
Vivir en Alemania me ha regalado una nueva perspectiva. No solo por lo distinto que es todo, sino por lo que significa, de verdad, vivir en un lugar donde el sistema funciona. Sales al parque y está limpio, cuidado. Vas al médico y te atienden bien. Tus hijos reciben una educación de calidad desde el parvulario, y casi gratuita. Dos niños en la guardería, comida incluida, por 300 euros cada tres meses.
Y cualquier servicio público… funciona.
La verdad, es increíble cómo mejora la vida cuando lo que debe funcionar, funciona.
Claro que tienen cosas que mejorar, como todos. Pero en conjunto, puedes decir que la gente vive tranquila. Incluso feliz.
Y entonces miro hacia España.
Y siento orgullo.
Porque si hay algo que no he visto en ningún otro lugar, es la fuerza de nuestras familias.
Cómo nos ayudamos. Cómo protegemos a los nuestros.
Cómo nos volcamos con nuestros hijos, cómo cuidamos de nuestros padres, cómo estamos ahí para nuestros hermanos.
Esa unión profunda y sincera que solo entienden quienes la han vivido.
Y eso me lleva a pensar:
En España, si nuestro hijo viene del colegio y nos dice que otro niño le quita el pan o el dinero, ¿qué hacemos?
Le decimos: “Tienes que defenderte, no dejes que te lo quiten”.
Y si no puede solo, vamos nosotros, hablamos con el colegio, con quien haga falta. Porque no permitimos que le hagan daño.
Porque es nuestro hijo. Y no se toca.
Lo mismo hacemos en nuestras comunidades de vecinos.
Si el presidente lo hace bien, se lo agradecemos.
Pero si nos enteramos de que ha estado robando, si juega con el dinero de todos, no lo dudamos: lo apartamos del cargo, y si hace falta, lo denunciamos.
Porque con lo que es de todos no se juega. Porque ese dinero también es de nuestra familia.
Y, sin embargo…
Cuando eso mismo pasa a gran escala, cuando el que falla o roba es un político, cuando no son cientos, sino millones de euros…nos quedamos callados.
Y no lo entiendo.
Un político no es alguien lejano.
Un político es un gestor. Igual que el presidente de la comunidad.
Solo que, en vez de gestionar un edificio, gestiona nuestro país.
Nuestro dinero. Nuestro futuro. El de nuestros hijos.
Si lo hace bien, perfecto. Aplaudimos.
Pero si lo hace mal… ¿por qué no pedimos su dimisión? ¿por qué no salimos a la calle, pacíficamente, a decir “basta ya”?
¿Acaso no vale la pena?
¿Acaso no se lo debemos a las generaciones que vienen?
Ayer, viendo un vídeo sobre la gestión del apagón, pensé en esto.
Se hablaba de fallos de comunicación, de lentitud en la reacción, de desorganización.
Pero también se habló de otra cosa que me tocó profundamente: la capacidad del pueblo español para reaccionar cuando nadie más lo hace.
Durante la DANA, durante emergencias, el pueblo se organiza, sale, ayuda, actúa.
Eso me emociona.
Pero también me duele pensar que, cuando toca exigir responsabilidades, muchas veces nos dormimos.
No me gusta hablar de política.
Pero sí me gusta hablar de gestión.
Porque eso es lo que son los políticos: gestores.
Los hemos elegido para gestionar nuestros recursos, nuestros impuestos, nuestra sanidad, nuestra educación.
Y si fallan, tenemos derecho a decir que no lo aceptamos.
Lo hizo Austria en 2021: cuando se preveían posibles apagones, avisaron, formaron, prepararon a su población. Quizás no pasaba nada, pero si pasaba, estarían listos.
Eso es gestionar.
Eso es anticiparse.
Eso es cuidar del pueblo.
Aquí en España seguimos queriendo darles lo mejor a nuestros hijos.
Queremos que sean felices, independientes, que vivan mejor que nosotros.
Pero nos olvidamos de algo esencial: enseñarles con el ejemplo a luchar por lo que les corresponde.
Da igual si eres panadero, camarera, policía, médico o juez.
Todos aportamos. Todos trabajamos.
Y todos merecemos que nuestro dinero se gestione con responsabilidad y honestidad.
Y si un gestor falla, si se equivoca, igual que hacemos en casa o en la comunidad…
también podemos apartarlo. También podemos exigir que rinda cuentas.
Pero por algún motivo, cuando el fallo se convierte en millones, cuando el daño afecta a toda una generación, nos paralizamos.
No debería ser así.
Porque el poder no lo tienen ellos. Lo tenemos nosotros.
Y siempre lo hemos tenido.
En Francia lo tienen claro.
Ante la corrupción o la injusticia, salen a la calle y no se van hasta que el responsable dimite.
Saben que la fuerza está en el pueblo.
Y nosotros también la tenemos.
Somos trabajadores. Somos luchadores.
Y no tenemos lo que merecemos.
Merecemos mucho más.
Buenos gestores. Buenas decisiones.
Una vida más justa para todos.
No importa el partido. No importan los colores.
Importa que nos cuiden.
Que gestionen bien.
Que no se aprovechen.
Y si nos equivocamos al elegir, como pasa en cualquier comunidad, se puede rectificar.
Pero si no reaccionamos…
Si no lo hacemos ahora… ¿qué legado dejamos?
No quiero que el día de mañana nuestros hijos nos miren desde la calle, sin trabajo, sin futuro, y nos digan:
“Gracias por todo, por mis estudios, por tus consejos… pero nunca te vi luchar por nuestros derechos.
Y como no lo hiciste tú, tampoco lo hice yo”.
Nuestros hijos no escuchan lo que decimos. Ven lo que hacemos.
Y todavía estamos a tiempo.
De enseñarles que también mandamos.
De enseñarles que también elegimos.
De enseñarles que, cuando hay injusticia, no se calla.
Porque el poder, aunque nos lo hayan querido quitar, sigue siendo nuestro.
Está en cada persona que trabaja, que paga, que sueña con un país mejor para sus hijos.
Y ese poder no se hereda, se ejerce.
Gracias, como siempre, por leerme.
Olga Maeso policía en excedencia y directora de la academia DFR Formación
«Tu meta es ser policía. La nuestra, que lo consigas«








Con toda la razón del mundo, he digerido toda esa exposición de la realidad con la que nos obsequias y analizo las respuestas que deberíamos dar todos y cada uno de los que vivimos en España y la verdad, es que no encuentro dónde está la falta de decisión que deberíamos tomar que, algún día nos reclamarán nuestros hijos y nietos, y no sabremos qué decir ante esa falta de decisión y responsabilidad. Lo achacaremos entonces a una supuesta esperanza de solución automática y cómoda por nuestra parte, que no habrá llegado nunca, porque naturalmente no es ese el camino de la solución que debemos poner en marcha, antes de que sea tarde y no haya remedio. Falta concienciarnos de que tenemos que actuar ya y no cuando haya llegado ese temido momento.
Me gusta este artículo artículo por su sencilla racionalidad basado en la experiencia de una gran compañera.