
Las imágenes de cadáveres amontonados a pie de acera llama poderosamente la atención, los que yacen en el suelo son víctimas y también crueles verdugos. En lo que ha transcurrido de operación policial van al menos ciento treinta muertos (incluidos al menos cuatro policías) como consecuencia de la lucha que libran las fuerzas de seguridad en defensa de la justicia y en contra unos criminales sin escrúpulos.
En «Tropa de Élite» la película dirigida por José Padilha, se muestra cómo ante la inminente visita del Papa a la ciudad brasileña el estado debe preparar un exigente plan de seguridad en el cual se contenga a los malos sin parecer excesivamente represivos. Todo muy ideal a la par que complejo.
Excepto por el hecho relevante como es la visita del Sumo Pontífice, las similitudes son de una magnitud considerable entre lo que desarrolla en la película y lo que está ocurriendo realmente a día de hoy en las calles de Río de Janeiro. Es un calco terrorífico que va desde un crecimiento desorbitado de la delincuencia que ejercen los numerosos grupos criminales organizados, a las diferencias entre estamentos políticos y policiales que inciden directamente en la aplicación directa de la ley y el orden. De un lado están los que abogan por legislar duro y de forma ejemplarizante, y del otro aquellos que entienden que el cumplimiento de las normas es un rodillo aplastante y extremadamente punitivista que agrede a las clases más desfavorecidas.
Es evidente que las favelas de Río de Janeiro son un submundo criminal en el que la extorsión, la amenaza, el narcotráfico y el crimen en su estado más puro son la tónica diaria de cuántos malviven en un lugar que parece ser creado a partir de uno de los infiernos de dante.
Es cierto que las noticias que llegan de Brasil muéstran la parte más dura de la lucha contra el crimen organizado, a la vez que queda patente una vez más el fracaso de los gobiernos blandos ante quienes optan por la violencia y la trasgresión de las normas cómo modo de vida.
Lo que ahora sucede en Brasil es una subida de nivel en la delicadísima situación de delincuencia impune e inseguridad. En realidad salvo el enfrentamiento directo entre policías y narcoterroristas, Lo visto en Rio no es tan diferente de lo que pasa en ciertos barrios de la zona noble europea. En Bruselas, Róterdam, París, Marsella o el barrio del Príncipe en Ceuta, lo que comienza siendo un barrio marginal donde la delincuencia está cómoda y en el que la policía no puede entrar, termina mutando un lugar reservado para criminales. Hemos visto como a lo largo de los años barrios humildes de las capitales europeas han degenerado en parques temáticos de la droga, la prostitución y el asesinato.
La hipocresía con la que se trata este tema es de vergüenza ajena, pues en Europa somos capaces de llevarnos las manos a la cabeza por lo que ocurre en Brasil, sin hacer pizca de autocrítica mientras en el corazón del viejo continente se mira para otro lado sin querer ver lo que ocurre nada más abrir la puertade nuestra casa.
Hace falta mucho más que pedagogía y concienciación en Europa. Necesitamos sacudirnos los complejos a la hora de ser duros e implacables en la lucha contra el crimen organizado y el narcotráfico. Si no se pone remedio cuanto antes, cada vez serán más barrios y más ciudades las que sucumban a la tentación de convertirse en zonas «No go», bastiones ingobernables controlados por tiranos criminales, narcotraficantes y terroristas.
La guerra va desde lo alto de la favela de Morro de Turano hasta möeleembek o Saint Dennis. No olvidemos que el crimen organizado es transnacional pero también doméstico.









