
Eso de que las buenas historias son para contarlas, permítanme que lo ponga en entredicho. Haciendo caso como siempre a las buenas apreciaciones de mi padre os diré que, bajo su humilde, pero a la vez muy sabia percepción, las historias no suceden sólo para ser contadas, sino que suceden para ser vividas. Y algunas de qué manera.
Faltaban dos jornadas para dar comienzo el mes de diciembre de 1834 y ya eran diez los años que habían pasado desde que Su Majestad Fernando VII con la firma de la Real Cédula avaló la creación de la Policía General del Reino.
Con la Reina Isabel en el trono se auguraban muchos cambios en todos los estamentos, políticos, militares e incluso sociales. El rumor de la necesidad de efectivos para engrosar las incipientes unidades policiales llegó a casi todos los rincones de España. A muchos la posibilidad de alistarse al novedoso cuerpo policial les resultó una oportunidad inigualable, más si cabe para aquellos que sin provenir de familia militar sentían fervientemente cómo suyo el deber de defensa de la patria y una abnegada vocación de servicio por la protección de cuantos habitaban en ella a un lado y otro del mar océano.
Para un veinteañero Luis López Narváez cometer la temeridad de dejar tirados a su padre y hermanos a mitad de la vendimia en tierras manchegas solamente podía entenderse por locura sobrevenida u otra desconocida causa de fuerza mayor. Con un hato y tres mudas de ropa se sirvió de un pariente carretero conocedor de muchos caminos para llegar al corazón de Madrid desde su pequeño pueblo llamado Almedina. La aventura la inició sabiendo que por su incomprendida marcha quedaba inmediatamente desheredado de aquello que nunca había tenido y de cuánto jamás le generó ni un atisbo de esperanza por poseer. Luis valía lo que el hombre que era, y eso ya era una fortuna. Valiente, tenaz, extremadamente honrado y aunque coqueto, Luis era muy poco amigo de las opulencias. Así de completo era el nuevo miembro de los Salvaguardas Reales que elegantemente uniformado prestaba servicio a caballo con la misión de conservar el orden ciudadano en la ciudad de Madrid.
Aquella fría tarde del veintiocho de noviembre, el escuadrón de caballería en el que Luis servía acudió al auxilio de otra patrulla de infantería que perseguía a varios maleantes que hacían de las suyas en los aledaños de la plaza Mayor. Con la oscuridad vespertina y el empedrado mojado de la calle, el caballo que montaba Luis no pudo frenar su galope y al notar el tirón de las riendas levantó sus patas delanteras. Con la pérdida del equilibrio corcel y jinete cayeron al suelo golpeándose Luis bruscamente el costado con el duro suelo, quedando malherido. Mientras parte de sus compañeros conseguían atrapar a cuatro de los malhechores en los alrededores de la Cava Baja, otro jinete de los Salvaguardas Reales y un grupo de curiosos que contemplaban la disparatada escena se acercaron apresuradamente hacia donde estaba Luis, liberándole de montura y estribos para socorrerle de inmediato.
Para alguien joven y fornido como él una caída tan aparatosa no le produjo más que unas leves magulladuras que sin duda le dolieron menos que el roto que se hizo en el uniforme. Con el caballo nuevamente en pie y el jinete sacudiendo el polvo de su sombrero marcharon sin dilación con el escuadrón y la cuerda de presos de vuelta al pequeño cuartel de la calle Toledo. Una vez los bandidos fueron puestos entre rejas a buen recaudo y el servicio finalizado, Luis volvió a la posada de El Arco, pues allí moraba en una humilde habitación. La necesidad de descanso era imperiosa, pero presumido y limpio a más no poder prefirió asearse antes de tumbarse en el roído colchón de lana. El aposento podía resultar frío por el invierno, pero el calor humano y la atención con la que le cuidaban en la posada regalaban un calor que se agradecía. El único lujo que había en la estancia era un juego de palangana y jofaina de porcelana que reposaban sobre una mesa compartiendo espacio con un ejemplar de la prensa local, un descascarillado tazón con leche caliente y un chusco de pan que siempre estaba preparado para la vuelta de su agradecido huésped.
Una vez se había terminado la última cucharada de sopas de pan con leche, dejó todo recogido en una bandeja que sería recogida por la moza del posadero a la mañana. Sin ganas de echar un vistazo a las noticias que se publicaban en la gaceta de la villa, apagó la luz del pequeño farol que iluminaba la habitación. Luis se tumbó en la cama con la esperanza de mitigar el fuerte dolor que le presionaba la cabeza y descansar lo suficiente para acometer con fuerza un nuevo servicio al día siguiente. En cuestión de minutos cayó en un sueño inusualmente profundo…
Como de la nada, una neblina irrumpió en el subconsciente de Luis y éste empezó a visualizar imágenes que desconocía, pero que a la vez las sentía familiares. Poco a poco iban apareciendo personajes y secuencias de una vida que él no había vivido aunque creía tener la certeza de que fuese la suya.
Agentes uniformados buscaban con ahínco entre los cajones de un sifonier de madera de cedro siguiendo las órdenes de un comisario de policía que iba ataviado de traje oscuro y elegante chistera. Por lo que se apreciaba tras echar una primera ojeada parecían investigar la muerte de alguien muy importante. La neblina se disipaba por momentos y en un claro Luis se vio en medio de una alcoba propia de un príncipe. Lo cierto es que no iba mal encaminado, pues aquellos policías intentaban poner luz sobre la oscuridad que invadía todo lo relacionado con el atentado sufrido por el General Prim en la calle del turco, y del que resultó herido de gravedad muriendo de extraña manera posteriormente.
Mientras parecía desaparecer todo rastro de esa rara ensoñación, Luis mostraba inquietud dando vueltas en la cama. Poco le duró la tregua, la neblina volvió a hacer acto de presencia y trajo consigo las portadas de varios periódicos de tirada nacional en los que se resaltaba a modo de titulares los asesinatos y tentativas de asesinatos de varios de los presidentes del gobierno de España. La secuencia completa era un repaso por la España de los magnicidios.
La perspectiva desde la que Luis contemplaba lo que sucedía era la misma que puede tener el alumno que se sienta al final de la clase. Era una gran sala con pupitres de madera y un encerado al fondo presidido por una foto en blanco y negro del rey Alfonso XIII. Compartían asiento policías de uniforme, miembros de las secciones de protección de altas personalidades y también algunos integrantes de las brigadas de información de la policía. Todos ellos muy pendientes a las directrices que desde un pequeño altillo al pie de la pizarra daba un veterano inspector. A la vez que ilustraba a los asistentes, les mostraba mapas de la ciudad de Madrid y de Barcelona, restos de lo que parecía ser un artefacto explosivo utilizado en un atentado fallido y también los retratos de algunos potenciales sospechosos. El material en cuestión había sido requisado a dos anarquistas detenidos en el puerto de Barcelona. Tal botín bien aprovechado serviría de gran ayuda para formar a esos nuevos policías que tendrían que luchar contra la violencia que ejercían los grupos subversivos radicales. Estaban echando un pulso al estado. Se jugaba una partida de ajedrez donde hasta el mismísimo rey estaba en peligro de jaque mate.
Daba la impresión que el tiempo pasaba volando y Luis no terminaba de entender que era toda esa maraña de personas y situaciones con las que estaba soñando. Agarraba fuerte la fina colcha con la que se arropaba y bruscamente volvía a soltarla, la desazón era constante.
No había manera de despertar, por saltos en su mente se plasmaban un episodio tras otro. Lo curioso en este caso es que todo se veía extrañamente claro. Si antes todo estaba emborronado, ahora la nitidez era absoluta y permitía a Luis ser de nuevo un espectador privilegiado.
Se veía correr a gente de un lado para otro y por megafonía se instaba a los nuevos cadetes a reunirse en el patio del cuartel. Todos ellos parecían tener prisa e iban en formación. Luis observó como un grupo de compañeros de la Guardia de Asalto estaban sentados en la barra de la cantina escuchando atentamente la radio. Cuando la voz del locutor pronunció las últimas palabras la música de marchas militares tomaron el protagonismo en las ondas. Era dieciocho de julio de 1936 y un bando de guerra congelaría tristemente durante años los sueños de muchos compañeros.
La noche avanzaba y el extraño sueño seguía acompañando a Luis y ni siquiera los temibles ruidos de la guerra eran capaces de despertarle. Los sudores desaparecieron y un frío helador le hacía tiritar, era pleno mes de enero y una fuerte ventisca de nieve azotaba la capital. Uniformado de gris invierno y pertrechado con su gruesa capa, Luis y su compañero Román arrimaban el hombro para ayudar al conductor de un pequeño autocar escolar que se había quedado tirado al inicio de la Calle de la Princesa. Los dos jóvenes agentes de la policía armada empujaban cuesta arriba un bus repleto de curiosos niños que al igual que se alegraban por llegar tarde al colegio, jaleaban a los policías por su inestimable ayuda.
Con el autobús en marcha y los niños camino a clase despidiéndose con jolgorio de Luis y su compañero, todo volvía a la normalidad prosiguiendo éstos su patrulla a pie. El esfuerzo realizado les calentó y apretando el paso se le perdió la pista a la altura de la calle de Ventura Rodríguez.
La transición de una vida a otra era instantánea, caras nuevas, emplazamientos diferentes, pero siempre Luis vistiendo un uniforme de policía. Una luz que cegaba iluminaba la fachada de una farmacia. El coche patrulla estaba atravesado en mitad de la calle del General Ricardos frente al número veintinueve. Dos dotaciones de seguridad ciudadana de policía nacional y una de policía judicial estaban apostadas esperando la salida de dos atracadores.
En cuestión de segundos se armó la mundial. Los ladrones con las caras tapadas con pasamontañas y escopeta recortada en mano no se anduvieron con rodeos y comenzaron a disparar contra los agentes. La respuesta no se hizo esperar y el intercambio de disparos fue inevitable. Los refuerzos llegaron justo a tiempo. Ante la diferencia de fuerzas y tras una tensa negociación los atracadores accedieron a deshacerse de sus armas y siguieron las conminaciones de los policías “manos a la cabeza y boca abajo en el suelo”. «El Cali» y «El Maño» fueron detenidos no sin antes haber herido en un hombro a uno de los inspectores. Se podría hablar de intervención exitosa. Sin apenas daños personales, con el botín robado recuperado y los cacos «trincados», Luis y su compañero Alfonso fumaban un Ducados mientras los periodistas les tomaban algunas instantáneas para ilustrar los artículos que hablarían de policías y ladrones.
En los setenta los agentes se la jugaban a diario entre la diana que ETA les dibujaba en su espalda y la mirada oscura de los cañones de una escopeta recortada en manos de un «Yonqui».
El humo del cigarrillo creció y una intensa humareda envolvió en negro toda la ciudad de Madrid. No se veía nada y lo poco que se escuchaba era el sonido desgarrador de gente que gritaba pidiendo auxilio. Corría el año 2004 y no era un once de marzo cualquiera. Las llamadas a emergencias colapsaron la emisora y todos a una, los policías de radiopatrullas de todos los distritos de Madrid fueron llegando a las estaciones de Atocha, El pozo y Santa Eugenia.
Luis nunca imaginó que empezaría un turno de trabajo con un escenario tan aterrador, el uniforme azul se tiñó de negro luto y rojo sangre. Una aciaga y triste mañana que nunca debería caer en el olvido. Las jornadas se volvieron interminables, sólo reconfortaba ayudar y ser portador de buenas noticias para alguna familia que las esperaba con angustia y desasosiego.
El terrorismo sacudió los cimientos de nuestra democracia condicionando de por vida nuestra forma de vivir. Aquél once de marzo marcó un antes y un después en las ajetreadas vidas de quienes hacían que la metrópoli se moviese.
Esa visión le dejó con un nudo en la garganta y la presión en el pecho le impedía respirar con normalidad. Sudaba, daba vueltas y no encontraba consuelo. El estado de agitación era máximo y no había visos de remitir. El humo seguía dificultando la visión y el pastoso olor a goma quemada penetraba tan adentro que casi se podía masticar. Griterío, insultos y una orden clara «aguantar». Al igual que sus compañeros de UIP del Puma 70, Luis tenía la visera de su casco bajada y pertrechado con el anti trauma se mantenía en formación. Frente a su unidad de intervención había una turba de exaltados arrasando con todo lo que se interponía ante ellos. La lluvia de piedras era incesante, el desorden imperaba y solamente los más valientes y abnegados servidores públicos eran capaces de revertir esa caótica situación.
Nunca había visto el Paseo del Prado devastado como el escenario de una batalla campal, al igual que tampoco había contemplado tanto odio y rabia acumulados en quienes nos agredían con una saña y violencia desmedida.
Avanzábamos como podíamos entre cascotes y cristales. Habíamos ganado espacio y adelantamos posiciones frente a las barricadas improvisadas hechas de contenedores ardiendo. La situación era incontrolable, en el punto más álgido la locura un cóctel molotov estalló en el escudo de Luis provocando una enorme deflagración que desató la reacción más inesperada.
Una sacudida en su cuerpo le hizo incorporarse en la cama agarrando fuertemente las sábanas. Sudoroso y desubicado miraba y miraba a su alrededor, perdido como el que acaba de salir de un laberinto. El corazón le latía a mil por hora y el jadeo le provocó una sed difícil de saciar.
La rigidez de sus músculos le mantenía inmóvil. Cuando se pudo calmar un poco, echó mano de la botella que tenía en la mesita y en dos tragos terminó con la poca agua que quedaba. Inspiraba hondo y expiraba lentamente, así una y otra vez hasta conseguir relajarse y empezar a tomar consciencia de aquel sueño tan extraño.
Una vez su cuerpo había recobrado la movilidad, se levantó como un resorte y cogió su teléfono móvil. Miró la fecha en busca de una confirmación que desmontase ciertas elucubraciones fruto de la somnolencia. Sin más lo volvió a dejar en la mesa. En poco menos de hora y media entraba en servicio y tenía el tiempo justo para una ducha rápida que le ayudase a despejarse.
Con todo listo para una dura noche de patrulla y un tanto confuso volvió a mirar el teléfono móvil consultando las noticias del día a fin de comprobar la fecha. Algo merodeaba en su mente y no le dejaba en paz. Luis no comprendía como podía ser que lo último que recordase antes de irse a dormir fuese la caída de un caballo y que se cenó el tazón de leche con pan. Aquello era de locos.
Por si acaso eran cosas del cansancio acumulado o del sueño, decidió repetir la jugada y de nuevo su teléfono le reveló que efectivamente ese día era veintiocho de noviembre de 2024.
Luis había tenido un sueño que había durado casi doscientos años.
Hay historias que merecen ser contadas, la de Luis no es sólo la suya, es la de todos aquellos servidores públicos que durante doscientos años han forjado nuestra institución. Hombres y mujeres valientes, comprometidos, justos, entregados y siempre leales al mandato de cumplir la ley, hacerla cumplir y proteger a cuántas personas y lugares se nos encomiende.
En honor de quienes nos precedieron y dieron la vida por los demás debemos seguir trabajando duro para hacer aún más grande nuestra historia.
Otros doscientos años pasarán y alguien seguirá contando nuestras historias. Historias reales, historias vividas y sin duda historias sentidas.
Feliz doscientos aniversario compañeros.










Estupenda narración. Me ha gustado mucho