Policías corruptos. Perro no come perro.

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Columna de Ricardo Magaz. “CRÓNICAS DEL NUEVE PARABELLUM”

Sabes que estás muerto cuando te arrebatan la parabellum de la mano, te sacan la placa del bolsillo y el día del entierro el inspector de segunda clase Alipio Morgades le tira los tejos a tu viuda a la hora del medalleo oficial. Entonces comprendes el porqué de todas las cosas. Pero ya no tiene vuelta atrás. Ya no. De haberlo advertido antes, tal vez estaría tomándome una birra fresca en el bar, después del trabajo.

La brigada de estupefacientes del distrito siempre tuvo fama de maldita. Los alumnos de la academia eludían ir de prácticas porque todos los años alguno malograba la jura del cargo. Las tentaciones y los de asuntos internos rondaban permanentemente a los agentes y el lamentable edificio de la brigada. Las putas, los camellos y el lumpen prosperaban en el barrio al ritmo que los garitos chinos. Así eran las cosas de ordinario.

El turno de noche mantenía sus incondicionales. Quince años atisbando los callejones mientras la gente dormía, me concedían cierta autoridad en una demarcación donde a los seis meses estabas quemado, expedientado por el intendente jefe Barrantes o quizá en la puñetera calle con deshonor. Los “caídos en acto de servicio” no contaban. Así eran las cosas de ordinario.

Por la brigada pasaban muchos polis. Infinidad. Pero todos, en cuanto podían, se quitaban de en medio con un cambio de destino. Si alguien se quedaba, mala señal; ¡bragueta, mandanga o cazo! No fallaba.

Lo mío era público y notorio; nunca lo oculté. Para qué. Se llamaba Lola y se ocupaba directamente en un hostal. Por “respeto a la autoridad”, evitaba pavonearse en las aceras. La foto insinuante en la sección de contactos de los periódicos le servía de aval. Ningún macarra se atrevió a molestarla. ¡Propiedad privada! Mi mujer jamás sospechó nada. El turno de noche me ofrecía una inmejorable coartada.

“Perro no come perro”, nos repetíamos cual pacto sagrado entre los maderos del turno crepuscular. ¡Bragueta, mandanga o cazo! Cada uno con lo suyo y Dios en lo de todos. Así eran las cosas de ordinario. Pero yo tenía mis propias ideas. Ya lo creo. Siempre hubo categorías y no me gustaban los polis que ponían el cazo o, aún peor, trapicheaban con mandanga. Esa mierda que esclaviza primero y mata después miserablemente a las personas.

Pese a las connivencias, y aunque ninguno lucíamos la etiqueta de angelitos, nunca confié en Morgades. Era uno de esos agentes con mano larga, pelvis ligera y tabique nasal ancho. Nada le venía mal.

El día de marras, a las dos de la madrugada, la emisora dio un comunicado urgente: “¡Atención, indicativos, atraco con arma de fuego en el Macdonald”.

Y allí nos lanzamos con pirulo y sirena. Fuimos los primeros en llegar. Conducía Morgades, y no lo hacía mal. Unas travesías antes quité los aullidos y los destellos del camuflado para no poner sobre aviso a los atracadores. Bajé decidido pistola en mano. Morgades quedó unos instantes cruzando el coche en la acera para impedir el paso a los peatones. Poco a poco asomé apenas medio cuerpo por la puerta de cristal opaco de la hamburguesería. En ese preciso momento supe, ¡maldita sea!, que todo estaba perdido. Todo.

Lo vi allí, frente a mí, escuálido, con la cara desencajada y los ojos hundidos. Era uno de esos yonquis que sobreviven a duras penas dando palos por donde pueden para quitarse el mono de encima. Empuñaba tembloroso la recortada apuntando a la entrada. Luego de trincar el dinero de la caja, el muy hijo de su madre esperó a que llegara la policía. Hubiera podido huir, pero prefirió aguardar. En sus pupilas cenagosas aprecié un mensaje de odio incontenible. Ansiaba vengarse de algo o de alguien. Acaso de la sociedad misma. “Y un madero me parece lo justo”, venía a decir aquella mirada triste, cargada de ira. De pronto, el fogonazo: ¡impacto mortal de necesidad!

Así de simple y caníbal. La suerte no se puede almacenar a capricho.

A los pocos segundos apareció Morgades. El atracador se largaba a la carrera. Le pudo disparar antes de que se esfumara por la esquina, pero no lo hizo. El que a nada apunta a nada le da. Simplemente se agachó, me palpó la vena del cuello y, luego de comprobar que estaba muerto, pidió refuerzos por el pocket. Al cabo, se volvió a encorvar, me cogió la muñeca, soltó la cadena del Rolex que me había regalado Lola y, con la parsimonia que le caracterizaba, se lo metió sin disimulo en el bolsillo. “Ya no lo vas a gastar, colega”, masculló entre dientes a modo de plegaria apócrifa.

Un par de días después le pasó, como el que no quiere la cosa, el brazo por la cintura a mi mujer en pleno cementerio. No se cortó un pelo. Le puso ojitos de lástima durante el sepelio y prometió visitarla a menudo “para darte ánimos en estos momentos terribles”, le comentó con cinismo. Mi parienta picó como una idiota. Siempre lo fue. Tanto que al mes andaban enrollados. Cuando les veía enredarse en la cama se me revolvían las tripas, por un lado, pero por otro, he de confesarlo, sentía un puntito en plan masoca voyeur presenciando las contiendas de Morgades encima de mi mujercita, con la botella de Beefeater en la mesilla.

“Perro no come perro”. Era la máxima sagrada de los polis del turno de noche. Vivos o muertos, no importaba. “Perro no come perro”. Y el inspector de segunda clase Alipio Morgades había roto el juramento. Poco podía hacer ya en mis circunstancias…, excepto mostrar un as que tenía escondido en la manga sin yo pretenderlo.

Lo había descubierto una temporada antes, con motivo del maratón corporativo de la Cruz Roja para fomentar donaciones de sangre entre funcionarios. Me llamaron y pasé por el hospital. Me dijeron que mi donación presentaba anomalías. Estimaron que el asunto venía de largo; tal vez un año. Quedé preocupado por el tema.

Durante varias semanas estuve buscando el momento oportuno para decírselo a mi mujer. Me faltaba valor, pero dado el tiempo transcurrido era obvio que las prisas resultaban ya completamente estériles. Cuando por fin acopié el coraje que necesitaba para hablar con ella, lo recuerdo como si fuera hoy mismo, mi parienta, adelantándose sin querer a los acontecimientos, se me plantó delante y, aguantando la respiración, se desahogó: “cariño, te quiero, pero sin estar enamorada. Creo que lo mejor es que nos divorciemos. Lo tengo decidido…”. Y se quedó tan tranquila. Al día siguiente se lo conté a Lola. Le dio un ataque de risa amarga y me aconsejó que guardara silencio; el asunto seguiría perteneciendo a nuestro baúl particular de secretos. Ella bien lo sabía por ser el origen, involuntario, pero origen, al fin y al cabo, del problema.

Y en esas estábamos cuando el yonqui de mirada triste me pegó el tiro a bocajarro con la recortada y me dejó seco en el Macdonald”.

Morgades, traidor, bienvenido al virus del Sida. Lobo sí come perro.

(*) Nota del Editor. El relato “Policías corruptos. Perro no come perro” es una narración contenida en el libro homónimo Perro no come perro, del autor Ricardo Magaz. Ficha técnica de la obra: Perro no come perro: veinte relatos inquietantes. R. Magaz. Edita: Eolas ediciones. ISBN: 978-84-16613-15-1. Páginas: 160. Dimensiones: 20 x 14. Rústica.

(*) Ricardo Magaz es profesor de Fenomenología Criminal en la UNED, escritor y miembro de la Policía Nacional (s/a)

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