¿Estado de derecho?, ¡literatura!

Columna de Manuel Avilés para h50 Digital

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Columna de Manuel Avilés*, director de prisiones jubilado y escritor, para h50 Digital Policial

El  ser anciano anarquista se va instalando en mi psiquismo de manera permanente. Puro mecanismo de defensa. El amor de mi vida ha desaparecido inevitablemente. Creo que es para siempre, aunque ni estoy autorizado ni quiero saber por dónde anda ni con quién. Se ha ido. No tengo el menor sentido de propiedad y le deseo que sea muy feliz. Tal día hará un año. No se va uno a poner, a estas alturas de la edad, a recitar “La venganza de Don Mendo”: Si no me amas, me mato. Si me dejas, me hago cura. Tampoco los curas me admitirían ahora, después de las dificultades que estoy teniendo para conseguir plaza en el asilo. Ni Sor Gestapo, la directora, ni Sor Copón, la priora,  se avienen a razones para darme una cama, aunque sea en habitación compartida. Mi única posibilidad es la cárcel. Por eso  me estoy planteando seriamente usar el  cuchillo jamonero, con  quien le tengo echado el ojo, para hacer un favor a la humanidad  y asegurarme el cuidado gratis que ofrece a los delincuentes, etiquetados como tales en  sentencia, el ministro del interior.

Cada día  – volvamos al anarquismo que llevo en vena- creo menos en el Estado de Derecho tan pregonado y en el que los principios que se estudiaban – ahora desconozco los planes de estudios y hasta hay licenciados que hablan con faltas de ortografía- brillan por su ausencia. ¿El principio de igualdad? ¿Eso qué pollas es?  – me remito a mi artículo anterior  sobre el uso de la palabra polla en Granada-  Y así un principio detrás de otro.

Ya he dicho que ando refugiado en Gredos, monásticamente casto – el amor de mi vida se ha ido-, respirando el aire de la montaña, sufriendo los calores incluso aquí y rezando todas y cada una de las horas canónicas, desde maitines a completas, por si acaso Dios existe y el papa tiene algo de razón, darle esquinazo a Satanás y no pasarme la eternidad con olor a fritanga en la sartén del infierno.

Los frailes que me hospedan, previo pago de su importe – el monasterio de Esclavos de San Agustín de Hipona, un oasis de paz entre el Puerto del Pico y el de la Paramera-  tienen televisión y en ella veo que sigue imperando la gilipollez y el postureo. No me pierdo nada por no ver los telediarios.

Oigo que Vox se ha ofrecido al PP a cambio de nada. Ya lo sabíamos. Estoy a punto de hacerme de Vox, ahora que se ha pirado Espinosa de los Monteros,  pero antes tengo que hablar con Abascal de nuestra etapa vasca, él como tendero y concejal alavés y yo como carcelero en el mismo sitio. ¿Ahora haces público que eres del PP, Santiago? Ya lo sabíamos porque hemos visto gobiernos mixtos en Castilla y León, Aragón, Valencia, Extremadura… y los que nos queda por ver.

Andan en la televisión con un chaval que, al parecer  – me sigue gustando defender el principio de presunción de inocencia que aquí se salta como los demás- ha asesinado a un médico en Tailandia. Me sorprende que tantos y tantos tertulianos sean expertos, catedráticos casi, en Derecho Penal Tailandés, que tantos y tantos se tiren a la piscina sin siquiera una mínima entrevista en profundidad con el presunto autor de esa muerte y sin haber tenido acceso a los atestados policiales o a las comparecencias judiciales. Este país es fantástico. Un lego – como los hermanos de los frailes donde sobrevivo- se torna milagrosamente en catedrático de derecho tailandés. ¡Milagro! Más gordo que la recuperación de la vista que una chica ha tenido en la visita del Papa a Portugal. ¡Cuánta superchería!

Los abuelos se quejan de que sus pensiones tienen descuento del IRPF. ¿Cómo pollas puede ser eso? La pensión es una obligación del estado con quien trabajó y cotizó mil años para poder cobrarla limpia de polvo y paja. ¡Abuelos del mundo, unios! Pero no nos unimos porque somos imbéciles y porque unidos – somos diez millones- pondríamos a cualquier gobierno contra la pared, como los esquerras, los bildus, los junts, los peneuves, y nos tendrían que dar las pensiones y las residencias y cualquier cosa que pidiéramos. Hasta la gestión de las cárceles y los grados de etarras y facinerosos de todo pelaje.  Pero somos imbéciles y andamos mendigando, ignorantes de nuestro poder.

Podemos escenifica una vez más “La Rebelión en la granja” de Orwell que ya ha llevado a escena otras veces. Un bluff como ciudadanos que también venía a salvar la democracia en el país. Esto es el título de una novela negra: Al primer batacazo…desbandada. Podemos ha anunciado un ERE para echar a la mitad de sus trabajadores. Ellos, que venían a defender al proletario contra viento y marea, tras el batacazo electoral cuidan sus sueldos, sus lideres y…arrumban a las bases. Mecagoentoloquesemenea.

Me cabreo y, para mitigar el brote de ira, que dicen los frailes que es pecado, salgo a pasear alrededor del cenobio cantando como brotes de olivo, que es un cántico muy relajante. En la puerta del refertorio veo a una pareja – en el hombre no me fijo- la mujer es pelirroja, pecosilla, guapa y dispuesta. El marido la sigue obediente y sumiso – como todos-. Me pego a rueda porque me interesa el tema que tocan:  hablan de la monarquía de principios del siglo XX. No soy monárquico, no puedo serlo. He escrito dos libros, y me he documentado sobre la época, que versan fundamentalmente sobre dos reyes nefastos, Carlos IV y su hijo Fernando VII, que vendieron el país a Napoleón, se fueron a Francia pagados por él y a cuerpo de rey como su propio nombre indica, y encima nos vendieron que eran prisioneros de los herejes franceses, los de la Revolución contra Dios y contra los principios fundamentales de la Ley natural.  Los españolitos de a pie se  levantaron, dieron su sangre – a lo que están acostumbrados para salvar vividores- y lo hicieron regresar como el Deseado para que se la volviera a jugar.  Todo propiciado por los curas trabucarios y la nobleza golfa que añoraba sus privilegios y temía a la guillotina. ¡Ay, Señor, llévame pronto!

La chica – siguiéndolos haciendo como que medito y levito reflexionando sobre las grandezas del altísimo- habla con su marido de un libro que está escribiendo: El cocinero de la reina. Es letrada – nada más y nada menos- del Congreso de los Diputados. Y antes ha escrito otro, “Otoño y nueces” que es un monumento literario sobre la guerra civil vista desde una familia que la vive en el Madrid sitiado por el ejército golpista. Vuelvo con “El cocinero de la reina”. Por lo que pude oír, tampoco era cuestión de perseguirlos todo el rato y que me tomaran por un espía infiltrado entre los frailes, a principios de siglo, Azorín era periodista de un semanario, luego convertido en diario, que aún pervive, que es muy de derechas y que no cito porque mi psiquiatra me ha prohibido leerlo. Si quieren más explicaciones pídanmelas por privado como se dice ahora.

Azorín recibe la orden nada más que de Torcuato Luca de Tena y tiene que acompañar al próximo rey Alfonso XIII  – yo pensaba que era un golfo pero esperaré a leer esta novela para pronunciarme definitivamente- en una viaje por Europa en el que va a buscar novia. Hay varias candidatas. Todo rey, todo rico, todo famoso, todo tío bien situado tiene multitud de candidatas del mismo modo que yo no tengo ninguna por ser anciano, cercano al crematorio y pobre, que hasta el amor de mi vida me ha dicho adiós a la francesa, o sea yéndose sin despedirse.

Azorín, reticente en principio a iniciar la andadura de la prensa rosa, acepta por el prestigio y la “auctoritas” de Don Torcuato. Azorín, alicantino de Monóvar, triunfa con sus crónicas telefónicas que la plebe sigue con avidez. Era raro Azorín. Licenciado en Derecho, escritor de novela, periodista, amante de los pseudónimos – José Martínez Ruiz, alias Azorín- seguidor de anarquismo en su juventud y expulsado de periódico republicano El País – no el de ahora, otro- por ser muy radical, aunque luego evolucionó al conservadurismo – como casi todos a la vejez, contrariamente a mí que evoluciono al anarquismo cada día un poco más.

Aquí empieza la prensa rosa con premio. Don Torcuato monta un concurso sobre cómo le gustaría a la gente que fuera la reina de España y el premio es…un abanico.

En Mayo de 1905 Alfonso XIII llega a París y es recibido en loor de multitudes – entiendo que también en olor porque la ducha no era algo extendido en la época-. Al día siguiente, con el presidente francés Loubet y el general Dubois se pega un baño de multitudes aclamado por los franceses que ya se habían olvidado de Fernando VII, de el Empecinado, del General Castaños y de Agustina de Aragón. El rey de España triunfa en París, anota Azorín en su cuaderno, campechano y simpático  – Borbón-.

Los anarquistas – que están rampantes en la época- no pierden la ocasión y atentan contra la comitiva. En la Rue Rivoli estalló una bomba que no acertó al coche descubierto en que viajaban el rey y el presidente. El rey, experto en teatro y que había salido ileso grito Viva Francia, y se granjeó la admiración de los franceses aun más.

De París  – el viaje real era para buscar novia- pasan a Londres y allí, en  una cena, el rey queda impresionado de una mujer joven de ojos azules, guapísima que atiende por Ena, nieta de la reina Victoria.

No entro en los matrimonios morganáticos de que hablaba esta letrada sabia. Me reservo y espero con ansiedad al “Cocinero de la reina” – entiendo que Victoria Eugenia- la vida de este rey Borbón fue agitada: Guerra de África, Annual, Semana Trágica, Golpe de Primo de Rivera, Dictadura, Carmen Ruiz Moragas, Tragedia en Asturias, llegada de la República y huida a Roma, saliendo por Cartagena.

La chica pelirroja, letrada del Congreso y sabia, se aleja con su marido. Sigo en el monasterio y ahora tengo un ansia oculta: leer ese libro cuanto antes. ¿Me haré monárquico? Creo que no.

Manuel Avilés

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