Pesadilla: la amenaza de un depredador sexual | Un relato de Yolanda Trancho

0
- Publicidad -
Comparte ese artículo
Autora: © Yolanda Trancho – Escritora

Treinta años de los hechos que relataré, impregnados en los recuerdos que me atormentan.

Esta noche, mientras el sueño que dicen ser reparador y los efectos de las pastillas que ingiero para dormir, estaba él, delante de la puerta de mi casa. Quería entrar, mancillar la zona de confort en la que me encuentro. Aporreaba la puerta y le abrí, quería enfrentarme a él, al hombre que, durante años, violó y agredió a mujeres y a sus parejas.

Le pondré un nombre ficticio, uno cualquiera, o mejor sin nombre, ni siquiera se lo merece.

Frecuentaba las noches frías y calurosas, no importaba el día de la semana, aunque eso sí debía estar el sol durmiendo y la luna despierta del letargo.

El hombre sin nombre, que nadie reconocía, llevaba más de un año, sí has leído bien, más de un año, puede que, por torpeza de los policías de los noventa, esos que llegaron en bandadas a la Ciudad Condal para enfrentarse a unas olimpiadas de las que darían mucho que hablar.

El individuo corría entre los matorrales, carreteras y aceras, no era un running del hoy, como el del anuncio, era de los antiguos, deportivas, pantalón corto y camiseta, siempre igual, eso sí, con riñonera.

Al mismo tiempo, al unísono que él salía de casa con intenciones de las que pensaría y elucubraría durante todo el día en un buen trabajo y de cara al público. Quién vestía de traje y con corbata, que era educado y con estudios, se excitaba al ver a una clienta sentada en el despacho, enfrente de él. Le contaba que no podía pagar la cuota de la hipoteca, que el tipo de interés no bajaba, tal y como le había prometido, y a él más le subía el lívido. Era un día primaveral y se fijó en las piernas bien depiladas, y en la fina piel. La puerta del despacho se encontraba cerrada, podría tumbarla sobre el suelo enmoquetado y yacer con ella, mientras se escucharán las voces de la oficina, y él le taparía la boca para penetrarla. Sin embargo, se resistía a realizar tal acción, sería culpable.

― Haré lo que sea, dígame― le dijo la mujer que movía la cabeza de un lado al otro, ondeando la cabellera morena.

En ese instante, el hombre sin nombre, la hubiese tomado y hecho suya.

― Intentaré hablar con el director― contestó, con la mirada entre la falda demasiado corta y los pechos turgentes. ¿Y si le proponía sus ideas? Lo descartó de inmediato, era el subdirector de la sucursal, ¿en qué estaba pensando?

La mujer se despidió con un hasta pronto, no era la primera vez que se veían en aquel despacho de mesa gris y sillas incómodas, y él le aseguró que la llamaría sin tardar. El marido de esta nunca aparecía, el boom del ladrillo le obligaba a trabajar sin estar asegurado, y no tenía ningún derecho, aunque sí muchas obligaciones. Ella, sin embargo, limpiaba casas y a pesar de trabajar duro, los intereses se incrementaban cada mes. Llevaban tiempo aplazando pagos y los niños requerían muchas necesidades. Lo que en un principio fueron años de bonanza, se convirtieron en plagas de piojos y desnutrición. Mientras la ciudad alardeaba de ser el centro del planeta, con pisos de lujo para los deportistas y polideportivos nuevos que serían el escaparate del mundo.

El hombre esperaba al atardecer mientras las mejillas le hervían y la entrepierna le quemaba. Qué ilusa la pagadora, trabajadora y que con su sueldo tenía que limitarse a reducir todas las necesidades de sus hijos por unos intereses abusivos.

Después de acabar su jornada laboral, el hombre marchaba a casa, y con ansias de sexo, tumbaba a su esposa en el sofá, tocaba los pechos imaginando a la clienta, y lamía la entrepierna de su joven esposa con ganas de que fluyese el líquido que segregaba, hasta que le introducía el pene en la euforia y se sumía con posterioridad en un letargo. Ese en el que seguía imaginando las palabras de la hipotecada “haré lo que haga falta” “lo que sea necesario” ¿hasta dónde llegaría la mujer?, pensaba.

Las noches se volvieron insoportables para quien esperaba una denuncia en Comisaría, sin que se montaran dispositivos eficaces como los que pudieran existir en un lustro posterior. Pudiera ser dejadez, o que, como eran parejas que se escondían de sus cónyuges, para qué investigar. Muchas de ellas ni siquiera se llegaría a conocer los hechos que acaecieron, ¿Cómo denunciar un delito de violación si estás casada? ¿He de decir que tengo un amante? Se trataba del honor de muchos, de los cuales nunca sabremos su filiación, pero sí lo que sucedió.

El corredor sin nombre subía la carretera, y se introducía por los lugares que conocía y en los que los amantes daban rienda suelta al sexo escondido, al engaño o a un primer amor, dentro de un vehículo.

La mujer morena se volvía a instalar en la mente del depredador, que manifestaba esconder en la riñonera una pistola o un cuchillo y tocaba el cristal empañado del vehículo. Muchos ni siquiera ponían seguro, para sacar al amante a la fuerza y obligar a la mujer a salir, quién muchas veces ya se encontraba semi desnuda.

Imagen de Pete Linforth en Pixabay

― Tumbate― gritaba el hombre sin nombre, y al acompañante le ordenaba estar en silencio, para que presenciara lo que se produciría minutos después.

El hombre imaginaba a la hipotecada, que esa mañana y la semana pasada y la anterior le suplicaba, que se ofrecía para lo que fuese, en la que el marido dejaba que ella negociara.

Excitado, bajaba las bragas de la desconocida, quién, tumbada en el césped, era obligada a abrir las piernas. Las bragas eran rasgadas con rapidez y los sollozos de que quien debía de protegerla, se quedaba petrificado, siendo un acto pasivo. Ese hombre que le prometía instantes antes amor eterno, que le susurraba frases en el fragor de la aventura, no se interponía ante la atrocidad que presenciaba. Ni siquiera, intentaba golpear al agresor, mientras la mujer era obligada a realizar una felación, una masturbación o era manoseada.

El hombre tocaba con rapidez los pechos. Miraba con una sonrisa sarcástica al amante, novio, amigo, quien no rechistaba ni hablaba mientras era testigo de la penetración a la que momentos antes iba a poseer él, ¿quién se enfrenta a un desconocido que manifiesta tener un arma? Todo se puede superar, excepto la muerte, debieron de pensar esos hombres amantes.

Así, una tras otra, un día y al siguiente, meses y al final después de dos años, fue detenido el cazador, quien presumió de todos los triunfos y humilló a quienes acompañaron a esas mujeres.

Cuando llegaban a comisaría, los que se atrevieron a denunciar, se avergonzaban de no haber defendido a la que decían amar, muchos ni siquiera cogieron la mano de la denunciante y los que lo hicieron, la mujer la soltaba de inmediato. Cuantos sentimientos encontrados. ¿Seguirán la relación esas mujeres con los que el miedo les paralizó? ¿O solamente prefirieron vivir?

Testigo de esas largas declaraciones, la que hoy escribe con un dolor que le extenúa y le arrebata la alegría. ¿Por qué no se hizo nada más desde esas autoridades? Sabíamos lo que ocurría, el modus operandi y dejamos que siguiera cometiendo el mismo delito una y otra vez.

Los coches patrullas, solo eran presencia policial, si iban por el norte, él corría por el sur, o se escondía entre la maleza de la montaña. ¿y si, y sí? Me pregunto, una y otra vez. ¿Cuántos delitos pudimos evitar? El universo se alió con el desalmado hasta que en una noche la confianza de no haber sido aprehendido fue capturado in fraganti.

Hoy, mientras las pastillas para dormir dejaban de surtir efecto. El hombre sin nombre quería entrar en mi casa, en mi zona de confort. Las piernas me temblaban y la voz se me entrecortaba. Intentaba por todos los medios que no pusiera un pie en el parqué de la entrada, forzaba la puerta con escasas fuerzas para cerrarla. La mirada del hombre sin nombre, la sonrisa sarcástica se repetía, lo tenía enfrente. «Debo de impedir que entre» no dejo de pensar.

Fui policía, y, sin embargo, me despojaron del traje, de la pistola y la placa. ¿Cómo detenerle? Lleva un arma, o eso dice, pero no puedo enfrentarme a él, el miedo me paraliza. Eso es de cobardes, así me lo enseñaron. Nunca demuestres debilidad. Los policías somos guerreros con armadura. ¿Dónde está la mía? Ha desaparecido. Solo soy una mujer, una cualquiera, una de tantas.

¿Haré lo que sea para que no entre? Pensé y grité muy fuerte. Mis propios aullidos de dolor me despertaron de la pesadilla.

El hombre sin nombre desapareció y el sueño se esfumó.

© Yolanda Trancho – Escritora

 

DEJA UNA RESPUESTA

Por favor ingrese su comentario!
Por favor ingrese su nombre aquí