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Momios, camandulas, ubicuos …

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Los hechos que se va a describir no eran exclusivos de la policía. Se producían en otros muchos ámbitos de la administración civil del Estado. Siempre había detrás de todos ellos padrinos poderosos que los fomentaban y, sobre todo, los consentían como una forma de pagar servicios electorales. A finales del siglo XIX, se pueden encontrar muchas denuncias sobre casos como los que vamos a referir en revistas, periódicos y publicaciones satíricas. Es nuestro deber advertir que cualquier parecido con la realidad actual es, como en las películas, pura coincidencia.

La Policía del siglo XIX es una fuente inagotable de sorpresas. La Revista “La Policía Española”, que, por ser independiente de la institución, se convirtió en el Pepito Grillo de la época, denunció de forma incansable las numerosas corruptelas y formas de evadir el servicio normal que se producían de forma continua a partir de 1891. Se debe tener en cuenta que la revista “Policía Española” apareció por primera vez en el otoño de 1892. El problema central consistía en que policías nombrados no prestaban absolutamente ningún servicio policial. Esto sucedía, además, con el agravante añadido de que casi nunca estuvieron cubiertas en su totalidad las plantillas previstas en los presupuestos.

Eran los denominados “momios”, de los que existían varias subespecies. Momio es la versión un poco anticuada de chollo. Según el Diccionario de la Real Academia Española de la Lengua, es sinónimo de ganga. Chollo que consistía sencilla y llanamente en pertenecer a la plantilla del Cuerpo de Policía, pero a quienes no se veía el pelo por ninguna dependencia policial, excepto por la habilitación a finales de cada mes para cobrar la nómina. Los que no disfrutaban esta situación, los denunciaban de una forma constante e incansable, porque esa especie de “liberados” sin causa, hacían que los servicios se recargaran para los que no tenían esa suerte.

Si se considerara al momio como género, había que describir varias especies. La primera es la de los camándulas, que no eran, por cierto, una versión seglar de la Orden Camaldulense, de la que se deriva su nombre, sino una versión peyorativa de ese término: hipócritas, astutos e intrigantes, acepciones, que sirven para definir esta rara situación. Esta podía definirse como la acción de no prestar servicio y en el caso de que lo prestaran, ese servicio nada tenía que ver con la Policía.

Ello hace que dentro de los camándulas se pudieran distinguir variadas situaciones:

– Agentes que no prestaban servicio y que se limitaban a pasear y a estar cómodamente en su casa.

– Agentes que siendo miembros de la Policía no prestaban servicios policiales, sino que eran criados de “Juan, Pedro o Diego”.

– Agentes destinados en Ministerios:

“¿Como se explica el que en los Ministerios haya un considerable número de individuos que cobran como agentes de policía y hacen el oficio de ordenanzas y  auxiliares de porteros, no vistiendo siquiera el uniforme del Cuerpo, siendo así que en los presupuestos se consigna una suma para estos servidores? ¿Es cierto asímismo          que en ese Ministerio hay treinta individuos en ese caso? ¿Puede decirnos el Sr. Capdepón[1] qué misión tienen los guardas del orden que prestan servicio al lado de jueces, fiscales y demás individuos del Cuerpo Judicial?”[2].

– Agentes según sus particulares conveniencias. Estos solamente prestaban servicio cuando a ellos personalmente les convenía. Cuando esto ocurría siempre era debido a motivaciones de tipo económico.

La segunda gran subespecie de momios era la de los policías ubicuos. Se les llamaba así porque tenían el don de la ubicuidad, es decir, de “estar presente a un mismo tiempo en todas partes”. Aunque estos agentes no llegaban a la perfección del milagro, sí que eran capaces de estar en dos o tres sitios al mismo tiempo y de cobrar por ello: así se daba el caso de ser inspectores de Vigilancia y en el mismo horario, secretario del Colegio de Abogados, o empleados de una compañía de tranvías, empresarios de una plaza de toros o en la caja de Ultramar del Ministerio de la Guerra.

No hay que ser un lince para saber que en estos casos se abandonaba de forma automática el servicio de policía que era el menos valorado, reconocido y que no generaba ningún derecho a pensión por cesantía.

La tercera subespecie de momios la constituían los periodistas y otros comisionados. Los periodistas eran nombrados miembros del Cuerpo de Vigilancia únicamente para el cobro de la nómina, pero con la condición de que publicaran siempre las cosas que más podían interesar al gobierno. Esto se hacía con periodistas afines al gobierno y también con los de la oposición, para que no se pasaran en sus críticas. En concreto, hubo uno que fue destinado como corresponsal de su periódico en Alemania, pero eso no constituyó obstáculo para que continuara cobrando su nómina como policía.

Los comisionados constituían un capítulo aparte. Era muy frecuente la práctica del utilizar fondos reservados para pagar espléndidamente comisiones de servicio policial a personas ajenas a la policía:

“Existen en algunos casos -quizás recientes-en que el ministro del ramo, queriendo  proteger a uno de sus afiliados, le ha comisionado con un cargo especial y con dietas de 20 pts. o más diarias para prestar servicio policíaco sin que el agraciado pertenezca a ninguno de dichos Cuerpos”[3].

La Revista no transigió nunca con este tipo de situaciones, y en muchas ocasiones primero amenaza, y después, en vista de que no le hacían caso, cumplía sus amenazas:

“Los patrocinadores de estos golfos ya los conocemos: no sirvieron nunca para  defender causa justa por insignificante que fuera; vivieron en la política para medrar  y en todos sus actos no se revela más que la inmoralidad y el agio, dos caminos muy  propios de este tiempo para crearse fortuna… Nosotros seguiremos publicando la     relación de los momios, y si no se atendiera, en la cabeza de este cuadro de     vergüenza y de ignominia estamparemos como orla los nombres de los diputados y  caciquillos, patrocinadores del vicio”.

A pesar de todo este estado de cosas ha perdurado mucho tiempo en la administración. Algunas de esas corruptelas han llegado casi hasta nuestros días, hasta que por ley se prohibió cobrar dos sueldos de la administración pública. Esa ley afectó a mucha gente que trabajaba por la mañana en un ministerio y por la tarde en la seguridad social. Sin embargo, esa ley no ha afectado a quienes únicamente cobraban un sueldo.

[1] Ministro de la Gobernación

[2] La Policía Española, número 288, 10 de octubre de 1898

[3] La Policía Española, número 216, abril de 1897

Historiador Martín Turrado Vidal

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