“Falta de autoridad” un artículo de Alonso Holguin F.J.

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La realidad de nuestro país, juventud incluida, sea aborigen o extranjera sobrevenida, es una falta de respeto a la Autoridad. Sí, a la «Autoridad». De hecho, los primeros en hacer visible esa ausencia se refleja en los actos y actividades más violentas cada día. ¿Cómo han llegado a este punto? Fácil, en lugar de aplicar «aceite» a esas gentes más jóvenes, se ha utilizado «mantequilla» y una creencia inexplicable en la bondad de auténticos hijos de padre desconocido y/o certificado.

El problema de la ley en España comienza cuando la denominada «clase política» —no mayoritaria—, ve con buenos ojos la invasión de nuestras fronteras del estado. Sí, esas que nos separan de otros países, especialmente en la zona sur, ya que al norte compartimos espacio con los llamados «socios» europeos. Bien por tierra, saltando las vallas, bien por mar, desde pateras, cayucos y otras embarcaciones flotantes, llegan a nuestro hermoso país decenas de miles de personas cada año. La navegación es complicada, en teoría; muchas veces, en la práctica, son conducidos por embarcaciones tipo «nodriza» u otras de negocietes con bandera de ONG quien, casualmente, se encuentran con ellos en el mar. Algunos llegan a escasas millas de la costa africana y realizan el resto de la travesía hasta puerto europeo, en lugar de depositarlos en el puerto más cercano del continente africano. ¿Han visto llegar a pateras endebles hasta las costas de las islas Baleares? ¡Qué travesía!

Nuestra legislación es tan sumamente cariñosa e indecente que, en lugar de enviar a los niños con sus padres o autoridades del país de nacimiento y, en su defecto, del país de procedencia, nos hacemos cargo de ellos con el presupuesto público de todos. Típicas excusas baratas y falsas, como desconocer la edad o idioma, comienzan a engranar el negocio de la gestión administrativa. Las ONG’s en tierra, que reciben ingentes cantidades de dinero público —menuda mierda de independencia, si tus fondos son del estado o ajenos—, comprenden bien, muy bien a todos ellos. De tal forma que, en muchas ocasiones, dificultan con dilaciones y trámites de dudosa efectividad los avances de las Fuerzas y Cuerpos de Seguridad del Estado. Estas, en muchas ocasiones, han sufrido ataques de esos individuos armados al asaltar la frontera. ¡Oigan, cuán débiles son que, en lugar de defender su país y cultura, atacan a nuestros servidores y protectores públicos! Esos ataques antes, en tiempos cercanos siempre dentro del sistema democrático de 1978 y la legislación judicial, se acostumbraban a juzgar como presuntos delitos de atentado a agente de la autoridad. ¿Qué ha cambiado?

Años atrás, se comprendía muy rápido la realidad abrumadora de la familia: los padres tienen razón. Ante la duda de cambiar ese sistema, la «liberación» llegaba en el momento de establecerse por su cuenta. Puerta de la casa, propiedad del mando a distancia, determinación del menú del día y la consiguiente limpieza del hogar. La independencia es el propio hogar. Ahí, en ese momento, llegan aparejadas las responsabilidades: facturas de luz, agua, IBI, basuras. La libertad tiene su precio y lo pagas tú. Además, en ese preciso instante, al cerrar la puerta y los «telones» de los ojos, comienzas a apreciar mucho a la Policía Nacional, Guardia Civil y Policía Local o Municipal. Ellos velarán por la seguridad e integridad de tus bienes inmuebles.

Algunos de esos propietarios han estudiado, formado familias con hijos —permitan concesión a la odiosa «modernidad»— e hijas. Esos chiguitos se convierten en lechones y posteriormente en terneros que comienzan a caminar solos por la vida. «A su aire», se explica a los abuelos, «a su rollo», según ellos. Pero, ante todo, tiene un respeto al prójimo, o deberían al menos. Me quedo con esos padres que han estudiado leyes y su aplicación en el ámbito de la Justicia, así como aquellos que —estudiando con más o menos éxito, incluso sin él— forman parte del Poder Legislativo y Ejecutivo.

Esos fulanos —obvio mencionar el femenino, ya que un guiño a la «modernidad» ya fue consumido arriba— piensan en la bondad de una serie ingente de zánganos. Dichos individuos han llegado o criado en nuestro hermoso país llamado España, sin apreciar el sentido de la «Autoridad», del deber, del respeto a la ley y los agentes encargados de velar por su cumplimiento y respeto.

Desconozco el grado de imbecilidad que tienen dichas gentes; me parece enorme, casi fuera de toda contabilidad, así como el sentido impregnado por el respeto a la propiedad e integridad física. Un equipo formado por «no sé cuántos» profesionales de la psicología, sociología y otras conductas de convivencia entre personas, nos revelarán que la culpa la tenemos «la sociedad». ¡Y un carajo, coño! Perdón, me vine muy arriba.

Los agentes de Policía Nacional, Guardia Civil, Policía Local y Municipal, Ejército en sus tres armas —Tierra, Armada y Aire— estamos ya hasta los mismísimos… —acaba tú esta frase; me vine arriba antes y he completado mi cupo de educación—. Si un individuo agrede, ha de recibir un justo y fuerte castigo por parte de las autoridades judiciales. Sí, esas «Autoridades» son los destinatarios de los guantazos, pero los recibimos nosotros, «sus agentes»; esa agresión se produce por una falta de respeto y consideración a la ley, que es la emanación de los principios dados por una sociedad para vivir juntos o cerca.

Los que están aquí desde el nacimiento tienen sus responsabilidades —¡cómo no!— y han de recibir el castigo judicial con toda la fuerza para evitar una continuación futura y agravamiento a la hora de perder de nuevo el respeto. La «Autoridad» judicial debe comprender que, si nosotros faltamos, el «hostión» se le llevará ella o sus hijos e hijas; también se debe considerar el ámbito de la violación, especialmente para las mujeres y niñas.

Aquellos que no han nacido aquí o sus padres provienen de otro país, deberían ser retornados de inmediato, junto con sus familias, hasta segundo grado directo o consanguíneo. No, no se trata de una medida «racista», ¡qué va! Es necesario reconsiderar que sus costumbres y educación no coinciden con los principios de nuestra sociedad.

«Pañuelo verde», en término taurino. De vuelta a sus países. Allí sabrán cómo viven, conviven, cuidan o crían a los futuros miembros de su sociedad. En caso de desconocer la procedencia, estilo «juego de la oca»: por la puerta por donde entró o al país de donde vino. Ya se arreglarán allí.

Alonso Holguin F.J. para h50 Digital Policial

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