
Esta frase es una de las grandes verdades, que he comprobado en mi larga vida a punto de la extinción. Con el crematorio cerca y la residencia de residuos arrumbados más cerca todavía. La vejez tiene una sola cosa: el miedo – al menos en mi- desaparece, porque lo que se acerca inexorablemente no tiene remedio. Ni el cura regándote con agua bendita, con incienso a mogollón y cantando todos los goris goris del mundo, en un latín que ni él sabe, lo arregla.
De joven uno tenía miedo a los exámenes y el pánico se desataba cuando el cura del colegio decía: guarden todos los libros, dejen la mesa limpia y cojan solo un bolígrafo. Ahora los exámenes me la soplan porque si la próstata no da la lata, sale por la otra esquina el azúcar, el ácido úrico, la tensión o cosas aún peores como elas, cánceres variados y su puta madre. De joven tenías miedo a las oposiciones, al paro, al sargento cabrón de la mili o al jefe capullo que te amargaba la vida.
Si eras jefe – mi caso y mi desgracia- te preocupaban los absentistas que te jodían el servicio y los sindicatos de las gambas, aprovechados como no he visto otra cosa y que solo se pacificaban si pillaban algún carguillo. Estoy por hacer un último libro: guía de bajas médicas y cuentos chinos para no trabajar y hasta conseguir ser un hombre modelo sin dar golpe.
Hoy nada de eso me preocupa, ni las alabanzas ni que me pongan verde y a mi madre, la tengo plastificada, inmune desde que tomé posesión de la dirección de Nanclares de la Oca en el año 90. Cambio toda condecoración por una erección buena y a tiempo.
Los gobiernos nos odian aunque no lo digan, porque somos una carga difícilmente soportable, pero si decretan nuestra eliminación, como si fuéramos palestinos en Gaza o iraníes en Isfahan, los llaman hitlerianos y tienen que ser farsantes y proclamar hasta qué punto les importa la tercera edad. Disimuladamente nos sacan del escenario, nos ningunean y nos hacen invisibles. Se inventan que nos suben la pensión y siguen clavándonos el ilegal ierrepeefe cuando no tenemos ni una mierda de rendimiento del trabajo porque trabajamos menos que el catequista de Putin, menos que el sastre de Tarzán y menos que la masajista de Jamenei. Mucho menos que el confesor de la isla de Epstein, que jamás apareció por allí por falta de clientela, ocupados enfermizamente en las chiquillas.
Nos eliminan – de los vejestorios hablo- poniéndonos firmas digitales y exigiéndonos que todo lo hagamos por ordenador, que nos descarguemos la página del banco y que hagamos la declaración de la renta, asumiendo el borrador de Hacienda que, de todos es sabido, es nuestra enemiga acérrima. Nos cabrean – muy malo para el corazón y la tensión, para los ictus y los derrames cerebrales- negándonos hablar con una persona si tenemos algo que reclamar porque los seguros, los bancos y cualquier organismo asesino de la sociedad actual te pone una máquina que es la que te habla. Si necesitas un cerrajero porque te has dejado la llave dentro pulse tres y péguese una vuelta porque no va a ir. ¿Le gotean los grifos y se le inunda la casa? Pulse cuatro y váyase de casa antes de que la inundación le llegue al pescuezo. ¿Quiere usted hablar con la policía local porque lo ha atropellado un taxista? Mate al taxista y huya. La policía está en servicios mínimos y en bronca máxima con su alcalde, no está para soportar abuelos torpes y que ven menos que una polla liada en un trapo.
Ayer, en la residencia, en la que ya me han avisado de la subida del precio -¿qué tendrá que ver una residencia de viejos con el petróleo?- , recordaba yo, dormitando, que dos días antes de que mi chica me dejara -qué buen gusto, qué inteligencia tuvo haciéndolo-, dos días antes bailábamos en casa una canción de Melendi…… yo lo recordaba cantando para mis adentros, pero se me fue la olla, me vine arriba y canté en voz alta: no hay nada más perro que el amor porque muerde siempre antes que ladra. Me latió tan fuerte el corazón y te dije, ven desde la barra. Extasiado andaba abrazando a mi chica de memoria, con ese cuerpo ebúrneo, inacabable, escultural, y de pronto me dio un calvote la monja, Sor Copón, diciendo: ya puede ir a confesarse porque la lascivia se le sale por las costuras. Está usted en pecado y eso es más grave a su edad. ¡Guarro!
No falte usted a la caridad, Madre Torquemada, que los improperios van en contra del mandato del amor al prójimo. No me llamo Torquemada, soy la hermana Sor Copón. Y me di media vuelta dejando al copón con la palabra en la boca. Me tiene manía esta monja y se empeña en que tengo el infierno a la vuelta de la esquina.
¿Por qué he pegado esta brasa cuando mi idea es que la historia la escriben los vencedores?
Leo el otro día, en un periódico de postín, que andan los etarras en la calle, que ha sido un cambio con Sánchez – acordado con Bildu y el PNV- de etarras en la calle, Txeroki, Gadafi y toda la recua, a cambio de que le sujeten el sillón. Nada que objetar. Sigue diciendo el periódico que Zapatero inició la vía Nanclares y nunca he visto una mentira más gorda en letra de imprenta. Bueno sí, cuando un sicario de la ultra derecha, dijo que a mi me habían detenido y que había sido puesto en libertad con cargos. Igual de falsa la afirmación, a ver qué se había fumado el sicario, o de qué garrafón había bebido.
Señores que leen: la Vía Nanclares la ideó, la diseñó de principio a fin y la trabajó Antonio Asunción Hernández y en el diseño trabajó un funcionario sabio, cuyo nombre no diré por si él no quiere que se sepa. En primera persona y jugándome el pescuezo la llevé a la práctica yo, primero como director de Nanclares y después en el propio Ministerio de Justicia e Interior. Pregúntenle a Juan Alberto Belloch que es un hombre lúcido, serio y veraz.
Les voy a contar una historia, remedando a Alsina. Es muy corta, no sufran: Cesado un servidor en mi puesto del ministerio referido – cese automático tal y como cesaba el ministro y las tres secretarias de estado, Margarita Roles reenganchada ahora con Sánchez-, estaba yo tan tranquilo porque era funcionario de carrera y no asesor sobrevenido y enchufado tipo Koldo, por ejemplo, y me llamaron de la Universidad de León para dar una conferencia sobre terrorismo. Fui, para distraerme y sin cobrar un duro, que es lo que he hecho siempre. Sin cobrar. Llego a la Universidad – invité a Antonio que salió desde Valencia y nos juntamos en La Almarcha para ir juntos a León-.
Dimos la conferencia a medias y ¿Quién estaba sentado en la primera fila en su calidad de profesor, creo que ocasional, de la Universidad aquella? El señor Rodríguez Zapatero, un completo desconocido en el otoño del 96 que es cuando dimos la charla dicha. Luego nos fuimos a comer, invitados, pagaría la Universidad, una exquisita sopa de trucha a un bareto como de pueblo, cerca de la plaza de la Inmaculada en el propio León.
La vía Nanclares llevaba funcionando desde las famosas conversaciones de aquella cárcel, o sea, desde el año noventa. Si quieren les digo los nombres de los del PNV con quienes nos entendíamos en ese asunto, primero Antonio y luego yo por delegación de él. Zapatero ni existía entonces. Y vienen estos con que es el creador de la vía Nanclares.
También se apropiaron de las visitas a presos – Maixabel Lasa, la viuda del gobernador civil de San Sebastián, Juan María Jauregui Apalategui, asesinado por la banda en el 96, uqe fue el único que tuvo cojones, en mayo de ese año, de sujetar una pancarta por la libertad de Ortega Lara junto con un servidor y con la hermana, Consuelo y la Viuda, Ana Iribar, de Gregorio Ordóñez. En la puerta de la cárcel de Martutene y con dos funcionarios – no se atrevieron más- de espaldas para que no se les viera la cara.
Los que iniciaron esa Vía fueron Etxabe y Urrutia, dos etarras que criticaron a la banda, fueron expulsados y etiquetados como traidores y así siguen, cuando todos los que han puesto ya el pie en la calle han seguido sus pasos como borregos y ellos siguen siendo lo grandes traidores de la patria. Una vergüenza. Todo el que se apunte para él la demolición de ETA, miente como un bellaco o como un memo. Antonio Asunción, número uno en esa lista contra la banda, no ha sido reconocido como uno de los principales. De mi ni digo, ni pido ni me interesa nada. Lean De prisiones, putas y pistolas y lean Cuarenta años de cárcel. Sin redención. Si tiene alguna duda pregunten en la residencia por Sor Copón, ella sabe dónde encontrarme, con la antipatía que me tiene esa inquisidora….







