
Los políticos y los seguros son lo mismo. Idénticos. Cuando te pretenden afiliar – o que los votes en su caso-, cuando te están tirando los tejos para asimilarte, todo son promesas. ¿Conocen el refrán? Mucho prometer, hasta meter. Después de metido, nada prometido. Tú tienes un percance. Nadie sabe nada. Seis teléfonos distintos – algunos de pago de 1,77 euros el minuto y te tienen media hora- te dan una clase de protección de datos, de grabación y protección de la intimidad y estoy a punto de recibir otra de sexualidad para adultos o de seguridad ciudadana del ministro del interior, pero le cuelgo. Luego empiezan a pedirte datos, números, matriculas, localizaciones, política para ejercer derechos y la privacidad de datos y hasta la partida de bautismo o de confirmación a poco que te descuides. Te mandan un mapa del mundo para que les localices el coche y tu – vejestorio con ninguna práctica cibernética- lo localizas en Vietnam o en el desierto de Mongolia, cuando el coche está entre Maracena y Albolote. Todos muy bien, la telefonista colombiana tiene muy buenas palabras, pero no te manda la grúa ni te ayuda a arrancar el coche que se te ha averiado.
Los políticos exactamente igual: ¡Cuánto prometen! Pedro Sánchez no suelta la calculadora. No tiene presupuestos ni puede tenerlos. No hay techo de gasto ni sabe cuánto va a aumentar la deuda. Anda detrás de Puigdemont, se arrastra ante él como don Juan Tenorio ante doña Inés, para darle cualquier cosa que le pida y anda haciendo la pelota a Podemos, Sumar, PNV, Bildu, Esquerra y cualquiera que se le ponga por delante, suplicando un voto, para seguir en el sillón. El sillón es la razón de ser, lo único importante.
El gobierno se alegra y a la vez se entristece y se preocupa – eso que llaman los psiquiatras ambivalencia- de que la gente ya se haya olvidado – los periódicos y las teles también- del Fiscal general y casi hasta de Cerdán, que se ha ido a su casa de Navarra, una casa reacondicionada metiéndole billetes, que se parece poco a su ser primitivo y humilde. Yo lo he dicho siempre, en la cárcel, a todos los políticos, a los narcos, a los estafadores que entraban les contaba aquel dicho de un preso viejo de la cárcel de Benalúa: El dinero es como la hermosura, no puede estar oculto. Esto, acordaos ahora que entramos en tiempo de penitencia y conversión, en el adviento, es también una máxima evangélica y un principio filosófico. Venga, me voy a tirar el farol culto. Dice el evangelio de Mateo que era como la Montero, cobrador de impuestos, que no se enciende una luz para ponerla debajo del celemín sino en un candelero – en el candelabro de la mazagatos.
Si uno amasa pasta tiene que mostrarla, porque en tu pueblo, en tu barrio tienen que ver que eres un tío de nivel. Por eso a la Paquí la conocían – dicen, presuntamente, todas las dependientas del Corte Inglés. También le pasaba eso a la mujer de Jaume Matas, el del Palma Arena, ella Maite de Villajoyosa, que contaban en Palma las de las tiendas del Borne, que pagaba con billetes de quinientos pavos. Presuntamente, la señora. Filosóficamente, sigamos con el detalle culto, esto es como el Dios de Plotino, el Uno. El Dios del neoplatonismo que contaminó a Pablo antes y después de caerse del caballo. El Uno emana continuamente porque tiene y porque le sobra y, como tiene tanto, se derrama por los bordes. Lo mismo que los que se forran a comisiones que tienen y tienen que mostrarlo. Eso, en Criminología, incluso en la Crítica, le llaman signos externos de riqueza y es algo que les gusta mucho a todos los que fardan de haber triunfado en la vida. Los de los coches de seis cilindros, los del biturbo, los de los jacucis en el jardín con una fámula sudamericana maciza de romperse, los pablos escobares, los que encienden los cohíbas con billetes de cincuenta. Pues eso, que el Avaro de Moliere, que tiene el arca llena de pasta y vive miserablemente no tiene sentido porque las mortajas no tienen bolsillos y uno no se lleva nada. Hay que fardar y buscarse una niña de veinticinco, plastificada a tope y que enseñe las bragas cada vez que se baja del Maserati, para general envidia.
Bueno pues ahora, Koldo, Cerdán y Ábalos – que dice que no es putero y hay que respetar su presunción de inocencia- se han apagado un poco mediáticamente y ahora el famoso es un gocho sevillano, que atiende por Paco Salazar, como las de azúcar moreno aunque no se si es su primo. Este tío, asesor de alto nivel, no sé de qué, ha rebotado a todo el feminismo socialista y anda pidiendo su cabeza porque salía del tigre y le ponía la bragueta en la cara a alguna subordinada. ¡Qué poca elegancia, como decía un loco en una cárcel por donde anduve! Este, alababa a un fiscal y decía: Me ha pedido veinticinco años de condena, pero… qué señor tan elegante. Ahí está el asunto, la elegancia.
No se puede ser sincero. He terminado un libro, el último. “Cuarenta años de cárcel. Sin redención”. Lo he mandado hoy a la editora, y sin haber sido publicado, algunos de mi colegio – ¡que peligrosos son los grupos de guasap de compañeros de hace cincuenta años!- por lo que he hablado de la represión sexual en el franquismo y nacionalcatolicismo de los sesenta, ya me están llamando hereje.
Voy a contaros una historia muy corta, como dice mi admirado Alsina: Un cura amante de la pasta y que no tenía bastante con la bandeja que pasaba en la misa de los domingos, como no podía cobrar comisiones por adjudicar obras en túneles ni en ningún otro sitio, se fue al ejército y, como yo escribí que la confesión fue un invento del siglo XIII como instrumento de poder en manos de la iglesia, me puso como hereje y me dio por condenado para toda la eternidad. Me libré de la hoguera por los pelos, porque ya no se estilaba y el último quemado había sido el maestro Cayetano Ripoll, valenciano, ilustrado y laicista. Aquel cura, de haber podido, me habría fusilado fijo, como alguno de mis colegas de colegio, cuando Franco aún mandaba, por no creer lo de la condenación eterna si te hacías pajas. Ahora los urólogos dicen los contrario, hay que dar rienda suelta a la testosterona para no fastidiar la próstata, pero no en la oficina donde se asesora al ente estatal, que el estado no eres tú, Salazar – presuntamente.
En fin, seamos “ius positivistas”, se apagan los ecos de Cerdán, se han pagado los ecos del fiscal general, ya nadie se acuerda de Bárcenas ni de la operación Brugal. No sabemos donde andan Granados ni el Albondiguilla, tampoco Ignacio González. Ahora lo importante es que los socialistas se reúnen de urgencia en la comisión que lucha por la igualdad. Van a prohibir salir del aseo con la bragueta abierta. Es terrible esto de legislador tipificando conductas punibles.







