
Autora: Yolanda Trancho – Escritora
Confesión: he visto La jungla de cristal quince veces. No seguidas —eso sería un problema clínico— sino a lo largo de los años, siempre con la misma mezcla de deleite cinéfilo y esa pequeña irritación que solo entiende quien ha llevado placa de verdad. Porque John McClane es magnífico. Y porque John McClane no existe.
Bruce Willis, descalzo sobre cristales rotos en el suelo de Nakatomi Plaza, sudoroso, con los pies ensangrentados, con una pistola Beretta y el ingenio justo para salvar a los rehenes y humillar a Hans Gruber —un villano europeo con traje italiano y un sentido del estilo envidiable— es, sin duda, un icono. El problema es que el icono pesa mucho cuando te lo comparan en las ruedas de prensa.
ESCENA — LA JUNGLA DE CRISTAL (1988)
«Nunca en mi vida había deseado tener zapatos tan desesperadamente.»
John McClane, arrastrándose entre cristales con los pies en carne viva. Sin protocolo. Sin apoyo. Sin parte médico posterior. Después de la escena, a casa, a celebrar la Navidad.
El policía de los donuts que salvó el mundo, el agente Al Powell, el policía de la patrulla que escucha a McClane por radio desde su coche, aparentemente ocupado en adquirir suficientes donuts como para abastecer una comisaría entera. Powell es el apoyo emocional, la voz que mantiene cuerdo al héroe descalzo. Es tierno. Es humano. Y tiene, hay que decirlo, unas habilidades logísticas con la bollería que ningún manual operativo contempla.
En la vida real, ese agente Powell se llama de muchas maneras: es el compañero que coge el teléfono a las tres de la madrugada, el que te espera en el coche cuando sales de declarar, el que no pregunta demasiado porque ya sabe. Sin donuts, generalmente. Con mucho café malo de máquina y bastante cara de sueño.
«Yippee-ki-yay.» Frase que ningún atestado recoge jamás, y con razón.
La familia como efecto colateral
En La jungla 2, McClane salva un aeropuerto entero mientras espera a su mujer. En La jungla 3, recorre Manhattan con Samuel L. Jackson resolviendo acertijos mientras el villano —el hermano del anterior, porque en esta saga los malos tienen vocación dinástica— intenta hundir la reserva federal. En La jungla 4.0 aparece un hijo. En Un buen día para morir, ese hijo ya trabaja para la CIA, en Moscú, con esa naturalidad con la que en las películas uno se entera de que su vástago es agente encubierto en Rusia un martes cualquiera.
Un dato contrastado: ningún familiar de la autora trabaja, de momento, para ningún servicio de inteligencia. O eso te puedo contar, de momento.
Las familias de los policías reales no esperan en los aeropuertos. Miento, en una ocasión, fui a buscar a uno, mi marido, se tuvo que pagar él el billete, y tuve que aparcar en doble fila, con la esperanza de que ningún guardia urbano me calzara una multa. Lo normal, es que las familias esperen en casa, con la cena fría, preguntándose si el turno habrá ido bien, aprendiendo a leer el silencio cuando llegas. No hay banda sonora. No hay fundido en negro después del abrazo. Ni música romántica con ese beso de rutina diaria. Hay una lavadora que poner y un niño que mañana tiene examen.
La mujer que no aparece en los créditos. Porque ahora, no hay dos sin tres, y sí, en la vida real tiene una esposa que también es de hierro.
Y hablando de esperas: hay una película —La teniente O’Neil— en la que la protagonista se prepara para ser soldado. Hay entrenamiento. Hay sacrificio. Hay esa mirada de quien sabe que elegir una vocación tiene un precio personal enorme. No es La jungla, pero es de la misma galaxia temática. Y me resulta más honesta, precisamente porque muestra que prepararse para proteger a otros te transforma: por dentro y por fuera.
Y no me olvido de la paliza. Ese momento —no quiero hacer un spoiler, pero quien la ha visto lo sabe— ahí, delante de sus compañeros. Un golpe. Después otro. Nadie respira. Todo se vuelve silencio. El mundo se desvanece a sus pies. Y cuando acaba todo, ya no vuelve a ser la misma. Ahora es otra mujer. Seguro que a ti también te ha pasado, entras con mucha ilusión. Luchas como una jabata, quieres ser buena en tu trabajo, no te importa recibir un puñetazo en la clase de defensa personal, porque sabes que la calle no perdona, que no habrá una segunda oportunidad. Y cuando el detenido es un armario, de esos en los que tienes que contorsionar el cuello para verle el rostro, te acuerdas de esa clase que te perdiste, y utilizas todas tus armas, de mujer, de policía, de lo que sea, para ponerle unas esposas lo antes posible, y si crees en Dios, las cierras con un suspiro de agradecimiento.
Eso tampoco suele salir en los carteles.
LO QUE LAS PELÍCULAS NO SUELEN MOSTRAR
El parte. La declaración. La noche en que no puedes dormir aunque todo salió bien. El formulario en papel que hay que rellenar en triplicado, por decir un número, tú sabes que son más, antes de que nadie te pregunte cómo estás. Escribes, redactas, siguiente diligencia y continúas. Y tan siquiera miras el móvil, a la espera de que el tiempo transcurra lo más lento posible para poder llamar a tu hermano y decirle que volverás a perderte su cumpleaños. “la próxima vez, estaré ahí” te prometes.
Sacar la pistola tiene un precio
En el cine, disparar es un gesto. Tiene música, tiene cámara lenta, tiene consecuencias dramáticas que se resuelven en el siguiente plano. Incluso tienen más cartuchos que la propia pistola, sin recargar ni nada. O no te has dado cuenta de que inconscientemente has contado cada disparo, yo lo he hecho, puede ser defecto de profesión, y siguen disparando y te preguntas: ¿de dónde han sacado tanta munición? Ahí, está la magia del cine. En la vida real, sacar el arma —solo sacarla, sin llegar a disparar— activa algo en el cuerpo y en la mente que no se apaga cuando acaba el turno. Solo tenerla en la mano, haberle quitado el seguro, la adrenalina te sube, y mucho. Las piernas se enraizan al suelo, la hipervigilancia es atroz, el corazón te va a mil por hora. Y si llegas a disparar, ese precio no lo paga nadie en tu lugar. Lo pagas tú. Con el sueño, con la memoria, con años de terapia que igual nadie te ofrece si no los buscas tú mismo.
No luchamos solos, como McClane tampoco luchó solo —tenía a Powell, tenía a la suerte, tenía un guionista de su parte, eso es maravilloso, saber que todo está controlado. Pero nosotros, cuando acabamos, no nos vamos a dormir como si no hubiera pasado nada. Eso es lo que las películas no enseñan: la factura emocional se paga siempre, aunque el caso se cierre y el malo acabe en el suelo del vestíbulo con un lazo de Navidad puesto.
Las películas nos entretienen. Eso está bien. La vida real tiene un precio más alto: en ocasiones, la propia vida. En otras, la salud mental. Y esa segunda parte casi nunca aparece en los carteles.
Así que, sí: quince veces La jungla de cristal. Y la decimosexta también. Porque McClane es magnífico, y la teniente O´Niel, excepcional, y el cine existe para eso. Pero cuando apago la televisión y vuelvo al mundo donde los héroes rellenan atestados, pagan hipotecas y llevan sus miedos al trabajo sin que nadie los aplauda, recuerdo por qué importa hablar de lo que no sale en pantalla.
Por desgracia, en muchas ocasiones nos acostumbramos a derrotar solos nuestras pesadillas, cuando en verdad, si son compartidas, compañeros, familia, especialistas, se puede luchar mucho mejor.
Yippee-ki-yay.
Yolanda Trancho – Escritora






