Historia de la Policía: control del viajeros y licencias de caza

Columna del historiador Martín Turrado Vidal para h50 Digital

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El control de pasajeros era una de las competencias de la Policía. Así había quedado plasmado en el Reglamento de 20 de febrero de 1844, que en esos momentos no había sido derogado. El artículo 79 imponía las siguientes obligaciones al forastero que llegara a Madrid:  “Al forastero que llegue de paso a Madrid con pasaporte en regla, y no haya de permanecer más de ocho días, se le extenderá gratis al pie de su pasaporte el permiso para residir por dicho espacio de tiempo. Pero, al que haya de permanecer más, se le expedirá por el Comisario de Cuartel en que se establezca, y mediante la retribución de 4 reales, una carta de seguridad la cual estará obligado a renovarla, pero sin pago de retribución, y lo mismo en todos los meses sucesivos”.

“Que los viajeros son asaltados al llegar a la casa de diligencias por agentes desconocidos de policía que no pertenecen a la autoridad municipal”. Este fue un rumor que circuló por Madrid y fue recogido en el periódico “El Constitucional” de día 4 de septiembre de 1841 y aprovechó la ocasión para rechazarlo, por falso, poniendo las cosas en su sitio. Lo hizo de la siguiente forma:

 “Durante la dominación del partido moderado en el poder, se estableció que los directores de las empresas de diligencias remitieran al gobierno político notas de los viajeros que llegaban a esta corte, con expresión de su procedencia y si posible era de las casas a que iban a parar. Esta medida que tanto., trabajo producía á las oficinas de diligencias, fue sustituida por el jefe político mandando que un celador de protección y seguridad pública se presentase a las horas en que llegaban los carruajes, y adquiriese las mismas noticias, Reducidos los celadores a un corto número, quedó suspensa dicha medida; pero, la excesiva concurrencia de personas que venían a esta capital con motivo del pronunciamiento de setiembre, fue causa de que se restableciese aquella disposición, con conocimiento de la junta provisional de gobierno, sin que hasta 3l de agosto último haya sido interrumpida, ni persona alguna se haya quejado de ella. Los celadores se presentaban con su bastón e insignias, no enmascarados; como agentes públicos, procuraban incomodar lo menos posible a los viajeros, porque así les estaba prevenido.

Véase en cuán débiles cimientos estriba acusación tan grave. Tenemos  ahora que hacer pública una observación que hace tiempo , teníamos indicada, a saber, que las medidas de que más reniega ahora el partido moderado son aquellas, precisamente, que él dictó cuando ocupaba el poder. Prueba irrefragable que, su sistema político es vicioso, puesto que él mismo condena sus propias providencias, cuando él no es el encargado de ejecutarlas. Pero, puede tranquilizarse el Correo porque el 31 de agosto han cesado estas medidas tomadas por el gobierno del orden de la justicia y solo continuadas tal; vez indebidamente por los revolucionarios de setiembre que no menos que nuestros antagonistas amamos la paz y la justicia”.

Una sola cosa había cambiado en el artículo 79: el pasaporte se había transformado,  en ciertas circunstancias, en un pase, que resultó ser mucho más caro que el pasaporte. Lo cuenta la revista de humor “Fray Gerundio”.  “Más ha aguzado todavía el ingenio; pues ha dicho : en tiempo del ominoso se exigían cartas de seguridad para poder viajar por el radio de seis u ocho leguas; ahora se manda que nadie pueda hacerlo, no sin carta, ¡oh! carta no, ese nombre de carta es muy odioso, pero sin pase , que es más decente: este pase cuesta un real; un real es algo, porque real a real hace la vieja su caudal, y un real del que entra y otro del que sale son dos reales, y dos que salen y otros los que entran hacen una peseta , y no dejando á nadie entrar ni salir sin pase cátate á periquillo hecho fraile”.  (Capillada 345, 22 de junio de 1841. Las citas de esta revista están desde la página 8 a la 10 de ese número)

El Gobierno tomó una segunda medida: “Ha colocado a cada puerta de la corte un dueño de policía; esto, sin perjuicio de la guardia armada que hay ya en cada una, por si acaso le da la tentación a Abdel-Kader de sorprendernos una noche con un ejército de beduinos, que es menester que en todo se conozca que gozamos de paz y libertad. ¿Y a que no saben Vds. para qué ha colocado allí los susodichos porteros? Para atisbar si algún ciudadano sale con escopeta y chismes de cazar, y plantarse sobre su alma, y si no tiene licencia de uso de armas, o no va provisto de facultades venatorias, soplármele la multa que señalan nuestras leyes de buen gobierno”.

 “Y para que el objeto de la medida, que debe ser el sacar unos cuartejos, que nunca vienen mal para quien todo lo necesita, surta los efectos convenientes, el gobierno, siempre astuto, siempre previsor, siempre perspicaz, siempre mañoso, conociendo en su alta penetración que una orden preventiva frustraría sus bien concebidos planos, ha tenido la sagacidad de no anticipar orden ni aviso alguno ni en el Diario, ni en la Gaceta, ni por bandos en las esquinas y sitios públicos, como quien dice; «el que va á pájaros no ha de decir ós, y el modo de que caigan algunos pajaritos es poner solamente un simulacro de edicto a las misma puertas, que el que va de caza no es regular que se pare a leer, ¡Mire vd. si es sutileza! ¡Si lo que no se discurre en estos tiempos….! Vaya, vaya: a  porta inferi , erue, domine, animas eorum”[1].

¿Cómo se obtenían estas licencias de caza? También lo cuenta Fray Gerundio con su peculiar estilo:

“Afortunadamente el hacerse de estos documentos es cosa bien sencilla. No hay más que presentarse al alcalde de barrio para que certifique que el solicitante es persona abonada y sujeto de garantías; con la papeleta del alcalde de barrio se pasa a la oficina del alcalde de distrito, que previa la competente justificación expide el oportuno refrendo, con el cual y un par de testigos que informen y depongan basta para acercarse al alcalde primero constitucional para que provea lo que se le ofrezca y parezca. Si todas estas gestiones tienen un éxito favorable, solo resta acudir al jefe político, el cual lo pasa al oficial del negociado, y, supuestos los trámites de ordenanza, se extienden dos documentos, uno para licencia de uso de armas, dije mal, de arma, pues solo se concede una, tasada en 20 reales., y otra para caza, tasada en 40. Llevaron al divino señor de casa de Anás a casa de Caifás, de casa de Caifás a casa de Herodes, y de casa de Herodes a casa de Pilatos: ¿para qué? para crucificarle. Aquí un rato de oración mental, y luego prosigue el cristiano fervoroso: «Exmo. Sr. D. Francisco Tadeo: aunque no tengo la protuberancia de conocer a V., le felicito por la satisfacción que tendrá en saber estas noticias constitucionales, que tanta concomitancia dicen con el contumelioso sistema calomardino de su propiedad. Finos recuerdos a mi señora Doña Década.»

Según estos testimonios, la policía continuaba actuando en Madrid antes y después del debate de los presupuestos de 1841. No hay otra forma de interpretar los textos de estas dos publicaciones periódicas contemporáneas a los hechos: un periódico de la tarde y una revista de humor. Claro, que se podrá decir que mienten las dos a la vez, si no hubiera un pequeño problema: que no son las únicas que cuentan estos sucesos. Se han escogido éstas, porque son las más claras en sus exposiciones. Hay otra razón, en el caso de Fray Gerundio, que el autor de estas líneas se lo pasa en grande leyendo sus capilladas y las de su ayudante Tirabeque. En ambas, se  muestra a la policía actuando en dos casos: el control de viajeros y las licencias de caza. Y como dice con tanta gracia, Modesto Lafuente, al ministro de lo Interior: “le felicito por la satisfacción que tendrá en saber estas noticias constitucionales, que tanta concomitancia dicen con el contumelioso sistema calomardino de su propiedad. Finos recuerdos a mi señora Doña Década”. La continuidad en el ejercicio de las competencias por la policía de control de documentos de viaje y de licencias de armas y de caza era constatada en estas palabras de Fray Gerundio. Eso no hubiera sido posible, si la policía hubiera sido suprimida en 1835 o 1840.  Creo que afirmar lo contrario es creer en milagros administrativos.

[1] Traducción de esa frase del latín: “de las puertas del infierno, saca, Señor, sus almas”

Marín Turrado Vidal

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