
Madrid amaneció este domingo con tiendas de campaña, pancartas y discursos inflamados en la Puerta del Sol. La causa: el desahucio de Maricarmen, una vecina madrileña cuya situación ha generado una ola de indignación y un despliegue de activismo urgente. El Sindicato de Inquilinas convocó la protesta y, como por arte de magia, cientos de perfiles de la izquierda aparecieron con sacos de dormir, megáfonos y una épica revolucionaria digna de serie de Netflix.
Hasta aquí, todo bien: la defensa de una persona vulnerable siempre es legítima. El problema es lo que no se defiende.
Porque mientras Sol se llenaba de tiendas, consignas y directos en redes, nadie acampó, protestó ni levantó la voz por la invasión de Ceuta, donde más de 70.000 migrantes cruzaron la frontera en un episodio que puso en jaque a la ciudad autónoma, a sus recursos, a su seguridad y a sus ciudadanos. Ni una tienda de campaña. Ni una pancarta. Ni un “esto no puede seguir así”. Nada.
Debe ser que Ceuta queda lejos del metro de Lavapiés.
Indignación selectiva: el nuevo deporte nacional
Lo ocurrido este fin de semana evidencia algo que muchos ciudadanos ya sospechaban: las movilizaciones sociales no se mueven por el bien común, sino por el rédito ideológico.
Cuando la causa encaja en el relato político, se monta una acampada épica. Cuando no encaja, se mira hacia otro lado.
El desahucio de Maricarmen es dramático, sí. Pero también lo es que una ciudad española haya soportado una entrada masiva de migrantes que desbordó servicios, saturó centros de menores, generó inseguridad y obligó a un despliegue extraordinario de fuerzas de seguridad. ¿Dónde estaban entonces los defensores del “pueblo”? ¿Dónde estaban los megáfonos? ¿Dónde estaban las tiendas de campaña?
Quizá estaban esperando a que el algoritmo les dijera que ese tema no tocaba.
La protesta como herramienta electoral
La ironía es evidente:
- Un desahucio → acampada, trending topic, épica social.
- Una invasión fronteriza → silencio administrativo del activismo.
Esto no habla de solidaridad. Habla de partidismo.
Las movilizaciones ya no buscan proteger a los vulnerables, sino proteger el relato. No buscan justicia social, sino visibilidad política. No buscan soluciones, sino likes.
El desahucio de Maricarmen se ha convertido en una bandera útil. La crisis de Ceuta, en cambio, es una bandera incómoda. Y en la política de hoy, lo incómodo se esconde debajo de la alfombra.
Ceuta: la crisis que no mereció ni una tienda de campaña
Más de 70.000 personas cruzaron la frontera en un episodio que puso en riesgo la estabilidad de una ciudad entera. Hubo peleas, tensión, saturación de recursos, miedo en las calles y un despliegue policial sin precedentes.
Pero no hubo protestas. No hubo acampadas. No hubo indignación colectiva.
Quizá porque defender a Ceuta no da votos. Quizá porque no encaja en el guion. Quizá porque es más fácil indignarse por un caso individual que por una crisis que exige hablar de fronteras, seguridad y responsabilidad internacional.
La solidaridad que depende del trending topic
La acampada por Maricarmen demuestra que la sociedad española sí sabe movilizarse. Lo que demuestra la ausencia de movilización por Ceuta es que solo lo hace cuando conviene.
La solidaridad ya no es un valor: es un filtro ideológico. La protesta ya no es un acto social: es un producto político. Y el bien común ya no importa: importa el impacto electoral.
Maricarmen merece apoyo. Ceuta también. Pero parece que solo una de las dos da suficientes retuits.






