Dedicado a Miguel Ángel, gracias a su labor se aprende a salvar vidas

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Estoy en mi día de fiesta, esperando en la cola del supermercado, analizando qué gestiones voy a hacer después. De repente, una señora de unos 50 años se desploma a solo unos metros de mí.

Noto que mi pulso se acelera, mi mente se activa sin pensar “tienes que hacer algo, tienes que ayudarla”. Me muevo al instante, me acerco y me agacho junto a ella y le busco su pulso, no noto nada, no tiene pulso, es una parada cardiorrespiratoria.

Me viene a la mente la formación que hace pocos meses nos han dado en la escuela de policía, pido a los dependientes que activen a una ambulancia y a las personas de alrededor que me dejen espacio, voy a empezar con la maniobra de reanimación cardiopulmonar (RCP). El tiempo juega en mi contra, los daños cerebrales comienzan solo cinco minutos más tarde de la parada, debo actuar ya.

Realizo la maniobra de reanimación, al ritmo que me pautaron, sin descansar, mientras la miro a ella y le pido que vuelva, que tiene mucho por lo que vivir. Su familia, sus amigos, debe volver, vuelve conmigo, le repito internamente, mientras continuo con las maniobras.

Sigo sin parar, centrado en ella, en que vuelva a la vida, y quince minutos más tarde llegan los compañeros de la ambulancia y me confirman que, gracias a mi rápida actuación, la mujer respira, está viva.

Siento una alegría inmensa, está viva, volverá con su familia.

Dedicado al compañero Miguel Ángel por haber salvado una vida, de las muchas más que salvará durante su carrera profesional.

Gracias a todos los compañeros que diariamente siguen salvando vidas.

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