11 de septiembre: un día fatídico

Columna de Manuel Avilés*, director de prisiones jubilado y escritor, para h50 Digital Policial

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Hoy es once de septiembre. En 1973 comenzábamos en Granada el segundo curso de Filosofía. Franco daba señales de estar muy abuelo y las piernas comenzaban a hinchársele – la famosa flebitis que, con sus complicaciones, lo llevó a la tumba. Si no hubiese sido eso, habría sido otra cosa, porque al final, todos acabamos en el mismo sitio-. En la Universidad se respiraba cierto aire de libertad y había profesores que “la liaban” en sus clases con doctrinas que, en absoluto, convencían al Régimen ni a la Iglesia oficial que tantos años llevaba sustentándolo y poniendo al dictador bajo palio. La Iglesia, acomodaticia y camaleónica, siempre tiene una interpretación adecuada a las circunstancias y lo mismo – y con el mismo sustento evangélico- justifica la Santa Cruzada que la Teología de la Liberación.

Aquella mañana del 11 de Septiembre, con el curso recién comenzado, entonces se estudiaba, no como ahora que es un puñetero paripé y hasta el profesor te tiene que hacer los apuntes – la brigada social aparecía de vez en cuando por la clase para ver si aquellos foros académicos se estaban convirtiendo en nidos de rojos y de agitadores- comenzó a correr por los pasillos del Hospital Real – hoy edificio del Rectorado- el rumor del golpe de estado en Chile. América del Sur era un hervidero de militares golpistas. Argentina, Paraguay… y Chile. Un Tal Pinochet, fascista sanguinario, había asaltado el Palacio de la Moneda para derrocar al Presidente Salvador Allende que  – dicen- se suicidó en el asalto. Contaban también, en los cenáculos de la época, que detrás del golpe, para variar, estaban los americanos: Richard Nixon, que luego fue echado a patadas por el Caso Watergate, y su factótum Henri Kissinger. Ellos eran, como ahora, aunque algunos les han salido contestones en otros puntos del planeta, los árbitros y los policías que vigilaban y controlaban la política mundial. La dictadura chilena duró diecisiete años y fueron miles – como en la española franquista- los que acabaron en campos de exterminio. Te recuerdo Amanda. A desalambrar. El derecho de vivir en paz. Puerto Mont…. Ya nunca volverían a oírse en la voz de su autor. Nos quedaron sus discos. Víctor Jara fue uno de los primeros en caer y en ser asesinado tras torturarlo quebrándole los dedos a patadas, aquellos que nos hacían felices con sus composiciones musicales. Murió, casi como Lorca, el día 16 de septiembre, a los cinco días del golpe militar.

El 11 de septiembre de 2001, cuando empezaba el telediario de las tres de la tarde, aterrizaba yo en Luceros a tomar una cerveza con Luz Sigüenza, ella cumplía veintiséis años y era un bellezón lo mismo que ahora, que esta mujer, ella sabrá con qué diablo ha hecho el pacto. Estábamos en la terraza y de pronto todo el mundo se calló. Parecía un accidente. Matías Prats, otro eterno como Jordi Hurtado, no salía de su asombro hablando del accidente de avión que había chocado con una torre de Nueva York. Sin habernos repuesto del primer susto se estrelló el segundo avión contra la Torre Gemela de la anterior. Era mucha coincidencia. Ese día cambió el mundo. Empezaba la tercera guerra mundial, guerra asimétrica trasladada hasta el corazón financiero de los Estados Unidos. Ellos han sido siempre especialistas en pelearse y montar conflictos  – las fábricas de armas las grandes beneficiadas y las constructoras y los que hacen las infraestructuras que hay que arreglar después de que son bombardeadas- ellos son especialistas en organizar guerras lejos de sus país en donde, quienes no se conocen ni se odian, se matan. Enviados y mandados por cabrones que se conocen y se odian, pero no se matan. Allí cambió el mundo y nació lo que nos acojona desde entonces: el terrorismo yihadista. Un millonario saudí – tela… esos son otros- pro americano en sus inicios, había participado en Afganistán – siempre en otro sitio- en la pelea entre rusos y americanos. Armado por ellos y entrenado por ellos montó el nombre que ha aterrorizado años y años al mundo occidental Al Qaeda, luego diversificado en decenas de grupúsculos terroristas que dicen pretender extender el califato en el mundo, que tienen la Sharía como norma y se creen enviados por Ala. Una banda de trastornados. El mundo es otro desde que los aviones se estrellaron contra las Torres Gemelas.

Le he escrito varias veces a Rufián que yo soy más republicano que él y desde mucho antes aunque no pretenda la independencia catalana ni piense que el Estado debe ponerse de rodillas ante cuatro porque son bisagra para elegir gobierno, da la mierda de ley electoral que tenemos.

Me producen vómitos las monarquías. Todas millonarias. Todas corruptas. Todas heredadas en las que el poder se transmite por vía espermática y vaginal. Un anacronismo incomprensible.

Miren Marruecos. Tercer mundo. Pobreza, incultura, miseria … un terremoto de grado siete, que en Japón habría roto un par de vasos, allí causa un desastre total: miles de muertos, de heridos y desaparecidos. El rey estaba en París de vacaciones. Está muy cansado de tanto descansar y tiene la jeta de abrir una cuenta para recibir donaciones que ayuden a los damnificados. Me intento documentar sobre este dictador caprichoso que también se cree descendiente de un dios y del profeta: se hace las chilabas con oro. Tiene seiscientos coches de lujo. Doce palacios y mil cien criados permanentemente a su disposición en todo lugar y a cualquier hora del día. Gasta un millón de euros diarios en sus caprichos de Palacio. Su vestuario cuesta dos millones de euros al año a Marruecos y cuando se desplaza, además de un gran avión para él y sus servidores, va detrás un Hércules con el equipaje. Le  llueven los regalos de los millonetis del mundo porque Marruecos es un sitio estratégico y codiciado. Cojonudo. Este tipo pide donaciones para los damnificados por el terremoto cuya salud, bienestar, casa, sanidad, etc… le importa un rábano porque él estaba de vacaciones en Paris cuando tembló la tierra donde tiene bastantes más pisos que Roldán.  Famosos es su palacete junto a la Torre Eiffel que solo le costó ochenta millones de euros. Y los pobres marroquíes durmiendo al raso con el pánico a los temblores mientras su líder  – de origen divino- disfruta de una de las mayores fortunas del mundo. ¿Cuánto hay que ingresar en esa cuenta de ayuda?

De nuevo viene la literatura a salvarme de la mala leche, de no entender cómo se permite esto. De cómo el mundo sigue y sigue, con sus componendas  y con sus estructuras de poder que continúan haciendo buena la frase de Hobbes: el hombre es un lobo para el hombre.

Sandra Aza, inteligente, lista, abogada, brillante escritora y mujer especialísima acaba de poner en la calle un obrón como la copa de un pino.  Es obligatorio leer el “Libelo de sangre”, una novela histórica de primerísima magnitud, documentada de una forma extenuante que nos traslada al Madrid del siglo XVII, cuando reinaban aquellos Austrias imbéciles, que de tanto casarse con primas hermanas y tías   – no se sabían las Leyes de Mendel porque Mendel aún no había nacido- acabaron extinguéndose porque el último fue un loco incapaz de engendrar y al pobre, los dioses por en medio, le achacaron estar Hechizado. No crean que fue mucho mejor lo que decidieron traernos de Francia.

No les reviento el libro de Sandra Aza. Leanlo. Es una orden. No se van a arrepentir y les juro que no llevo comisión ni de la autora ni de su editor

Manuel Avilés

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