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Un secuestro con final trágico                             

Martín Turrado Vidal

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Introducción: Un clima de inseguridad

En diciembre de 1870 se tuvo conocimiento de un suceso sumamente luctuoso a través de un anónimo dirigido al alcalde de Manises. ¿Qué había ocurrido? En un determinado paraje del pueblo, en las cercanías de una casa abandonada, se hallaban enterrados dos cadáveres pertenecientes a dos vecinos del pueblo de Pego. Se pudo comprobar que el contenido del anónimo era cierto. Este secuestro, del que fue dando información puntual el diario “Las Provincias” saltó a toda la prensa de Madrid y de Barcelona. Transcendió las fronteras, pues también se ocupó de él el “Gibraltar cronicle and comercial intelligencer” del 14 de diciembre de 1870. Se trataba, como se ha titulado estas líneas, del final trágico para un secuestro cuyas víctimas habían sido buscadas algo más de un mes.

Manises estuvo en el centro de esta noticia. Durante mucho tiempo había aparecido en la prensa por los anuncios de su loza y de su cerámica o por otros asuntos más pintorescos, como la noticia de una señora que había conocido a sus tataranietos, motivo por el cual se juntó toda su familia, que estaba compuesta por unas ochenta y cinco personas. La prensa comentó que podía haber fundado un pueblo entero.

El secuestro vino a acentuar el clima de inseguridad que se estaba viviendo en el campo y en la ciudad. Debió ser grande durante las primeras etapas del periodo revolucionario de 1868. Hubo varios hechos muy graves que coincidieron en el tiempo con este secuestro. Hubo un  asesinato, el del párroco de Liria, a quien dispararon dos tiros cuando subía las escaleras de la iglesia para decir misa. Pocos días antes, había sido asesinado su padre en Ribarroja en unas circunstancias muy parecidas. Los bandoleros –roders– campaban a sus anchas sin que ninguna autoridad pudiera ponerles coto. La prensa contaba de esta forma la detención de uno de los posibles autores:

“En uno de los últimos días fue detenido en las cárceles de Liria Pascual Ripoll y Albiach, de Ribarroja, conocido por “Catalinet”, en el momento en que se aproximaba al rastrillo de dichas cárceles para hablar y entregar algunas frioleras a su tío José Albiach, preso en las mismas, como complicado en algunas exacciones de dinero. Dícese que el Ripoll se halla mezclado en la desgraciada muerte del Sr. Esteve”[1].

En “Las Provincias” se hicieron eco de otro suceso similar al que se va a comentar en este artículo, ocurrido unos meses antes. La gran diferencia es que terminó siendo esclarecido y recuperado gran parte del rescate. Lo narraba así:

“El secuestro del propietario de Onteniente, Sr. Colomer, dio la señal de la alarma hace dos meses. Afortunadamente, se calmó algún tanto porque, rescatada la víctima por el dinero que aprontó su familia, la Guardia civil tuvo la fortuna de capturar a los criminales y recobrar la mayor parte de la suma entregada. Por lo demás, aquel secuestro, verificado en medio del monte, aún ofrecía la esperanza a las personas acomodadas de que podían evitar el peligro no aventurándose en parajes solitarios sin una buena escolta de escopeteros, y en último extremo, renunciando a visitar el campo y encerrándose en las poblaciones. Pero ya no basta esto: el ejemplo de lo sucedido a los hermanos Server, prueba que todos, por muchas precauciones que adoptemos, estamos expuestos a tan horrorosa suerte”[2].

Este secuestro, protagonizado por roders valencianos, que actuaban tanto en la ciudad como en el campo, fue muy sonado, porque, según se puede deducir de esa narración, fue uno de los primeros que se produjeron en la provincia de Valencia. El de los hermanos Server lo fue de los que se cometieron en la ciudad. En este caso no hubo contacto previo con el secuestrado y los autores actuaron conociendo perfectamente las circunstancias y los lugares. Su detención se produjo seguramente debido a testigos que conocerían a alguno de los participantes en el secuestro.

El secuestro de los hermanos Server había sido una mezcla de estafa o timo y de codicia sin fin por parte de unos criminales perfectamente organizados. El desarrollo de los hechos tiene muy poco que ver con lo sucedido en Onteniente. Merece la pena prestar atención, porque, como se va a poder comprobar, estamos ante un crimen mucho más preparado y cuidado en todos sus detalles, que hicieron inútiles todas las actuaciones para su esclarecimiento.

Las víctimas

¿Quiénes eran las víctimas? Es la primera pregunta que se debe responder. Eran dos hermanos, D. Carlos y D. Rafael Server, vecinos de Pego, comerciantes, a quienes les marchaban bastante bien sus negocios, y que tenían una posición económica muy desahogada. Don Carlos estaba casado, era padre de una familia numerosa. Don Rafael estaba soltero. Tal y como se desarrollaron los hechos, ambos participaban en los mismos tipos de negocios.

En la prensa no se contienen más que alabanzas para ambos. Así, por ejemplo, el periódico “Las Provincias” dice de ellos: “Esas infelices víctimas eran personas honradísimas, inofensivas, que no tenían enemigos, que no intervenían en asuntos públicos de ninguna especie, que se encerraban en su casa, en el cuidado de su familia e intereses, como otros tantos que de este modo creen huir a los peligros de la vida activa y pública. No tenían, pues, ni podían tener enemigos, y sí se fijaron en ellos los criminales, fue sólo porque tenían fortuna suficiente para pagar su rescate”[3].

La última frase en que se apunta que podían pagar un rescate bastante crecido, es suficiente para descubrir el móvil de los delincuentes al elegirlos para secuestrarlos y, por causas desconocidas como veremos más adelante, asesinarlos y ocultar sus cadáveres en un lugar de difícil acceso.

Los secuestradores

Tal y como se desarrollaron los hechos, y estudiando el modus operandi de los autores del delito, se trataba de una banda de malhechores perfectamente organizada. La variedad de los escenarios para cometer el crimen, la infraestructura necesaria para tener a las víctimas en cautividad; los traslados desde Valencia a Manises y su posterior enterramiento y los contactos con la familia no era algo que se pudiera llevar a cabo un número reducido de personas. Supone la existencia de una banda organizada y con fuertes raíces en la capital de la provincia.

El periódico “El Tribuno” publicó una noticia que pudo tener relación con este asesinato. Las Provincias lo recoge de esta forma literal: “No sabemos el grado de fundamento que tendrán las sospechas relativas al secuestro de Pego: Se nos ha dicho que hace algunos días, estando  varios cazadores en un sitio bastante solitario y conocido por el nombre de Casa de batalla, vieron llegar seis hombres vestidos con decencia y muy bien armados, puesto que llevaba cada cual un cuchillo o puñal en el cinto, rewolver de ordenanza y una magnífica carabina rayada; esta cuadrilla preguntó a los cazadores por dónde podrían entrar y salir por sitios escusados en Collera. Nada tendría esto de particular si no coincidiera este suceso, que tiene algún aire de misterio, con los asesinatos de Pego ocurridos a los dos días. Es también de advertir que el lenguaje y manera de vestir de los seis armados, les daban por extraños a la provincia. Si son ciertas estas noticias, aumentará la oscuridad del misterioso y criminal suceso que todos la mentamos y que tan profunda impresión ha dejado en los ánimos”[4].

Los secuestradores estaban clasificados entre los delincuentes más violentos, los bandoleros. A quienes los ejecutaban, se les bautizó con el nombre de “vándalos”. Aparecieron en la escena criminal de Madrid a finales de la década de 1830. En Valencia tuvieron su origen dentro del grupo de los roders, constituido por los delincuentes más organizados. Comenzaron a utilizar el secuestro como una fuente menos arriesgada de ingresos en Valencia durante la Revolución de 1868.

La banda de secuestradores que actuó en este caso, el de los dos comerciantes de Pego, se ajustó a todos los cánones de la delincuencia urbana, aunque el lugar utilizado para mantener en secreto y durante mucho tiempo a sus víctimas estuviera en el campo. Lo vamos a poder comprobar en la secuencia de cómo ocurrieron los hechos.

Preparaban cuidadosamente cada uno de sus golpes, mediante una distribución del “trabajo”: jefes, “planistas”, ejecutores, peristas y santeros. Necesitaban una organización jerárquica del personal para llevar a cabo sus golpes. Los cómplices –auxiliadores- de los delincuentes, además de los santeros, eran “las queridas” o “urracas”[5], que servían en las casas, objetivo del robo, y después de cometido, las utilizaban como correos entre ellos y los “pantallas” y “tapiñas”, que tenían oficio conocido y casa abierta, que declaraban en falso en los juicios proporcionando coartadas a los ladrones, afirmando que en el momento de ser cometido el delito el acusado había estado trabajando en su casa. A los que había que añadir los correos y los ejecutores materiales de los delitos, entre los que destacaban los encargados de vigilar a los secuestrados.  Evaluaban las ventajas y desventajas en cada “golpe”; los riegos y posibles beneficios. Solamente en el caso de ser asumibles y positivos, se decidían a ejecutarlo o desistían. Otro factor que se tenía muy en cuenta era la facilidad para eludir la acción de la policía y de la justicia.

El modus operandi de los delincuentes

El modus operandi de los delincuentes tuvo muy en cuenta que no pudieran ser reconocidos por nadie del pueblo de sus víctimas, es decir, de Pego. Esto tenía una vital importancia, porque, si nadie en el pueblo los conocía, no podía haber testigos para apoyar una acusación contra ellos.

Todo comenzó a mediados de octubre de 1870, cuando los hermanos Server recibieron una carta de un desconocido, en que se les proponía un negocio “en el que jugaba una cantidad respetable y no eran extraños a él los sentimientos caritativos de los dos hermanos”. Estamos ante un negocio muy grande, del que una parte, seguramente tenía que ser destinado a fines benéficos o algo parecido. Por lo leído en la prensa, el cuento utilizado para engañar a los dos hermanos, es muy parecido al utilizado en otros timos muy extendidos durante esta época, como podían ser el del tesoro escondido o el del envoltorio. Es de notar una circunstancia: “No hablaron estos a su familia del negocio que les ocupaba”. Seguramente, esta fue una imposición del secuestrador que contactó con ellos.

Concertaron una cita con el autor de la carta en Oliva, cerca de Pego. A ella acudieron los dos hermanos, acompañados por otros dos hombres, para entrevistarse con él. La descripción de estos testigos fue que se trataba de un supuesto coronel, “que era una persona finita, elegantemente vestido, con patillas canas y de amable trato”. Los hermanos se encerraron con él en una habitación de la posada en que se alojaban sin permitir que ninguno de sus acompañantes asistiera a ella. Esta es la razón por la que nadie supo de qué se trató ni del negocio que el supuesto coronel les había propuesto. Este asunto se mantuvo como el mayor de los secretos. El único acuerdo que salió de allí, fue que el coronel visitaría a los pocos días a los hermanos en Pego. Resultó ser una falsa promesa, porque, como ya se ha dicho más arriba, no entraba en el plan de los secuestradores ser vistos por el pueblo. Por eso, en vano lo esperaron y tomaron precauciones para recibirle: “Como Pego estaba acordonado, los hermanos enviaron a un pariente suyo a esperar al de la cita; pero este no llegó”, pero en su lugar, a los pocos días, recibieron una carta, “en la cual eran llamados a Valencia, donde debía ultimarse el negocio en que se ocupaban”.

Esta carta es muy importante, porque es la demostración evidente de que los hermanos habían aceptado en Oliva participar en el negocio que les propusieron los secuestradores. Fue ese convencimiento de que tenían mucho interés en él, lo que hizo que el viaje del secuestrador a Pego se hiciera innecesario, ya que éste estaba seguro de que los hermanos iban a seguir al pie de la letra las indicaciones que les hiciera. Una carta citándolos en Valencia sería suficiente y evitaría su presencia física en el pueblo.

Así sucedió. Los hermanos se desplazaron a esta ciudad, a donde llegaron el día 29 de octubre y se hospedaron en la posada “San Antonio”, situada en la plaza de San Francisco, número 1, en plena Ciudad Vieja y muy cercana al punto al que llegaba y desde el que salía la diligencia de Pego. Era la posada más cara y lujosa de la ciudad, pues cobraba cinco pesetas al día por alojarse en ella[6]. Ese día lo dedicaron a verse con gente conocida de su pueblo.

Tal y como ocurrieron los hechos, el día 1º de noviembre tenían concertada una cita con los secuestradores. “A la mañana siguiente fue a verles un caballero, con el que salieron, y, desde este momento, desaparecen por completo a las vivas gestiones practicadas para descubrir su paradero”.

No se sabe con exactitud donde estuvieron retenidos durante su secuestro, aunque da por hecho que estuvieron en Valencia hasta el momento de su muerte. Las Provincias comenta su retención así: “Y para consumar el secuestro no apelaron a la ruda violencia, no esperaron a encontrarlos un día desprevenidos en lugar desierto; no, con estudiada astucia, fingiendo un negocio que podía convenirles, los atrajeron a Valencia, y aquí, en medio de una población de cien mil almas, en el seno de una capital que cuenta autoridades superiores, y tribunales, y agentes de vigilancia, y regimientos de guarnición, cayeron en la oscura sima de lo desconocido, y aquí han estado encerrados y ocultos días y días, mientras esperaban, quizás negociaban sus verdugos el precio de su vida, y de aquí fueron sacados, vivos o muertos, para darles ignorada sepultura en una casa arruinada de las inmediaciones”[7].

No se sabe ni se supo nunca dónde estuvieron recluidos los siete u ocho días que duró su cautiverio. Lo más probable, como dicen Las Provincias, es que fuera en la misma ciudad de Valencia. Lo que sí es seguro que salieron vivos de ella, porque si los hubieran matado y luego trasportado, les hubiera resultado mucho más complicado. Ellos y los secuestradores llevaban sus papeles en regla para desplazarse, con lo cual no tendrían ningún problema ni en los pueblos ni a la salida de la ciudad. Sacar un cadáver exigía dar muchas más explicaciones y les exponía a ser descubiertos.

A partir del momento del secuestro se abrió un período de negociación entre los secuestradores y la familia. Le pidieron la enorme cantidad de doce mil duros, es decir, 48.000 pesetas de las de entonces, que equivaldrían a cerca de trescientos mil euros. La familia aceptó pagarlos. No se sabe si llegó a efectuarlo. Como dice el diario Las Provincias:

“El móvil de toda esta intriga lo pudo comprender bien pronto, pues a los dos o tres días recibieron parientes suyos una lacónica carta anunciando su secuestro, y pidiendo como rescate la cantidad de 12.000 duros, señalando para entregarla un corto plazo de cinco o seis días, y añadiendo con el duro lenguaje del crimen, que, si no se les entregaba aquella cantidad, les darían muerte, previniéndoles que no era aquello “ajuste de mulas”. El efecto que esta carta debió producir en su familia, es fácil de comprender uno de ellos, D. Carlos, era casado y con hijos, y ante el peligro de la vida de seres tan queridos, no puede titubearse, por repugnante que sea tratar con ciertas gentes. Preparáronse, pues, a aprontar la crecida suma que se les pedía, y que, según las instrucciones dadas por los secuestradores, debía entregárseles con precauciones que les garantizaran el misterio”.

Esta negociación se produce siempre en la segunda fase de los secuestros, cuando las víctimas se encuentran en un lugar seguro para sus secuestradores. En este caso el único móvil fue el dinero, y, por lo tanto, el único objeto de la negociación. Pero la familia debió pedir pruebas o, tal vez no, al tratarse de uno de los primeros secuestros ocurrido en Valencia capital, de que las víctimas estaban vivas. Por esto no se sabe si llegaron a pagar o no el rescate. El avanzado estado de descomposición de los cuerpos parece indicar que fueron asesinados pocos días después de ser secuestrados. El médico que acompañó al Juez de primera instancia de Torrente afirmó que llevaban unos veinticinco días muertos. Por lo tanto, las negociaciones para el pago del rescate se produjeron cuando los dos hombres habían sido asesinados.

Durante esta etapa la búsqueda de los secuestrados por parte de las autoridades no disminuyó hasta que fueron encontrados sus cadáveres. Las Provincias lo reconoce en su artículo:

“Y mientras se perpetraba en la sombra y el misterio ese horroroso crimen, la autoridad, lejos de cerrar los ojos, buscaba vigilante a las víctimas y ponía en movimiento todos sus agentes. Tenemos entendido que los juzgados del Mar y de San Vicente han trabajado con loable actividad en este asunto; que el gobernador de la provincia, cuya enérgica resolución de acabar con los criminales es bien conocida, ha tenido en él celosa intervención; hasta el ministro de la Gobernación había tomado vivo interés en tan lastimoso suceso; y a pesar de todo eso, ni pudieron ser libertados los dos infelices hermanos, ni se pudo descubrir hasta después de un mes, y eso por un conducto ajeno a las pesquisas oficiales, el paradero de los cadáveres. ¡Esta es la eficacia de la acción de todos esos elementos que para garantizar la seguridad de los ciudadanos sostiene la administración y que tan caros cuestan al país!”

El desenlace

El desenlace a todo este misterioso asunto se produjo de una forma un tanto rocambolesca. El 3 de diciembre se recibió en el ayuntamiento de Manises una carta anónima dirigida a su Alcalde. En ella se le decía que cerca del punto denominado El Salto del Cuervo, en el término municipal de este pueblo, y, más concretamente, en la Masía del Collado[8], que llevaba tiempo abandonada y que estaba en ruinas, se habían enterrado dos cadáveres.

Se dio parte al juez de primera instancia de Torrente, y ambas autoridades se presentaron en el lugar indicado en el anónimo el sábado día 3 de diciembre de 1870. Encontraron un pequeño rastro de sangre que siguieron y los llevó a un antiguo lagar y tierra removida recientemente. Excavaron, y, a poca profundidad, hallaron dos cadáveres “en completo estado de descomposición”. El médico que estaba presente en la exhumación de los cuerpos calculó que aquellos hombres habían sido asesinados unos veinticinco días antes. Es decir, a los ocho días de haber sido secuestrados.

La causa de la muerte había sido en uno de los casos unas heridas de bala que presentaba en la cabeza, y en el otro, en el pecho, causadas por disparos de un arma de fuego. Además, se encontraron otras cosas enterradas con ellos: “Sobre uno de los cadáveres se encontró un pañuelo a cuadritos rojos, teniendo atada a una de las puntas una moneda de 100 rs[9]. Los cadáveres estaban bastante bien vestidos, y al uno le habían quitado los pantalones y las botas. Entre las piedras que los cubrían se encontraron dos sombreros hongos de fieltro, que se supone pertenecían a las víctimas. Estas tenían atados los pies y las manos con fuertes cordeles”.

Su identificación fue posible gracias a que los delincuentes no les habían despojado de sus cédulas de sanidad. Estas cédulas eran un salvoconducto que permitía a su poseedor viajar por todo el territorio nacional. Se expedían en aquellas zonas afectadas por alguna plaga o enfermedad contagiosa. Certificaban que su poseedor estaba completamente sano[10]. Una pertenecía a D. Rafael y la otra a D. Carlos Server. Ambos, como se ha dicho antes, habían sido secuestrados en Valencia el día 1 de noviembre de 1870.

La última noticia aparecida en la prensa sobre este secuestro fue dos años después, en 1872. Decía así:

“Hace un par de años atemorizó a las gentes sensatas y escandalizó a todos el atrevido secuestro de dos hermanos, hijos de una familia acomodada de Pego, de apellido Server, realizado dentro de nuestra ciudad, y que después de vivas diligencias y reclamaciones de grandes cantidades por los desconocidos secuestradores, aparecieron asesinados en el término de Manises. El juzgado de Torrente, lo mismo que las autoridades civiles, trabajaron activamente para descubrir a los criminales, obedeciendo al impulso de la excitada opinión pública, horrorizada por aquel inhumano delito; mas todo fue en vano, y el misterio siguió en este, como en otros muchos casos, envolviendo el atrevido secuestro y espantoso asesinato.  Dos años van trascurridos, cuando el jueves último presentose al juzgado de Pego, gravemente enfermo, un hombre apodado el Albarder, que estaba reclamado por el juzgado a consecuencia de aquel crimen. No sabemos si viendo próxima la muerte a consecuencia del estado de gravedad en que se encuentra, habrá querido descargar su conciencia, revelando hechos hasta ahora desconocidos, ni si el Albarder es criminal o inocente; pero su espontánea presentación, en el estado en que se halla, ha hecho creer que, aunque tarde, podrá conocerse en sus detalles aquel misterioso drama y a sus feroces autores”.»

Conclusión. Las consecuencias

                Una, tal vez la peor, fue el aumento que experimentó el sentimiento de victimización que reinaba en el campo, incluso antes de que ocurrieran todos estos sucesos, y de cómo, debido a los secuestros, se introdujo también en la ciudad. Lo que podría ocurrir, si persistía, podía ser demoledor para la economía de la región: “¿Pueden medirse las consecuencias que este estado de los ánimos ha de producir, si pronto, muy pronto, con medidas tan enérgicas como sean necesarias, no se restablece la confianza? ¿Quién ha de emprender negocios, quién se ha de aventurar en empresas productivas y útiles, quién ha de tener gusto en señalarse en ningún concepto, cuando para todo falta seguridad y garantía? Ya han abandonado el cuidado y la mejora de sus campos nuestros propietarios; si esto sigue así, ni en las grandes poblaciones querrán vivir, y todo el que tenga medios huirá lejos de su país, irá a vivir a Madrid o al extranjero, esperando un cambio en el modo de ser de esta trastornada nación[11]”.

El único remedio que se contemplaba para esta situación, era adaptar a Valencia las medidas que estaba tomando con tan buenos resultados contra el bandolerismo en Córdoba, Julián Zugasti, su gobernador civil. Tenían noticia de su efectividad a través de la prensa, pues fueron debatidas -y cuestionadas- en las Cortes. Pasaban indiscutiblemente por remediar la sensación de que los tribunales, las autoridades y las fuerzas de seguridad se mostraban cada día más impotentes para solucionar el problema de la seguridad.

El secuestro de los comerciantes de Pego demostró también que haber llevado tan en secreto las negociaciones con los secuestradores y haber seguido siempre sus indicaciones al pie de la letra fueron el mayor obstáculo para esclarecer el caso. En consecuencia, no se pudo identificar debidamente a los autores del hecho. La enorme dificultad para identificar a cada individuo fue un problema endémico durante todo el siglo XIX. Hasta la normalización del uso de la fotografía y, después, de la dactiloscopia dentro de la policía, las posibilidades de identificar a los delincuentes eran muy pocas, pues se limitaban casi exclusivamente al conocimiento personal que tuvieran de ellos los agentes del orden o a la presencia de testigos. La exigencia de que, para condenar a alguien, se necesitara el testimonio de dos testigos, a no ser que fueran detenidos in fraganti, hacía muy difícil la lucha contra la delincuencia. En este caso, como vamos haciendo notar, los secuestradores tomaron muchas precauciones para no ser conocidos en el pueblo ni por gente del pueblo. El secreto con que se llevó todo este asunto, incluso por parte de las víctimas, dificultó aún más las posibilidades de encontrar a sus verdugos. Tampoco es despreciable la falta de experiencia al enfrentarse a los secuestros por las autoridades, pues era uno de los primeros que se cometía en la ciudad. Todos estos factores juntos hicieron que este delito quedara sin esclarecer.

[1] Las Provincias, 4-10-1870. El sr. Esteve era el párroco de Liria.

[2] Las Provincias. Diario de Valencia. 7 de diciembre de 1870.

[3] Las Provincias, 7 de diciembre de 1870.

[4] Las Provincias 8-12-1870

[5] Utilizo el argot de los delincuentes madrileños, porque ignoro el de los roders valencianos. La finalidad es que el lector se haga una idea de la complejidad de la organización de estas bandas de delincuentes.

[6] Únicamente, cobraba esa misma cantidad, según la citada Guía de viajeros, la posada del Caballo, sita en la calle Rojas Clemente 2.

[7] Las Provincias 7 de diciembre de 1870

[8] En la “Guía de los viajeros en Valencia y sus alrededores” (1885) de Alberto Peiró Guillén, se dice, cuando habla de Manises lo siguiente: “En los alrededores se encuentran las masías del Collado, de la Cueva y del Rincón”. Esto indica que era un lugar suficientemente conocido para que figurara en la Guía como un “atractivo turístico”.

[9] El centén fue una moneda española de 100 escudos de oro emitida en 1609 bajo el reinado de Felipe III, también fue acuñada bajo los reinados de Felipe IV y Carlos II, tiene un peso de 359 gramos de oro. Durante el reinado de Isabel II se llamó centén a la moneda de 100 reales.

[10] Para obtenerla había que presentar la cédula de vecindad. Un vecino de Valencia llegado del punto epidemiado podía obtener con su cédula personal la cédula sanitaria y recorrer impunemente toda España. Con lo cual podía ir contagiando por donde quiera que pasara. Memoria “El Cólera de Valencia en 1885. Memoria de los trabajos realizados durante la epidemia, presentada por la alcaldía al Excmo. Ayuntamiento en nombre de la Junta Municipal de Sanidad, 1886”, pag.136, Parecer ser que en Pego había una epidemia de tifus cuando se produjeron todos estos hechos. Por eso estaba “acordonado” y, en consecuencia, necesitaron sacar la cédula sanitaria para poder desplazarse.

[11] Las Provincias, 7-12-1870

Martín Turrado Vidal, escritor e historiador, columnista h50 Digital

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