Historia de Manuel, un vigilante de seguridad que por un divorcio acabó indigente y viviendo en la calle

Cobraba unos 1600 euros. 600 se iban a la hipoteca. 300 en prestación para la madre. 300 para Álvaro. Pagaba también agua, luz, internet ...

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La cuenta de la red social Twitter @ElLocoTorres, que según cita trabajó como vigilante de seguridad y militar, el pasado día 13 de enero publicó una dura y cruel historia, sobre la realidad de la vida y las circunstancias que pueden hacer que una persona pierda todo. Esta es la historia:

Manuel es indigente, vive en la calle. Podríais pensar que es un drogadicto, o que tomó malas decisiones en la vida. Un vago, quizá. Todo lo contrario. Manuel trabaja más de 230h al mes. No tiene un mal sueldo. Hoy os contaré su historia.

Vuelvo con una vieja historia perdida en mi antigua cuenta, bloqueada por la censura. Al sistema no le interesa que se sepan estas cosas. No son “políticamente correctas”. A nadie le importa una puta mierda la gente como Manuel.

Conocí a Manuel en 2012, hace ya casi 10 años. Antes de alistarme en el ejército trabajaba en la Estación del Norte de autobuses, en Barcelona.

Lugar emblemático y de innegable belleza modernista, la Estación era a mi llegada un sumidero de delincuencia. Carteristas, navajeros, drogadictos, indigentes, prostitutas… Gente de la mala vida. La fauna nocturna de la ciudad condal. Lo mejor de cada casa.

Otro día os contaré cómo fueron mis primeros meses allí. En 20 días de trabajo, más de 64 intervenciones. 40 y pico de ellas con partes de lesiones, llamada a Guardia Urbana (en el edificio anexo). Os hablaré otra vez de Kimbo, mi mejor compañero. Otro día.

Lo conocí allí, como os decía. Un hombre menudo, flaco, con unas gruesas gafas que hacían aún más grandes sus ojos hundidos. Con una enorme mochila de deporte, dormitaba en los bancos de la Estación todas las noches.

Cuando vaciaba la nave principal a la hora del cierre, se levantaba en silencio, sumiso, y se marchaba. No lo volvía a ver hasta el día siguiente. A diferencia de muchos indigentes violentos, levantiscos, Manuel nunca dio problema. Quizá por eso una noche me acerqué a hablar con él.

Antes de sacar a mi socio Kimbo de la perrera, me senté a su lado en el banco. Era otro Torres. Uno con peor carácter, más violento, pero también confiado. Pensaba que me comía el mundo, ninguna navaja me podía mandar al hospital. Ya aprendería, ya…

El caso es que lo desperté. Se asustó al principio. Me conocía. Me había visto soltar el perro contra más de uno, meter a carteristas en el lavabo de minusválidos y salir con los nudillos ensangrentados. Lo tranquilicé. Quería hablar con él.

Le pregunté cómo es que siempre estaba limpio, aseado. Incluso olía bien. Me extrañaba esa buena actitud, su obediencia. Me lo explicó todo.

Manuel también era Vigilante de Seguridad. En activo. Trabajaba en un hotel, turno de doce horas. De 6:00 a 18:00, el inverso al mío. Allí le dejaban ducharse en las habitaciones libres, si había. Lo decía enormemente agradecido, humilde.

Echaba horas. Todas las que podía. Incluso se metía en líos con sus compañeros porque se las quitaba. 230-250-260… 300… Las que pudiese. Por convenio, las horas son 162 al mes. Ese hombre hacía más de 100h extra cada vez que podía.

Más adelante me enseñó la cartilla del banco. No quería parecer un mentiroso. Cobraba unos 1600€. Hacienda, ya sabéis. A partir de ciertas horas extra saltas al siguiente tramo de cotizaciones.

Creo que alguna vez os he hablado de eso. El ciclo. Como le pasaba a mi otro colega. Necesitas dinero. Haces horas. Hacienda. Sigues necesitando dinero. Haces más horas. Hacienda…

– No lo entiendo. Cobras bien, tienes curro. ¿Qué haces en la calle, Manuel? Aún hoy, 10 años después, aprieto los dientes al recordar su historia.

Manuel se casó. Una mujer cariñosa, me decía. Sonreía de lado al hacerlo. Cargado de remordimientos.

No podía trabajar. Pero tampoco era grave, el Estado les ayudaba. Recibía prestaciones, aunque Manuel no precisó demasiado. Por lo visto tenía otorgada una invalidez parcial.

Además, ella se hacía la loca en servicio sociales diciendo que no hablaba español. Inválida, en riesgo de exclusión social, extranjera. Manuel decía que no les sobraba el dinero, pero iban trampeando. Echaba menos horas en aquel entonces.

La cosa se torció poco a poco, decía. Primero tuvieron un crío. Álvaro, su hijo. Luego el dinero empezó a escasear. Las prestaciones no bajaban, pero cada vez les costaba más llegar a fin de mes.

Manuel pensó que era la paternidad. La crisis. Era el año 2008, más o menos. Así que empezó a echar horas. Pasaba poco tiempo en casa, hacía falta la pasta. Pero según entraba, el dinero desaparecía.

Siempre la despensa y la nevera vacías. Incluso al crío empezó a faltarle la leche en polvo. Manuel no entendía nada. No se la vio venir, pobre desgraciado.

Una tarde llegó de trabajar y se encontró a su mujer con otro hombre en casa. Otro rumano. Lo conocía. Era el que pasaba farlopa para todo el barrio. Ahí se iba el dinero, entendió demasiado tarde.

Su mujer le dio los papeles del divorcio. Le había hecho las maletas, también. Tenía el teléfono en la mano. Podía irse por las buenas o llamaba a la policía.

“- Pírate o llamo a la policía y digo que me pegas” Manuel sabía que, si quería ver crecer a su hijo, más le valía callarse. Cogió sus cosas y se fue.

No le sirvió de nada. Acabó denunciado por malos tratos de todas formas, uno de esos 0,0000000001% de denuncias falsas según las feministas. Empezó el infierno.

El piso era de compra. La hipoteca a su nombre. Su exmujer se lo quedó en términos de usufructo. Él pagaba la hipoteca, ella vivía allí con su camello y el crío.

Además, debía pasarle manutención. Para Álvaro, claro. Y para ella. Minusválida, en riesgo de exclusión social, maltratada.

Su cara cuando me lo contaba. Cristo Bendito, su cara. Ojos vacíos, mirada al infinito. La expresión de alguien que ya ha aceptado la derrota. El final del camino.

Cobraba unos 1600 euros. 600 se iban a la hipoteca. 300 en prestación para la madre. 300 para Álvaro. Pagaba también agua, luz, internet.

Para Álvaro, repetía. Cada vez que hablaba de sus esfuerzos, repetía el nombre. Álvaro. Álvaro. Es para Álvaro.

Como un conjuro. Como una plegaria. El clavo ardiendo al que se agarraba para justificar la miseria en la que vivía. El último retazo de cordura de un hombre al borde del abismo.

Le quedaban unos 200 euros para pasar el mes. Recordaré siempre lo que me dijo, cartilla en mano, mirándome a los ojos. Esos ojos vacíos, derrotados.

“- Me quedan 200 euros para pasar el mes, Víctor. ¿Qué harías tú? ¿Comer o dormir bajo techo?” No pude contestar. No pude decir nada. Me levanté y me fui.

Lo consensué con la mujer de la limpieza y ordenamos un almacén viejo donde metíamos los objetos perdidos. Lo limpiamos, hice una copia de la llave.

Manuel lloró cuando se la dí. “No es mucho” le dije. No dijo nada. Sólo lloró en silencio

No era una solución, claro. Llegaba, se sentaba en el banco y, cuando echaba a todo el mundo, él se refugiaba en un pequeño cuarto a extender la esterilla y dormir en su saco.

Pero no estaba en la calle. Me fui al ejército. No lo volví a ver en un tiempo. Me lo encontré hará unos seis años al recoger a unos amigos a la Estación. No era Manuel.

La empresa de seguridad de la Estación del Norte cambió. No tuvieron la misma deferencia con él. Perdió su único lugar del mundo, aquel pequeño cuartito. Volvía a estar como la primera vez que lo vi. Desnutrido, dormitando en un banco. Solo, él y su mochila.

No me reconoció cuando le saludé. Hizo como que sí, claro. Cortesía. Pero el vacío en su mirada era mucho más profundo. Desesperado.

Me costó un rato ponerme al día con él. No hablaba bien, tenía la cabeza como ida. No eran drogas o alcohol. Era miseria, depresión, desesperación.

No había vuelto a ver a Álvaro. Su Álvaro, lo único que le quedaba en la vida. Su ancla. Por lo visto siendo un indigente no era una buena influencia para el crío. Para pagar manutención, hipoteca y gastos servía. Para hacer de padre, no.

Lo invité a un café mientras esperaba a mis amigos. Lo tomó con avidez, como el bocadillo con que lo acompañó. Dio las gracias con el mismo tono derrotado con que miraba al mundo.

No lo he vuelto a ver desde entonces. Quizá la noche se lo haya tragado. No sería el único. Ni el último. He tenido muchos amigos así. Simplemente desaparecen. A nadie le importa, claro. Son escoria, morralla. Sobran, molestan. Lo que voy a escribir sonará terrible, pero quiero que lo leáis con detenimiento.

Si mañana Manuel cogiese un cuchillo y le pegase 34 puñaladas a su exmujer, su caso saldría en todas partes. Violencia machista, una pobre mujer víctima de un malvado y violento hombre despiadado que odia a las mujeres. Pero a veces me planteo… ¿Podríamos culparle? ¿Podríamos culpar a Manuel?

Algún imbécil me dirá que sí. Que la violencia nosequé. Seguramente alguien que nunca ha dormido en la calle. Alguien que nunca se ha tenido que meter las manos en los huevos para no perder los dedos. Alguien que no ha defendido una mochila usando un palo con un clavo.

Recuerdo cuando trabajaba allí, en la Estación. Los Servicios Sociales venían a menudo, por lo menos un par de veces al mes. Siempre hablaban con las mismas tres personas.

Una mujer obesa, violenta y drogadicta que pegaba verdaderas palizas a su novio indigente y les había dicho 100.000 veces que no quería su ayuda. Y dos adolescentes lesbianas que se habían fugado de casa tras darle el palo a la madre de una y tampoco querían atención de nadie.

Alguna vez los llevé con Manuel. Lo ignoraron. Como si no existiese. “Sí, sí. Ya, ya. No, lo sentimos, es que estamos colapsados”. El cura que repartía cenas junto a sus feligreses en la puerta sur tampoco tenía tiempo para él. Los delincuentes marroquíes que cada dos por tres le reventaban las mesas del reparto eran prioritarios. “Todos somos hijos de Dios” Menos Manuel, supongo.

Manuel era invisible. Un hombre solo, menudo, flaco, apocado, con gafitas. Nadie reparaba en él. Nadie se habrá dado cuenta de que la noche se lo llevó, como a tantos otros hombres invisibles.

2 COMENTARIOS

  1. Gracias por acercarnos y sentirle más próximo.
    Durisimo y dificilisimo… Algunos indigentes son como Manuel. Su historia es un mundo y por circunstancias de la vida terminan en la calle, no dejemos de mirarles a los ojos, por lo menos

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