
Mientras el mundo mira hacia otro lado, Sudán se desangra. El pasado fin de semana, las Fuerzas de Apoyo Rápido (RSF), un grupo paramilitar surgido de las tristemente célebres milicias yanyauid, perpetraron una de las mayores atrocidades del conflicto: al menos 460 personas fueron asesinadas en el Hospital Materno Saudí de Al Fasher, en la región de Darfur del Norte. Entre las víctimas había mujeres, niños y personal sanitario. La Organización Mundial de la Salud calificó el ataque de “horrorizante” y denunció la sistemática violación del derecho internacional humanitario.
La ciudad de El Fasher, último bastión del Ejército sudanés en Darfur, cayó tras un asedio de año y medio. Desde entonces, miles de civiles intentan huir de las ejecuciones sumarias, secuestros y saqueos perpetrados por los milicianos de las RSF. Las imágenes difundidas por los propios atacantes, mostrando cadáveres y sonrisas macabras, son un retrato del horror que se vive en el país africano.
Un conflicto con raíces profundas
El conflicto en Sudán estalló en abril de 2023, cuando las RSF —lideradas por Mohamed Hamdan Dagalo, alias “Hemedti”— se enfrentaron al Ejército regular por el control del poder. Aunque en su origen las RSF fueron aliadas del régimen, su ambición por dominar el país las llevó a una guerra abierta. Su ideología es una mezcla de oportunismo político, tribalismo y un islamismo radicalizado que ha servido de justificación para cometer crímenes de guerra, especialmente contra comunidades no árabes en Darfur.
Desde el inicio de la guerra, se han documentado más de 1.200 muertos en ataques contra instalaciones sanitarias y más de 2.000 civiles asesinados solo en El Fasher. La limpieza étnica, el uso del hambre como arma de guerra y la violencia sexual sistemática son parte del modus operandi de las RSF.
Duras imágenes con los extremistas recreándose de su masacre con el suelo tupido de cadáveres de mujeres y niños
El silencio selectivo de la izquierda española
Frente a esta tragedia, el silencio en España es ensordecedor. No ha habido manifestaciones, ni concentraciones, ni comunicados de los grandes sindicatos ni ONGs. Ni los sindicatos de trabajadores UGT ni CCOO han convocado huelgas cuando sí lo hicieron respecto al conflicto en Gaza. Ninguna pancarta ha llenado las calles clamando por la paz en Sudán. Una diferencia abismal con la respuesta que sí generó el conflicto en oriente cargando sistemáticamente contra Israel, donde se organizaron protestas masivas y paros laborales en nombre de la solidaridad.
Este contraste pone en evidencia una doble vara de medir. Para buena parte de la izquierda española, no todas las vidas valen lo mismo. La empatía se activa o se desactiva según el relato ideológico que convenga. Si el agresor encaja en el arquetipo del “opresor occidental”, la movilización es inmediata. Pero cuando las víctimas son africanas, musulmanas y pobres, y los verdugos también lo son, el interés desaparece.
¿Dónde está la coherencia?
La defensa de los derechos humanos no puede ser selectiva. No puede depender del color político del agresor ni del rédito mediático. La masacre de Al Fasher debería sacudir conciencias, llenar plazas y titulares, y provocar una respuesta contundente de la comunidad internacional. Pero mientras tanto, Sudán sigue ardiendo en el olvido, y sus víctimas siguen esperando justicia.
.@WHO is appalled and deeply shocked by reports of the tragic killing of more than 460 patients and companions at Saudi Maternity Hospital in El Fasher, #Sudan, following recent attacks and the abduction of health workers.
Prior to this latest attack, WHO has verified 185… pic.twitter.com/CbAjtqYUAh
— Tedros Adhanom Ghebreyesus (@DrTedros) October 29, 2025






