Las “FATIGAS DEL QUERER”: el día que un guardia civil mató a tiros al cura del pueblo

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Las fatigas del querer es el nombre de una taberna castiza con toque andaluz de la calle Cruz, a un paso de la Puerta del Sol. Por diez euros te pules una ración de chipirones con sangría acodado en la barra de madera o sentado al lado de sus azulejos esmaltados. Si vas a media tarde, hay que lidiar con los guiris que a esa hora abruman el local.

Hace poco recalé por allí. A bote pronto no reparé en la casualidad. Me di cuenta al fijar la vista en la fachada del viejo edificio.

Aún no existía el bar, treinta años antes, el día que un guardia civil mató a tiros al cura de Luarca cuando estaba encamado con su mujer. El del tricornio, hostigado por las sospechas, siguió a los amantes desde la parroquia asturiana hasta Madrid. Cuando tuvo certeza de la infidelidad, entró en la habitación del hostal a lo Clint Eastwood, sacó la 9 milímetros y baleó al clérigo. Una temporada después, el juez le condenó a un par de años de prisión con el atenuante de enajenación mental transitoria y arrepentimiento.

Conocí por avatares de la vida a los protagonistas del caso; gente normal que no supo gestionar los picores, dicho sin ánimo de chanza. Pasado el tiempo, un sevillano abrió Las fatigas del querer justo en los bajos de la casa. Por lo visto, desconocía el lance berlanguiano. Como canta la copla, “En este mundo todo se estira / y el que la verdad pena es porque delira”.

Taberna recomendable para tapear antes de que los turistas empiecen a cenar a las seis de la tarde. ¿A las seis de la tarde? Sí, hay tipos muy raros por el mundo.

Por Odracir Zagam, para h50 Digital Policial

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