Una media naranja que está podrida

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Cuando uno se aventura a expresar en forma de artículo su opinión personal sobre un tema en particular, lo que pretende en cierto modo, es no dejar indiferente a nadie. El hecho de que ese artículo suscite la curiosidad de cuantos lo han leído, y se hagan preguntas abriendo debate, es el mejor ejemplo de que ha calado hondo en ellos.

Semanas atrás, tuve la oportunidad de poder hablar sobre uno de mis artículos publicados en este medio, con una gran mujer, de la que sin ápice de duda puede decirse que está en la cabeza  del top 5 de los profesionales más excelentes y mejor formados e informados en cuánto a la dirección, a la organización y al estudio del sistema penitenciario. A mitad de esa coincidente y corta, pero altamente productiva conversación, me dio una valiosa pista, que terminaría siendo la clave para poder desarrollar este artículo.

Una correspondencia para hacérselo mirar.

La idea que se tiene, de que cuando la gente entra en prisión desaparece del mundo para siempre, es prácticamente una idea bastante equivocada.
Se podría decir, que a excepción de aquellos que tengan como parte de la pena la incomunicación, el común de los reclusos, sí pueden mantener con cierta habitualidad contacto con el exterior mediante llamada telefónica, carta o visitas, etc.
La correspondencia de los internos siempre ha sido una importante ayuda durante su estancia en prisión, es como esa tabla salvavidas a la que te agarras huyendo de caer al fondo del mar. Desde el más insignificante de los reclusos con la pena mínima, hasta el asesino más siniestro, han tenido siempre quien les escriba. Es en estos últimos quiero incidir, en su correspondencia, en las personas que le escriben y también en el contenido de lo escrito.

Para las personas ajenas al ámbito profesional de la investigación criminal, cuando se tiene conocimiento de noticias protagonizadas por macabros asesinos, lo normal es que inicialmente les provoque desconcierto, pasando por el rechazo y llegando incluso al miedo.

La gente corriente tiende a pensar en la víctima, en el hecho, y en lo que pudo suponer vivir ese trago tan duro, pero también hay curiosas excepciones, hay quien omite el hecho y a la víctima, y se centra en el autor.

Esas personas, parecen ver más allá que el resto, el extraño magnetismo del aura negra que el asesino desprende, es capaz de atraerles y cautivarles. Casos de criminales muy conocidos, han dejado al descubierto la desconcertante cantidad de jóvenes que se carteaban con ellos, rogándoles visitas y con el profundo deseo de conocerse una vez fuera de prisión.

Ante mi asombro, indagué y busqué en la hemeroteca casos en los que se pudiera observar este peculiar efecto de atracción, casos de los que se obtenían dos variantes explicativas. En muchas de las cartas, las peculiares remitentes veían al asesino como una víctima incomprendida de la sociedad a la cual no le quedó más remedio que actuar criminalmente, no justificaban el hecho, pero le restaban por completo la importancia que tenía. Para ellas, claramente,  el asesino representaba una meta, un objetivo para conseguir su redención final. Pensaban que mediante correspondencia y el acercamiento empático con el asesino, lograrían conseguir de él arrepentimiento y devolverle a la sociedad como una persona más.
Esta es una perspectiva buenista, pero no tan surrealista y descabellada como la siguiente.

Otro punto de vista

La otra variante que me he encontrado al analizar la conducta de las jóvenes remitentes hacia algunos criminales, es la de una persona que ve al asesino como un ídolo, como un referente al que se le perdona todo y al que se le ensalza llegando a rozar la apología del delito.
La atracción fatal de sentir que ese asesino es su media naranja, lleva a manifestarles un amor incondicional y el deseo pasar el resto de su vida juntos. Surrealista cuanto cabe, querer ponerse voluntariamente en la misma posición, que ocupó la víctima en su momento.

En multitud de cartas se desprende que esta vertiente tan disparatada está más extendida que la versión redentora, aludiendo la mayoría de ellas, a sentirse tremendamente afortunadas por haber encontrado a su media naranja.
El ser humano siempre sorprende con bizarras actitudes que se escapan a la comprensión y al raciocinio. Unos comportamientos que van desde el acto criminal que comete el asesino, hasta quien lo llega a justificar en un momento dado argumentando una extraña incomprensión o un amor exacerbado.

Un comportamiento, el de estas siniestras enamoradas, digno para el estudio y el análisis psicológico. Ya desde hace años atrás, varios sociólogos expertos en criminología trabajan en ello, con la finalidad de comprender cómo se llega a este punto de obnubilación y enamoramiento desmedido.

Sabido es, qué alguna de estas jóvenes a corrido la misma fatal suerte que sus antecesoras, por ello cuanto más se sepa sobre sus pensamientos y comportamientos, más rápido se podrá actuar para identificar posibles nuevas y potenciales víctimas.

En una búsqueda constante y aparentemente obligatoria de encontrar a nuestra media naranja, muchas de estas personas, se salen de lo “normal”, y toman fijación por un amor prácticamente imposible. Una media naranja que brilla oscuramente y que destaca sobre las demás, logrando embaucar a quien desea tomarla. Tal es el nivel de seducción que el resplandor de un colorido naranja les ciega por completo.

En un estado de alucinación insólito, ni siquiera el olor a podrido de esa media naranja les provoca rechazo alguno.

Ante esto, todos debemos afinar nuestros cinco sentidos y no caer en esa perniciosa trampa, es más, diría que, como sociedad, y llegado el caso, estamos obligados a ayudar en la medida en que sea posible a abrir los ojos a quien haya caído sin poder resistirse al reluciente color naranja de una fruta mohosa que está oscuramente negra por dentro.

DESDE EL ROMPEOLAS POR BRAU LÓPEZ MATAMOROS
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