
Manuel Avilés*
La realidad se amontona, después de un fin de semana de refocile total, con mi señora exigiendo el débito conyugal, que decía aquel cura salido que me daba Canónico, me he venido a menos, como un Tarzán de quinta mano, ante la responsabilidad sublime de quedar como un hombre y no como un mierda vejestorio. Creo que me va a dejar, igual que otras. Voy a tener que ir al gimnasio o apuntarme a Tai Chi para estar cachas y no escuchimizado.
No sé sobre qué escribir, de tantos asuntos como me atormentan el alma. Me martillea Camus afirmando en El mito de Sísifo que el único problema filosóficamente importante es el suicidio.
Mi amigo Juan Ramón Gil, es el periodista que más sabe de la política valenciana. Lo sigo como los apóstoles seguían las parábolas del Maestro de Nazaret. Barcala, al que considero honrado y buena persona, está metido en un follón del que le va a ser difícil salir. Los pisos sociales – expresión maldita-. ¿A quien se le ocurre hacer, autorizar, pergeñar, promover, organizar, una urbanización social con piscina, pista de tenis, de pádel y no sé cuántas cosas más ? ¿Cuánta gente hay pringada en este asunto de viviendas para vulnerables? ¿Quién vio, quien avisó, quien ordenó, quien decidió, quien supo, quien hizo y quien no hizo? ¿Un señor valida, como administración, la documentación de su mujer? ¿Compro una casa en la zona bien de Alicante por doscientos y la vendo por cuatrocientos? ¿Vale con pagar una sanción quedándose el piso comprado a mitad de precio? Negocio redondo. Un rollo, un marronazo que no puede quedar impune. ¿Barcala supo? Mal. ¿Barcala no supo? Peor. Un alcalde está obligado a saber qué pasa, quien manipula, quien enreda, quien hace favores y cómo es posible una urbanización social en la que, #mecagoentoloquesemenea, hay cargos, hijos de cargos, suegros y el copón bendito, que no cuela ni con un milagro de la santafaz, que sean personas vulnerables. Palabra mágica que es un cajón de sastre, y bien desastre, para hacer lo que te sale de los cojones.
Barcala – buen tío- está en la cuerda floja. Y una cuestión esencial que nadie toca: ¿Qué va a pasar con los pisos tan problemáticamente adquiridos?
Me estoy amontonando, voy a tomarme un trankimazin para no salir a la calle pegando tiros porque esto es peor que una república bananera.
Mi pueblo, Huétor Tájar, con un alcalde poco preocupado por la cultura y que me huele – crítica política sin conocer actualmente el sitio en que nací- a cacique instalado cómodamente. Mi pueblo anda sumergido entre las aguas de las tormentas andaluzas que no paran. Sobrevolado en helicóptero por Pedro Sánchez que, al menos ha hecho una cosa buena en su gobierno, aparte de haber ensalzado y amnistiado y videosal gran golpista Puigdemont y haber canonizado a los peneuveros y los bildus. Vale, démoslo por bueno. Es la política. Hablo de la decisión sanchista de meter en vereda a tantos niños imbéciles – cuento a alguno mío- que andan colgados de los móviles y las tablets, y no dan golpe en ninguna otra cosa. Ni leen, ni estudian, ni escriben…solo móvil, monigotes, juegos y videos estúpidos y analfabetismo. Si Sánchez arregla eso lo voto sin dudarlo, aunque lo hayan machacado en Extremadura y Aragón.
La literatura me salva. Si no fuera por ella, sería anciano asesino en serie, matando por las noches en los descampados con un machete al estilo Rambo, sorpresiva y silenciosamente.
Me dice mi editor: ¡Qué nombre tan feo El Pedernoso! ¡Que feo ni hostias! Es un nombre minero. Un pueblo del paleolítico, luego reconocidamente medieval y renancentista, documentado en las Relaciones Topográficas de Felipe II, que debe el nombre al pedernal – aquel mineral del que los neandertales y los cromañones se servían para hacer chispas y encender el fuego- el pedernal sobre el que se yergue el pueblo pedernoso.
Cuando era joven y no un vejestorio arrumbable como ahora, tenía una novia estratosférica. Digo esto para los y las cabrones que me tachan de maricón por ser amigo de Miguelito Noguera y presentarle su libro Cuando el uniforme se convierte en piel, de mariconeo total en la mili. No me gustan los tíos, pero tampoco soy homófobo, de lo que también me han acusado. Tenía una novia galáctica y me hice mil setecientas veces el camino Nanclares de la Oca Alicante, para verla cada fin de semana. Yo director de aquella cárcel y ella trabajadora alicantina. Luego me hice otras mil veces Madrid Alicante. Cuando era eso que los horteras llaman alto cargo, en el Ministerio de Justicia e Interior. Dos mil veces pasé por El Pedernoso y no paré nunca. Tuve la suerte de – el azar debe ser tenido en cuenta- de aterrizar en ese precioso pueblo por culpa de la literatura. Un ayuntamiento en pleno interesado en la cultura- no como tantos alcaldes analfabetos que la última vez que abrieron un libro fue el catecismo de la primera comunión y solo se interesan por las recalificaciones urbanísticas y por añadir un ático a cada edificio. Acuérdense del Alcalde Mehincho y, si quieren no tengo problema en retomar aquella saga de éxito.
Hablo de literatura en El Pedernoso, entra en el salón la alcaldesa, una chica joven, abogada y risueña, y me invita a un vino. Sobre un tonel de esos decorativos, con el concejal de Cultura y con mucha cultura, charlamos de novela negra e histórica. La alcaldesa, Ana Cantarero, que sigue siendo alcaldesa y ahora diputada en las Cortes manchegas, me cae bien y, excitado por una tapa de lomo de orza y un vino blanco manchego, me pongo solemne y le digo: Yo voy a poner este pueblo en el mapa.
Quedamos para hablar sin vinos ni ruidos ni risas, seriamente, y a los pocos días con mi moto de macarra me planto en Albacete, a medio camino, para la negociación.
Esta fue muy clara: no me interesa el dinero, solo quiero disfrutar y mantener las neuronas engrasadas y productivas. Buscaremos los mejores autores. Nadie cobra, solo el viaje y el hospedaje. Hay que buscar empresarios del lugar que colaboren – ole ahí por los empresarios manchegos que se han entregado de lleno- y hay que comprometer a todos los clubes de lectura de la zona.
Esa ha sido la fórmula sencilla y así seguimos. El resultado está a la vista: desde Villarobledo hasta Mota del Cuervo, desde Belmonte hasta El Toboso y desde Las Pedroñeras hasta Miguel Esteban o Pedro Muñoz, los clubes de lectura, ansiosos, acuden cada edición a ver, hablar, discutir, leer desde Ana Lena Rivera hasta Sandra Aza, desde Marta Robles a Carmen Posadas, desde Begoña Valero hasta Félix García o Manuel Ríos Sanmartín y Luis Zueco. ¿Queréis más autores? Os puedo dar un listado de catedráticos, profesores de instituto, abogados o policías, amantes todos de la literatura y de El Pedernoso.
He ahí la vida, de la que yo además del libro De prisiones, putas y pistolas, con el que ya he triunfado suficientemente y del que presento ahora, Cuarenta años de cárcel. Sin redención, con el que me la suda triunfar o no, además de esos dos y de otros veintitantos, podría hacer ahora un trabajo, De Senectute, como el de mi paisano Séneca, hablando de putadas, traiciones, choricerío, mangancia, cuernos, farsantes, pelotas y todo tipo de fariseos con piel de cordero hasta cansarse.
De todo esto y mucho más te libra la literatura, ese trabajo solitario y casi huraño, en el que creas en libertad. Ese es el festival literario Quijote negro e histórico. En él puedes leer, oír historias mientras acaricias la mano de tu chica y disfrutas de su piel de seda. Luego vienen las mujeres – muchas más mujeres que hombres, que están con el futbol y otras gilipolleces- y te preparan un café con pastas entre un autor y otro. ¿Qué más hace falta para ser feliz?







