
Ver I parte: Mujer y delincuencia en el siglo XIX – h50 Digital Policial – Noticias, sucesos y actualidad en España
Hemos preparado una serie de lecturas complementarias a este artículo, en las que se desarrollan de forma más amplia algunos temas que en éste se han tratado de forma más resumida. La primera se refiere a los modus operandi de las mecheras en comercios y joyerías, que eran el escenario más frecuente de sus actuaciones. Llama mucho la atención el ingenio y la habilidad con que se producían estos hurtos. La segunda, tiene relación con las formas de actuar, básicamente relacionadas, con la prostitución, como son el timo del gato (las gateras) y el registro de la teta. De la que se tienen noticias más antiguas se refiere al registro de la teta, de la que se dan cuenta de ellas en el libro de Dimas de la Camándula, “El Arte de Robar” de 1844. Los otros dos modus operandi parece ser que aparecieron en la segunda mitad del siglo XIX. Dejamos al lector con la narración de cómo se cometían estos delitos.
Nos hemos limitado a transcribirlos siguiendo la ortografía actual. Creemos que se facilitaría su lectura, que, de respetar su original, podría resultar más dificultosa. En algunas ocasiones hemos puesto notas aclaratorias.
1.- MECHERAS
Las mujeres que se dedican a robar por este procedimiento tienen necesidad de saber vestir todos los trajes de nuestra sociedad, es decir, ser unas verdaderas Fregolinas[1] pues mientras unas veces se colocan un gran sombrero para visitar joyerías, otras se ponen un pañuelo a la cabeza para entrar en cualquier tienda de poca importancia.
Como hay gran diversidad de combinaciones para robar por este procedimiento, detallaré tan sólo algunos de los que fueron realizados durante el tiempo que permanecí en el Cuerpo de Vigilancia, considerándolos suficientes para que todo dueño de comercio se haga cargo del peligro que corren los géneros de su tienda cuando son visitados por estas mujeres vulgarmente llamadas mecheras.
En primer lugar, lo que procura la mujer mechera es saber manejar sus pies y piernas tan bien como pueda hacerlo con las manos, y en llevar debajo de sus faldas un gran bolsillo, casi un saco, con una gran abertura para ir embuchando todo lo que puede robar. Cuyo saco es conocido en caló por buitrón.
Lo segundo, es que generalmente procuran visitar las tiendas de comercio cuando hay aglomeración de gente, o bien al mediodía a las horas de comer; como se sabe muy bien, la generalidad de los establecimientos, dejan uno o dos dependientes indispensables para la venta de sus artículos, pero que resultan insuficientes para la vigilancia de los mismos.
Y lo tercero, en que están enteradas perfectamente de las horas en que flaquea la dependencia del establecimiento que van a dar el golpe, no reparando en la cantidad y calidad de los géneros, pues, aunque parezca exageración, he visto mechera que, al ser detenida y registrada, se la ha encontrado varias prendas de ropa y una pieza de tela entera de gran tamaño, metido todo dentro de este dichoso saco.
Ya puestos en antecedentes sobre las condiciones especiales que necesitan las mujeres mecheras para trabajar su lucrativa industria, vamos a detallar algunos de sus procedimientos. Supóngase que dos mujeres entran en un comercio de telas, preguntan por tal o cual género, se lo presentan, ellas lo examinan y piden más y más géneros, hasta que entre el ir y venir del dependiente y aprovechando las ocasiones que éste vuelve las espaldas, sustraen alguna prenda o hacen caer al suelo los objetos que pueden, y con los pies los recogen introduciéndoselos entre las piernas y metiéndoselos dentro del gran bolsillo que cito anteriormente. En esta forma van embuchando lo que pueden, y cuando ya creen hallarse satisfechas, compran cualquier cosa de poco valor, y se largan a vaciar el consabido buitrón.
Cuando el dependiente recoge los géneros para colocarlos otra vez en los estantes, entonces es cuando se da cuenta del robo efectuado. Muchas veces practican el mismo procedimiento, igual en todo, pero varía un poco al final del robo, y consiste en que cuando la mechera que lleva el gran bolsillo ha robado alguna prenda u objeto que por su cualidad el comerciante puede darse cuenta en seguida de ello, entonces, con cualquier pretexto, se marcha de la tienda, dejando sola a su compañera para que concluya de comprar lo pedido por las dos.
Si el comerciante, mientras despacha a la última, se da cuenta del robo verificado, claro está que sospecha de las dos mujeres y manda detener a la que está presente y también denuncia a la otra que antes salió, pero todo eso ellas lo tienen descontado, y poco les importa sufrir estos vejámenes con tal de haber podido salvar o aprovechar lo que han robado. Lo importante para ellas, es que no les encuentren el cuerpo del delito encima, que lo demás les tiene sin cuidado.
También realizan el referido robo dos o tres mecheras en compañía de uno o dos hombres que en caló se les llama tapias, y éstos tienen la misión de entretener al dueño o encargado con su conversación amena, mientras las mujeres aparentan interesarse con los géneros que piden al dependiente, y a cada descuido que tiene este pobre muchacho, ellas van embuchando lo que pueden.
Al final de toda esta clase de robos siempre sucede lo mismo, que las mecheras compran cualquier cosa de poco valor y se marchan con el buche lleno, y que el comerciante cuando recoge y pone en orden toda aquella aglomeración de géneros, nota la falta de algunos, y es cuando se entera de que le han robado.
Otra combinación también llevan a cabo para apropiarse de lo ajeno, y consiste en que la mujer mechera conocedora de la irresponsabilidad de los menores, lleva consigo una niña de ocho a diez años muy adiestrada en la misión en que le corresponde. Entran en cualquier comercio de objetos manejables, como son: quincallería, platería, mercería, etc., y pide la mujer objetos para comprarlos, y mientras la van sirviendo y ella los va examinando, con mucho disimulo va dejando caer al suelo algún objeto de los presentados.
La chiquilla, que sabe muy bien que no están allí para perder el tiempo, hace como si jugara por el suelo, y en cuanto cae algo, al bolso, que para eso lo lleva bajo sus falditas. Si por casualidad se descubre que la niña va metiendo objetos dentro de su bolsillo, todo lo más que pasa, es que la regañan y se los quitan, pero nunca sospechan lo que real y verdaderamente hacía, y era que estaba robando. Además, si algún dueño de comercio llega a sospechar algo, ¿quién se atreve a castigar a la niña?
Por eso, toda esta gentuza, siendo como son conocedores de las vigentes leyes penales, utilizan para sus lucrativos negocios a estas pobres criaturas, pues además de la irresponsabilidad de los menores están seguros de no correr ningún riesgo personal.
Recomiendo eficazmente a los comerciantes, que eviten la aglomeración de géneros encima del mostrador, y se fijen muy mucho en los movimientos de pies y piernas tanto o más que las manos de sus compradores sospechosos, pues de no hacerlo o no tener cuidado con ello, se exponen a ser robados por las mecheras.
Hasta ahora he tenido el gusto de explicar varios robos por este procedimiento en que las mecheras no están obligadas a vestir con elegancia; sin embargo, el hecho que voy a narrar y por tratarse de establecimientos como joyerías, justo es reconocer que obliga para inspirar confianza ser de porte distinguido y usar una indumentaria elegante para presentarse como corresponde. Ruego, pues, se ponga toda la atención posible en el presente hecho, para que se vea lo fácil que es de realizarlo y lo difícil para descubrirlo.
Una señora muy bien parecida, elegante y de modales finos entró en una joyería con objeto de comprar alguna alhaja más, a pesar de las muchas que llevaba encima, llevando también una sombrilla en la mano.
Ahora sigue lo corriente, que el joyero, atento y cumplimentoso con una dama, la invita a sentarse al lado del mostrador y le ofrece sus servicios. La señora acepta y se sienta dejando a su lado la sombrilla arrimada al mostrador. Empieza a pedir alhajas de todas clases, grandes y pequeñas, de mucho y poco valor, con el fin de desorientar algo al joyero a pesar de no quitar éste los ojos a su mercancía.
Mientras se hallan en esta operación de examinar las alhajas, pedir los precios y dar el joyero todas cuantas explicaciones sean necesarias para convencer a la dama de la buena calidad de sus joyas, llega otra señora bastante bien ataviada y no mal parecida y pregunta el precio de una sortija que pasando ha visto en el escaparate.
- ¿Qué sortija?— pregunta el joyero.
- Aquélla contesta la recién llegada.
Entonces, el joyero se ve precisado a moverse para poder contestar a la dama, y una vez que sabe de qué sortija se trata, dice:
- Vale 50 duros; es muy cara—contesta la señora,
- ¿y esa?—señalando a otra sortija,
- Pues esa—contesta el joyero—vale 100 duros;
- Son muy caras—repite la señora,—ya volveré otro día, que hoy veo no haríamos negocio.
Y efectivamente, se marcha la recién llegada, pero ya no lo hace sola, sino en compañía de la sombrilla de la primera mujer, y que ésta se la deja llevar sin protesta alguna. ¿Por qué no protesta al quitarle la sombrilla? Porque las dos damas, al parecer desconocidas y tan elegantemente vestidas, son ni más ni menos que dos mecheras que se hallan en connivencia para realizar un timo, y éste consiste en que mientras el joyero se mueve y contesta las dos o tres preguntas que la última mujer le dirige sobre las sortijas, la primera que llegó aprovecha la ocasión para dejar caer dentro de la sombrilla una alhaja, y por eso la segunda mujer al marcharse coge con disimulo, y como si fuera suya, la referida sombrilla, porque sabe que dentro habrá carga.
Cuando el joyero ha despedido a esta última mujer que tan rápidamente ha pasado por su tienda, vuelve solícito a atender a la primera, que todavía se halla sentada y examinando las alhajas, preguntándola si le gustan. Por fin esta mujer se decide a comprar algo de poco valor y se marcha, y después sigue lo de costumbre, que al recoger y repasar el joyero sus géneros, nota la falta de una alhaja, dándose cuenta de que ha sido robado.
Pero supongamos que el joyero se entera del robo mientras la primera mujer se halla todavía en la tienda. Lo primero que sucede es que el joyero echa en cara a la señora la falta de una alhaja de las varias que ha sacado para enseñárselas.
La señora protesta de tal infamia, el joyero grita y amenaza con avisar a la Policía si no le restituye la alhaja, la señora no se acobarda y también amenaza al joyero con denunciarle por su falsa imputación, pero como el joyero está seguro de lo que dice, no se arredra y avisa a la Policía.
Llega ésta y se entera del caso por el joyero, el cual denuncia la sustracción de una alhaja (supongamos una sortija con brillantes) y señala como autora a la señora, añadiendo que como no ha salido de la tienda ha de llevarla encima, y por lo tanto pide que se la registre.
La señora, que sabe muy bien pisa en terreno firme (porque la sortija se evaporó con la sombrilla), accede a ser registrada, pero amenazando al joyero con mandarle a los tribunales por su osadía.
La policía ante tamaña acusación busca una buena mujer para que proceda al registro de la señora, y después de encontrarla y de hacerla registrar minuciosamente a la inculpada, aparece diciendo esta mujer que no ha encontrado nada.
El joyero casi no puede creer lo que le dicen, pero ante la verdad, tiene que rendirse, y presuroso por el temor de lo que le viene encima, pide mil perdones a la señora y casi le suplica que no haga nada contra él, porque estaba ofuscado e indignado por la pérdida de una sortija de tanto valor.
La señora, o mejor dicho la mechera, que no espera otro final, se siente benévola y le perdona, pues malditas las ganas que tiene de acudir a los tribunales aunque sea con razón. Esta combinación de la sombrilla también es usada por ciertos caballeros de industria con auxilio de sus paraguas.
Realizan las sustracciones en la misma forma anteriormente descrita y en comercios de objetos manejables, principalmente en platerías y bisuterías. Llega el primero de estos sujetos a una tienda con su correspondiente paraguas, y colocándolo junto al mostrador, pide varios de los géneros que allí se venden; mientras se entretiene en escoger alguno de ellos, entra otro sujeto que no es ni más ni menos que su consorte, con o sin paraguas, y haciendo alguna pregunta sobre los precios de determinados objetos del escaparate de otro sitio cualquiera de la tienda, se acerca a donde se halla el paraguas de su compañero, y con mucho disimulo, lo cambia por el suyo si lo trae, llevándose aquél para recoger la carga que contenga, es decir, los objetos que su compañero haya podido tirar dentro del mismo.
También usan estos aprovechados caballeros, unas aberturas en los interiores de sus gabanes y entre los embozos de sus capas, etc., que, formando grandes bolsillos, van a parar al fondo de estas prendas, y por cuyas aberturas echan todo cuanto pueden hurtar en los establecimientos que visitan. Es muy conveniente para los comerciantes conocer todos estos procedimientos, y, esmerando la vigilancia de sus tiendas, puedan evitarse tales sustracciones[2].
2.- TIMO DEL GATO
El presente timo, es muy vulgar y muy conocido, pero se ve que, a pesar de hallarse tan generalizado, y ser del dominio público, las mujeres que se dedican a este procedimiento todavía encuentran incautos que se dejan desplumar por las garras del gato. Con el fin de evitar en lo posible esta clase de timos, o, mejor dicho, hurtos, sería conveniente que todo el público supiera cómo se realiza, y entonces con seguridad sabrían a qué atenerse para que dichas garras quedasen inutilizadas.
Hay que hacer constar que tan solo son las mujeres públicas y libres y sin que estén bajo ningún pupilaje las que practican este procedimiento, y por el cual se las llama galeras. Cuando quieren poner en práctica sus uñas, sale una de estas mujeres a la calle y procura hacerse con un señor, es decir, conquistar a un caballero, en el momento que encuentra uno, lo conduce a un cuarto muy bien preparado para el caso.
Una vez llegados al cuarto o piso, muy oscuro, por cierto, la mujer hace pasar al caballero a una habitación donde tan solo encuentra por todo mueblaje una cama y una silla o un pequeño sofá.
Voy a prescindir de entrar en detalles referentes al precio y demás tratos que entre ambos suelen concurrir en estos casos y que el buen criterio del lector sabrá suplir. Ahora sigue, y es lo importante, que al desnudarse el caballero se ve obligado a poner su ropa encima de la única silla que existe, creyendo se debe a la pobreza de la mujer, y sin preocuparse de nada más, se mete dicho caballero en la cama.
Ya desde este momento el gato empieza a afilar sus uñas, esperando tan sólo el momento oportuno para caer sobre su presa. Quiero decir, que mientras la mujer procura entretener con sus caricias y artificiosos mimos a nuestro buen hombre, otra mujer, que se halla escondida debajo de la cama detrás de la puerta cita de la alcoba o de un simulado armario de pared, va metiendo muy cautelosamente y sin hacer el menor ruido, sus afiladas uñas en el bolsillo de la americana del caballero y sustrae la cartera. Una vez ésta en sus manos, quita tan solo los billetes de Banco que hubiere, y con mucho tiento vuelve a poner en su sitio la referida cartera.
Cuando la víctima se halla satisfecho de la amabilidad y de los buenos servicios de la mujer, se levanta de la cama, y como todas sus ropas se hallan tal y conforme estaban, empieza a vestirse sin abrigar la menor sospecha. No conociendo como trabajan las gateras este procedimiento, es casi imposible sospechar nada en aquellos momentos, pues resulta, que el individuo al coger las prendas de vestir, todo lo más que hace es palpar la ropa, y como con el tacto halla la cartera y todo lo demás está en su respectivo lugar, repito que nadie puede sospechar del hurto realizado.
Llega el momento de despedirse y pagar a la mujer el buen rato que le ha hecho pasar, y como halla la víctima su monedero con la plata que tenía, sin que le falte una moneda, paga lo estipulado anteriormente y se marcha tan campante prometiendo que volverá a verla, etc… Algunas veces ocurre que la víctima no se da cuenta de haber sido robado hasta pasados dos o tres días, que es cuando ha gastado el dinero suelto y echa mano a la cartera para cambiar algún billete.
Como el presente hurto es uno de los más difíciles de comprobar y recuperar lo perdido, aunque sean denunciadas y detenidas las delincuentes, aconsejo que, si, en el momento de entrar, ven la habitación tal como la he descrito antes, procuren marcharse y no querer ningún trato con aquella mujer, pues, si llegan a quedarse y ponen su ropa encima de la silla, se quedarán sin dinero; o, cuando menos, registren bien la habitación para asegurarse de que ninguna persona extraña se encuentra en ella.
3.- Registro de la teta
También he de hablar algo de las meretrices que practican el vulgarmente llamado registro de la teta. Pongo a continuación de este grupo el trabajo que realizan estas mujeres porque algunos tratan esta especialidad con los procedimientos usados por las mujeres tomadoras; comprendo que se hace difícil definir con exactitud el grupo a que puedan pertenecer esta clase de mujeres, pero sea cual fuere su definición, que al fin y al cabo bien poca es la diferencia, puedo asegurar que en la práctica de mis servicios siempre he visto mezcladas estas mujeres con las anteriormente llamadas gateras, es decir, practicar simultáneamente dichos procedimientos.
Sin embargo, merece consignarse que, así como las que practican el registro de la teta, trabajan é intervienen en las sustracciones efectuadas por el procedimiento del gato, no todas las gateras pueden realizar sustracciones por el antedicho registro de la teta, pues es más difícil y necesitan ser más hábiles en el manejo de sus manos.
La forma de verificar este procedimiento consiste en que una vez dentro de la habitación los interesados, hacen sentar al incauto en una silla y la mujer se sienta encima de sus rodillas con el fin de pasar un rato jugando y palpándose recíprocamente sus cuerpos.
Durante este entretenimiento, que procuran sea lo más corto posible, la mujer no pierde el tiempo, porque mientras el hombre se halla más embobado y entretenido en el contacto, ella procura con su cuerpo y pechos abultados tapar la vista del sujeto y con las manos sustraer de sus bolsillos o cartera el dinero que puedan contener, añadiendo que inmediatamente pasa el fruto de la sustracción a poder de otra mujer que se halla cerca y al tanto de todo cuanto ocurre.
Ahora pueden comprender mis queridos lectores, que, si la víctima no se da cuenta de la sustracción, aquí no ha pasado nada, pero si se da inmediata cuenta de lo sucedido, y a pesar de estar seguro de que es ella o ellas las autoras de la sustracción, no por eso recuperará el dinero. Podrá armar un escándalo fenomenal, las delincuentes podrán ser denunciadas, detenidas y procesadas, todo lo sufrirán y aguantarán, pero verificar la devolución del dinero esto no lo harán jamás.
Otras veces practica este registro en la calle y a deshora, esperando que algún desahogado se atreva con ella, y cuando aparece el incauto apetecido, déjase halagar y requerir de amores facilitándole el atrevimiento para que ponga mano encima de su cuerpo.
Llegado el coloquio amoroso a esta situación de contacto, es cuando la mujer se acerca todo lo posible a su víctima, procurando colocar sus abultados pechos más ó menos auténticos debajo de las barbas del mismo, los cuales les sirven para hacer sombra y tapar la visual del sujeto mientras alguna de sus libres manos sustrae lo que puede de los bolsillos del pobre é inexperto conquistador.
A mí me han asegurado y citado nombres, (como, por ejemplo, La Tajada de la Barceloneta), de que no prestaba su cuerpo al comercio público, es decir, que no realizaba el coito con nadie a menos de ser el hombre que con ella vivía.
Sin embargo, como se ha conocido a una tal Andaluza, y se conocen hoy día otras muchas que se prestan a toda clase de actos prostituidos, se deduce que son raros los casos de fidelidad que estas mujeres puedan prestar, por lo tanto, a mi parecer no puede tenerse en cuenta ni formar regla fija, alguna excepción que en la vida íntima de estas mujeres pudiera hallarse[3].
[1] “Fregolina”, una muchacha española, que cantaba en un teatrillo de los barrios bajos, y cuyo nombre de guerra, en letras de a metro, ostentábase en las esquinas de Madrid.
[2] Pedro Arnaus Lomaña, “Policía Práctica”, Madrid, 1911 Imprenta Española, págs.57-67. Referencia: https://archive.org/details/BRes060886
[3] Policía Práctica, págs. 68-75







