos. Rebatió a Ciudad Real que entendía que, para aplicar el delito de torturas, la acción del que apalea debía tener como objetivo la obtención de una confesión o un determinado testimonio. El Supremo dejó claro que, así entendida, la acción delictiva dejaría fuera el sufrimiento físico infligido al preso, agravando su penalidad y resucitando la figura del tormento, felizmente proscrito, que en ninguna sentencia figura como elemento de la retribución que conlleva toda pena. Cito, en esta última frase para que nadie se me tire al cuello antes de hora, al periodista del País Bonifacio de la Cuadra con el que tuve un serio y público enfrentamiento en los años noventa por defender que una parte significativa de los comunicadores solo buscaban en las cárceles el morbo y las noticias sangrientas mientras que un acto cultural, festivo o no escabroso, les traía sin cuidado. Ya saben la máxima: noticia es lo que molesta a alguien. Si no le molesta a nadie, es publicidad. Periodismo es aquello que no quieren que se publique.

Columna de Manuel Avilés*, director de prisiones jubilado y escritor, para h50 Digital Policial

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