
La crisis migratoria que golpea a Ceuta desde hace meses no solo está generando problemas de seguridad y convivencia. También está dejando un rastro de daños medioambientales y episodios de maltrato animal que, sorprendentemente, no han despertado la reacción de quienes siempre se presentan como guardianes de la naturaleza y defensores de los animales.
En las últimas semanas se han registrado capturas de delfines, caza de patos y agresiones a gatos por parte de grupos de inmigrantes recién llegados a la costa ceutí. A ello se suma la acumulación masiva de basura, plásticos, ropa, restos de embarcaciones y hasta chozas improvisadas en el litoral y en el fondo marino. Un deterioro ambiental evidente, documentado y creciente.
Sin embargo, frente a esta realidad, el silencio es ensordecedor.
¿Dónde están las protectoras y los partidos animalistas?
Ni PACMA, ni las principales protectoras de animales, ni las organizaciones que habitualmente encabezan protestas multitudinarias han iniciado movilizaciones ni denunciando con la contundencia de otros casos los episodios de captura de delfines, la caza de patos o el maltrato a gatos en Ceuta. Ningún comunicado. Ninguna concentración. Ninguna campaña. Nada.
Resulta llamativo que en un país donde el sacrificio de Excálibur, el perro de la auxiliar de enfermería Teresa Romero en 2014, generó una ola de indignación nacional, protestas en la calle y cientos de miles de firmas en plataformas como Change.org, hoy no exista ni una sola movilización ante hechos que afectan a animales salvajes y domésticos en plena costa ceutí.
La comparación es inevitable: cuando el caso encaja en el relato político, se protesta; cuando no, se mira hacia otro lado.

Greenpeace y el ecologismo mediático: desaparecidos
La contaminación de las playas de Ceuta es evidente:
- montañas de basura acumulada,
- plásticos y restos textiles hundidos en el fondo marino,
- chozas improvisadas en zonas protegidas,
- impacto directo sobre fauna y flora costera.
Aun así, Greenpeace, organización que suele reaccionar con rapidez ante cualquier vertido, construcción ilegal o daño ambiental, no ha emitido ni una sola denuncia pública. Ni informes, ni vídeos, ni campañas de presión. Nada.
La defensa del medio ambiente parece tener dos velocidades: una para los casos que generan rédito mediático y otra para los que pueden resultar incómodos políticamente.
Greta Thunberg: silencio ante Ceuta
La activista internacional Greta Thunberg, capaz de movilizar a millones de jóvenes en todo el mundo, tampoco ha mencionado la situación de Ceuta. Ni una publicación. Ni una frase. Ni una referencia al impacto ambiental de la llegada masiva de inmigrantes a la costa española.
Su silencio contrasta con su habitual presencia en debates globales sobre contaminación, protección de ecosistemas y justicia climática.
Un activismo condicionado que cambian según suba o baje la marea
La crisis de Ceuta ha puesto en evidencia un patrón que muchos ciudadanos ya sospechaban: el activismo no es universal, es selectivo.
Cuando un caso encaja en la narrativa política de ciertas organizaciones, se movilizan, protestan y llenan las calles. Cuando no encaja, desaparecen.
La captura de animales, la contaminación del litoral y el deterioro del ecosistema ceutí han demostrado que los principios de algunos activistas se diluyen cuando chocan con sus intereses ideológicos. El silencio, en este caso, habla más alto que cualquier pancarta.






