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Sumergirnos en la pandemia global de la COVID-19 ha implicado cambios convulsos en todos los ámbitos nucleares en la vida de los seres humanos. Sin duda, las sociedades se han adaptado a una nueva realidad, y junto a ellas, el mundo ha sido forzado a detenerse durante meses. Quizás, en este cosmos inédito que nos aguarda, el foco mediático ha incidido intensa y razonablemente, sobre las consecuencias de la crisis que ya afecta a toda la población, pero ha informando en menor medida, sobre otras problemáticas que se han alimentado de esta incertidumbre sanitaria.

Atendiendo esta realidad, quizás no es difícil imaginar que, la criminalidad también se ha adecuado y capacitado para seguir repercutiendo en distintos entornos. De hecho, esta situación brinda a las organizaciones terroristas de etiología yihadista nuevas oportunidades y actividades. Mientras el mundo se confinaba, los canales de comunicación y distribución de propaganda del Daesh emitían incansablemente multitud de documentos de polarización propagandística y también aumentaban sustancialmente la captación terrorista online, siempre adaptando su capacidad comunicativa según el público objetivo para ser eficaces. En la medida de lo posible todos los mensajes emulan ser extraídos de las fuentes del islam y sus preceptos (Benrahmoune, 2020). Esto es así porque la pandemia facilita las condiciones idóneas para captar a nuevos adeptos y es que, la radicalización se origina a partir de un punto de inflexión, permitiendo una apertura cognitiva. Cuando un individuo sufre una crisis personal, vital, espiritual o de identidad padece desencanto, incertidumbre, frustración, sentimientos de injusticia
y de privacidad relativa, entre otros.

Mientras el mundo se confinaba, los canales de comunicación y distribución de propaganda del Daesh emitían incansablemente multitud de documentos de polarización propagandística y también aumentaban sustancialmente la captación terrorista online

En ese contexto es habitual buscar respuestas y soluciones, y, en consecuencia, existe una mayor disposición a recibir nuevas interpretaciones del mundo y un renovado marco de alienación, como, por ejemplo, una religión o ideología que en algunos casos -como el que nos atañe- están vinculadas a movimientos contraculturales o grupos violentos (Wiktorowicz, 2004). Además, las circunstancias derivadas del coronavirus presentan otras particularidades que son beneficiosas para la captación online y el uso intenso de propaganda. El Daesh se ha alimentado del aislamiento social durante el confinamiento y ahora también, del distanciamiento social en la nueva normalidad. En ambos casos ha comportado forzados cambios comportamentales y de rutinas de la población, minimizando sus actividades sociales, permaneciendo un significativo número de horas en el domicilio, consumiendo un mayor volumen de contenido online.

El Daesh se ha alimentado del aislamiento social durante el confinamiento y ahora también, del distanciamiento social en la nueva normalidad

Centrándonos en los aspectos propagandísticos, tal y como apunta Yagüe, investigador del
Observatorio Internacional de Estudios sobre Terrorismo, durante su intervención en Informativos.net (2020), el mensaje del Daesh en relación con la COVID-19 ha sido dinámico y se ha caracterizado por una campaña emocional. Inicialmente manifestaron que el virus era una sanción directa hacia China por el conflicto con el pueblo Uigur.

Seguidamente entendieron que la expansión del mismo por el país italiano era una aflicción por ser la sede de la cristiandad y de los “cruzados” y, en Irán un castigo por representar la corriente contraria a ellos, el chiismo y apoyar al régimen iraní. Finalmente, tras extenderse en todo occidente lo justificaron como una sanción de Dios por el capitalismo y todos los actos cometidos contra los musulmanes. Sea como sea, su estrategia comunicativa oficial ha sido mediante la revista semanal, al-Nabā y en niveles sub oficiales y descentralizados, se han nutrido de sus simpatizantes -munāṣirūn- que han realizado su propio contenido propagandístico con un carácter técnico e impactante.

Para Altuna y García-Calvo (2020) su comunicación y producción mediática posee varias narrativas. Primero, han explotado las debilidades actuales de nuestras sociedades ya que, estos se alimentan del caos del exogrupo: un sistema al límite, temor a posibles atentados o la crisis de liderazgo de muchos representantes públicos occidentales, son ejemplos que cita la propia organización terrorista. Por todo ello, instan a sus seguidores en rentabilizar el desgaste psicológico de la “tierra de la epidemia”.

Segundo, reivindican que el impacto del virus en comunidades musulmanas, que hasta ahora ha sido menor, se debe a que el islam aboga por la higiene para la prevención de la enfermedad y en la creencia de Alá para protegerse de ella. Esta cuestión posee una doble lectura, pues el virus también será un castigo para aquellos musulmanes que se alejen del buen camino y abracen a occidente.

Y tercero, el Daesh entiende la pandemia como un castigo de Alá al infiel (kufr) y como venganza por todas aquellas acciones acontecidas durante el conflicto bélico. De este modo, anima a aprovechar la retirada de las tropas para retornar a los territorios anteriormente conquistados.

Fotograma propaganda yihadista

Finalmente, añadimos un cuarto elemento mostrado por Benrahmoune (2020) que ha sido explotado insistentemente en redes y canales terroristas. La COVID-19 en si misma, también es un soldado de Alá ya que, sus soldados pueden ser cualquier humano o fenómeno que actúe contra los infieles. De este modo esta doble narrativa se emplea para la lucha explícita contra el exogrupo y justificar que las muertes producidas por el virus son fruto de que este es un aliado de la causa terrorista, pero también, incitar a la redención, la yihad y el martirio.

Como bien señala García-Calvo (2020) sus mensajes poseen un doble objetivo: ofrecer narrativas justificadoras de la pandemia vinculadas a la doctrina salafista yihadista, indicando que la pandemia es un castigo de Alá hacia los no creyentes y una plaga enviada a los enemigos del islam y, a su vez, invitar a los combatientes a prevenirse del virus o bien, todo lo contrario, contagiar a la población si el individuo es portador y está en zonas occidentales. De hecho, el 12 y 19 de marzo el Daesh emitió distintas informaciones desde al-Nabā de cómo hacer frente a las situaciones de pandemia.

En la primera infografía del día de 12, se hallan 7 directivas Shari y facilita un conjunto de pautas para la protección, cuidado e higiene personal. Primero, las enfermedades son un decreto de Dios. Segundo, debemos confiarnos y buscar refugio en él. Tercero, protegerse del contagio. Cuarto, las personas sanas no deben entrar en los epicentros de la pandemia, y quiénes se hallen allí y estén afectados, no deben desplazarse fuera de ellas. Quinto, hay que bostezar y estornudar cubriéndose la boca. Sexto, cubrir los vasos y recipientes de agua. Y séptimo, lavarse las manos.

En el segundo comunicado del día 19 de marzo, Daesh planeó un plan estratégico titulado “La mayor pesadilla de los cruzados” en que justificaba el porqué, aprovechando el confinamiento provocado por el COVID-19 era una oportunidad para avanzar en su
conquista y atacar occidente por diferentes motivos:

(I) Los países, especialmente los de los cruzados, asignan masivas cantidades de dinero en combatir la propagación de la pandemia, lo que hace que sus FFCCS estén vinculadas a la seguridad pública y la asistencia de los civiles.

(II) Temor a una dificultad económica que perjudicará a los pobres como resultado de la caída de los mercados,

(III) posibilidad de caos y anarquía que se verá reflejado en un aumento de los ataques contra personas y propiedades (Barak, 2020).

Autores: Ariadna Trespaderne, criminóloga y secretaria general de CISEG; y David Garriga, criminólogo y presidente de CISEG

Artículo extraído de la revista Al-Ghurabá, nº 36, edición agosto 2020, ISSN 2565-2222

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