Los tres gitanos

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Lucas vivía desde hacía 50 años en una antigua casa, cuya construcción databa del año 1813. En esa época no existían los automóviles, el medio de transporte habitual era el coche de caballos; y los trenes se calentaban y propulsaban por carbón —un mineral muy barato y de alto poder calorífico. No había aviones surcando los cielos y el hombre aún no había pisado la luna. No existía internet, tampoco la radio, ni la televisión; y las noticias eran conocidas a través de las gacetas y periódicos que salían todas las mañanas y tardes del año, a excepción del día de Navidad.

Lucas odiaba el trabajo rutinario, al que se veían sometidos amigos y familiares. Sobrevivía timando a sus conciudadanos, especialmente a los más ingenuos, aquellos de los que intuía que podría obtener mejores rentas. Con tal fin, había llegado a idear un buen repertorio de argucias que ponía en práctica, con bastante éxito, día tras día. Lucas era tan bueno en su oficio que conseguía que los incautos transeúntes le donaran su dinero sin apenas persuadirlos. Una vez les exponía el negocio que previamente había ideado y madurado, y antes de que pudiera terminar de explicarles en qué consistía, éstos abrían su cartera o su chequera y le entregaban convencidos el dinero necesario para la empresa propuesta. A continuación, se despedía amistosamente de ellos, dándoles la mano e invitándolos a ir a visitarlo a su casa cuando les pareciera.

Cada día del año Lucas dedicaba su jornada a tan rentable actividad. El único día que descansaba era el de Navidad. En Nochebuena gastaba parte de su fortuna en los más necesitados. Visitaba a los sin techo, los abrazaba, hablaba con ellos y pasaba una imaginaria lista con el fin de comprobar quiénes ya no estaban entre ellos, a quiénes la miseria había devorado; los invitaba a cenar e incluso les pagaba una habitación de hotel para que, aunque fuera solo por una noche, se olvidaran de la calle, dejaran de pasar frio, pudieran bañarse y gozar de una cama confortable. En definitiva, que aquellos que nada tenían, volvieran a experimentar la felicidad por unas horas. Lucas sentía hacia ellos una mezcla de compasión y de tristeza por lo que el destino había hecho con sus vidas; o tal vez se tratase, en el fondo, del temor a que él mismo algún día pudiera terminar así.

A continuación, llevaba bocadillos, dulces, bebidas sin alcohol, ropa, mantas, libros y juguetes para los niños a los albergues. Así pues, para Lucas esta era la mejor manera de celebrar la Nochebuena, comiendo, bebiendo y disfrutando con quienes lo habían perdido todo en la vida, incluida la esperanza de un futuro mejor.

Al día siguiente, cuando la Nochebuena había tocado a su fin, cada cual retornaba a su vida. Los sin techo volvían a sus improvisadas casas de cartón y, quienes contaban con la suerte de disponer de un piso deshabitado, un local abandonado o tal vez una vieja fábrica derruida, volvían a su precario hogar. Cada 26 de diciembre, festividad de San Esteban, el brillo y las luces de la Navidad se apagaban para ellos. Sus vidas volvían a cubrirse de niebla. La noche —hambrienta de vida y de sueños— aparecía de nuevo tras cada ocaso, devorando a su paso las luces de la ciudad y llevándose con ellas sus esperanzas.

Pasó la última Nochebuena y, después de haber dormido espléndidamente, Lucas se levantó de su cama, se aseó, se dirigió a la cocina, en la que preparó su desayuno: café con leche y tostadas al punto, un huevo pasado por agua, mantequilla y mermelada, acompañado de un zumo de naranja. Cogió una bandeja, en la que lo colocó todo cuidadosamente, y se dirigió a la estancia contigua. El comedor —a través de cuyos enormes ventanales se divisaba el mar— estaba esmeradamente decorado y resultaba realmente acogedor.

Lucas, satisfecho por lo acontecido el día anterior, se dispuso a desayunar. Iba a dar el primer bocado a s tostada cuando un estruendoso ruido en la habitación de al lado llamó su atención. Creyendo que algo había caído, volvió a dejar la tostada en el plato y se dirigió a la estancia contigua. Caminó unos diez pasos y lentamente abrió la puerta…, nada, todo estaba en orden.

—Qué extraño —pensó. Y cerrando de nuevo la puerta, volvió a dirigirse al comedor para continuar con su desayuno. De repente notó que algo no iba bien; parecía costarle caminar, los escasos pasos que separaban el comedor de la habitación, en vez de acercarle parecían alejarle más, cada vez caminaba con mayor dificultad; incluso, por un momento, tuvo la extraña sensación de que el suelo se movía bajo sus pies; la cabeza comenzó a pesarle, sus pensamientos se tornaron espesos y en una décima de segundo su vista se nubló y cayó al suelo inconsciente.

Allí estuvo durante unos minutos, hasta que un sonido ronco hizo que despertara de su letargo. Era una voz —o eso parecía— que poco a poco comenzó a tomar forma.

—Luuucas…, Luuucaaasss… despierta, Lucas.

Poco a poco sus ojos se abrieron, e intentó incorporarse; giró lentamente su cabeza hacia la dirección de donde procedía la voz, pero no vio a nada ni nadie. Estaba algo mareado, y asustado, así que decidió sentarse unos segundos en el suelo para recuperar el aliento.

—Luuucas… —otra vez esa tétrica voz, ahora sí que había logrado escucharla.

—Luuucas, entra en la habitación —volvió a decirle.

Lucas, blanco de terror y con la sangre helada, era incapaz de reaccionar con coherencia a lo que estaba escuchando. Se levantó del suelo lentamente y, con una torpeza casi absoluta, comenzó a caminar hacia la habitación. Una vez hubo llegado a la puerta, agarró el picaporte con fuerza y lentamente la abrió…, no vio nada…

—Siéntate en la butaca Lucas —habló de nuevo la voz.

Lucas obedeció sin entender, no obstante, nada de lo que ocurría. Se sentó en la silla a la espera de nuevas órdenes. La puerta se cerró de golpe y la tétrica voz volvió a hablar:

—Hoy es el día después de la Navidad, día para hacer balance del año. No has sido una buena persona, has engañado, timado y robado a todo aquel que se ha cruzado en tu camino. Y ahora deberás pagar por ello.

—Recibirás —continuó diciendo la voz— la visita de tres gitanos; con ellos repasarás tu vida, te aplicarán el castigo merecido y te mostrarán, si aún es posible, el camino a tu redención.

Lucas no podía creérselo, no entendía nada, seguía aturdido, le costaba pensar con claridad. Le parecía estar viviendo una pesadilla, un horrible sueño del que, aunque quería, y lo deseaba con fuerza, no podía despertar.

—Exactamente a las 10 horas —dentro de cinco minutos— aparecerá ante ti el primer gitano. Mucha suerte Luucas —y diciendo esto, la voz se desvaneció.

Lucas siguió sentado, inmóvil, ausente… Hasta que, uno a uno, los minutos fueron pasando y el reloj comenzó a tocar las primeras campanadas…

—Tonng…, tonng…, tonng…

—Lucas seguía paralizado por el terror.

—Tonng…, tonng…, tonng…, tonng…, tonng…

Su corazón latía desenfrenadamente y su respiración se aceleró; un fuerte dolor invadió su pecho. El reloj elevó en el aire el sonido de las dos últimas campanadas.

—Tonng…, tonng…

En la sala reinaba el más frio y sepulcral silencio. Se escucharon unos pasos…

—Claap.., claap…, claap… —venían del pasillo— … clap…, clap,…clap…, clap…             —Se sentían cada vez más cercanos… —clap…, clap…, clap…

Los ojos de Lucas estaban desencajados y su corazón parecía por momentos que iba a salirse de su pecho.

—Clap…, clap…, clap…

Al llegar al lado de la puerta, los pasos cesaron. Lucas se quería morir; respiraba con el ansia de quien ve próximo su fin.

La puerta se abrió lentamente… Un humo blanco invadió por completo la estancia.

Lucas cerró los ojos y se encogió en su butaca, esperando lo peor. El primer gitano hizo su aparición e, igual que si fuera parte de un truco de magia, entró en la habitación…

 —¡Narrador!

—¡Oye, narrador!

— (¿…?)

—¡Narradooooor! ¡Es a ti!

—¡Ay Dios! ¿Quién eres tú?

—Soy Juan, el gitano. ¡Y no pienso entrar ahí!

—¿Cómo?

—¡Que no pienso entrar en esa habitación! Y te diré más aún, los otros dos gitanos dicen que tampoco van a hacerlo.

—¿Que no pensáis entrar? No entiendo nada

—¡Ay me maaaten! Tú has dicho que tenía que entrar en esa habitación y decirle varias cosas a tu protagonista… Y que luego vendrían dos gitanos más. Pues bien, estoy con ellos y hemos decidido que nos declaramos en huelga ¡Que no entramos!

—Vamos a ver Juan, no entiendo cómo puedo estar hablando con un personaje que forma parte de mi imaginación, debo estar volviéndome loco. Vamos a ver Juan, dime, explícame por qué os habéis declarado en huelga.

—¡Queremos un salario digno, se muera mi mama!

—¿Un salario digno? Pero si no cobráis nada

—¡Válgame el señor! Por eso digo, un salario digno, 12 pagas y dos más extras, la de vacaciones y la de Navidad, para comprar turrones.

—¡Madre mía! Cuando uno creía haberlo visto todo en la vida…

—Jefeeee ¿Qué, arreglamos el contrato o no? Que estar aquí de pie es muy cansado.

—Uno no se da cuenta, no, pero escribiendo tanto, con tantos personajes, tan dispares… las fuerzas flaquean y poco a poco va uno flirteando con la locura. Hasta que ya es tarde… Ya me lo decían mis amigos, Fran, te veo raro…, Fran, estás ausente, Fran, ya no eres el mismo que eras…

Ahora lo veo claro, me estoy volviendo loco. Ya imaginaba yo algo, tenía el presentimiento de que esto me iba a ocurrir algún día; hasta que ese día llegó y aquí estoy, con la cabeza dando campanazos como si fuera una iglesia… Es que lo veía venir… Ya no voy a ser el mismo que era… Estoy loco, eso es, estoy volviéndome loco, muy loco ¿Cómo se explica, si no, que me estén hablando mis personajes? Y lo que es peor, ¡que se me declaren en huelga!…

—¡Ay válgame!, ¡jefeeeee! Queremos saber que va a pasar, ¿arreglamos el contrato o nos vamos a casa?

—¿Contrato?…, ¿Pero qué contrato? No tenéis ningún contrato. Además, solo hablas tú. ¿Cómo se yo que los otros dos gitanos están contigo y quieren las mismas condiciones? Hasta ahora no los he oído hablar.

—Pues pregúntales tú mismo. Aquí está otro de tus personajes, el gitano Josef.

—No, mí no gitano, mí moreno, sol en piel, moreno pero no gitano. Yo húngaro, pero no gitano, ¡yo moreno!

—Bueno, ya conoces a tu otro personaje, el gitano húngaro este, ¡que está negro como el carbón!

—¡Que no! ¡Que no! Que mí no gitano, que mí húngaro, yo solo moreno, ¡no gitano!

—¡Alucinante!, ¡madre mía!, y ahora este me sale con que no quiere ser gitano, ¡lo que me faltaba! A ver, ¿tú también quieres un contrato y catorce pagas?

—No, mí no trabaja aquí, porque mí no gitano, ¡mí, moreno!

—¡Voy a llorar!, a ver el tercer gitano si está por ahí, no recuerdo tu nombre, ¿cómo te bauticé?

—Me llamo David, señor narrador, yo estaba en mi cama durmiendo y de golpe, sin saber cómo, he aparecido aquí, todavía no sé si estoy soñando o estoy despierto

—Yo tampoco la verdad…, yo tampoco

—Perdón señor narrador, soy Lucas, señor narrador, el protagonista. Siento interrumpir su entretenida conversación, pero quería saber, ¿va a entrar ya el primer gitano en mi habitación o no? Lo digo porque llevo ya un rato en la misma posición y se me están engarrotando los músculos.

—¡Ole tú, hombre!, ¿quieres callarte y dejar de interrumpir? Cuando entre ahí te vas a enterar de lo que es pasar miedo de verdad, ¡se muera mi mama!, y después de mi entrará el gitano húngaro éste y si no te has muerto ya, él te matará del susto.

—Otra vez, de nuevo mismo otra vez, que yo no gitano, mí, húngaro.

—Si chaval si, húngaro con sol en cara y bla, bla, bla…, ¡giiiitanooooooo!

—¡Que noooo!, ¡que mí, húngaro!, ¡que no gitano!

—Sí, sí. ¡Anda ya! ¡Tú gitano como yo! Bueno como yo no, mi piel es más clara. ¡Tú además de gitano eres negro, negro!

—¿Queréis callaros de una vez?

—Es que este gitano negro me provoca, jefe

—Vamos a ver, se me ocurre una idea. Si entráis los tres y hacéis bien vuestro papel, repartiré con vosotros los beneficios de este libro, ¿qué os parece?

—¿De verdad jefe?, ¡por mi fenómeno!, saldré a escena y bordaré mi papel

—Mí no salgo, no quiere salir a hacer de gitano porque mí no gitano, no gitano, mí, húngaro

—Vamos a ver Josef, ¿por qué no quieres hacer de gitano?, qué tienes en su contra?

—Que gitanos malos, roban, beben, hacen daño gente, ellos no buena gente, ¡ellos mala vida!

—Josef, eso es un estereotipo. ¿Has leído alguna vez el cuento de “La gitana”?

—Sí, leerlo mi madre, muy bonito, yo llorar.

—Pues así es como son casi todos los gitanos, no como tú dices, ¡antes de juzgar a las personas hay que conocerlas!

—¿Has oído, alelao? Así somos, no nos tengas manía cuando no nos conoces, todos no somos como tú crees, para que puedas juzgarnos, debes conocernos.

—Vale, yo gitano, yo salgo y asusto hombre

—¡Ole tú, “mi arma”!, ¡muy bien! ¡Ole mi Josef, el nuevo gitano!

—Bueno, ya hay dos que están de acuerdo, solo falta uno. ¿Tú que dices David? No has dicho nada en todo este tiempo.

—Sí por favor, decidid algo ya, que me duele todo el cuerpo de estar en esta postura. Como no entréis pronto, en vez de darme un susto vais a tener que llamar a un médico.

—¡Ay que me muera!. Oye Luco o Luca, o como te llames… ¡Tú te callas! que estamos terminando la negociación con el narrador… y vete preparando, que entro ya en escena. ¡Te vas a enterar de lo que es un gitano bueno en acción!

—David, ¿qué dices tú?, ¿estás de acuerdo?

—Sí señor narrador, por mí de acuerdo, entraré en escena cuando usted me diga.

—¡Qué bien!, ¡me alegro mucho!, ¿estáis todos de acuerdo entonces?

—Sí

—Sí

—¡Mí de acuerdo!, ¡mí, gitano!, ¡yo entra en el cuento!

—¡Bien!, pues si todos estáis de acuerdo…, ¡uno…, dos…, y… tres! ¡A escena! ¡Que comience el show! ¡Que empiece la magia!

Un relato de Fran J. Fradejas | Analista – investigador. Articulista y divulgador en diferentes medios de comunicación

Para quien desee acompañar con música la lectura de este relato, os dejo a continuación el siguiente enlace:

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