
Por: Alejandro López Calviño | Técnico Superior en Prevención de Riesgos Laborales (tres especialidades). Cuerpo de la Policía Local de A Coruña. 0009-0004-3781-9930
Cada vez que se registra un siniestro grave, el ritual se repite con precisión de relojero: titulares agradecidos, declaraciones solemnes y una palabra que lo invade todo como un bálsamo colectivo: héroes. A médicos, policías, bomberos y guardias civiles, a veces también a militares, se nos vuelve a elevar a una categoría casi épica por hacer exactamente aquello para lo que hemos sido formados, entrenados y tomado posesión. Quizá haya llegado el momento de decirlo con claridad: no somos héroes. Somos profesionales.
Llamarnos héroes puede parecer un gesto de reconocimiento, pero en realidad encierra una trampa cómoda. El heroísmo implica excepcionalidad, sacrificio voluntario, algo que vaya más allá del deber. Sin embargo, intervenir en una emergencia, atender a un herido, asegurar una zona o apagar un incendio no es un acto extraordinario: es nuestro trabajo. Para eso estudiamos, entrenamos durante años, asumimos turnos imposibles y cobramos un sueldo a final de mes.
Esta narrativa no tiene un problema semántico, su problema es político y social. Cuando se convierte la profesionalidad en heroísmo, se diluye la responsabilidad de dotar a estos servicios de medios suficientes, condiciones dignas y respaldo institucional real. Al héroe se le aplaude; al trabajador se le protege. Y el aplauso nunca ha pagado una nómina justa, ni ha renovado un equipo obsoleto, ni ha reducido una jornada abusiva; no mejora la prevención de los riesgos laborales.
El mito del héroe exige silencio. El héroe no se queja, no protesta, no reclama derechos. Aguanta. Se sacrifica. Sonríe ante la adversidad. Y si cae, se le rinde homenaje, pero rara vez se revisa el sistema que lo empujó al límite. Llamarnos héroes es, muchas veces, una forma elegante de pedirnos que aceptemos lo inaceptable.
No voy a ser yo el que niegue la existencia de actos valientes. Por supuesto que existen intervenciones que superan lo exigible y personas que, en un instante concreto, hacen algo extraordinario. Pero eso no convierte a un grupo interviniente o todo un colectivo en héroes permanentes, ni debería ocultar que el valor verdadero está en la profesionalidad diaria, en la preparación, en los protocolos, en el trabajo en equipo y en la responsabilidad asumida. Llamarnos héroes genera vanidad, y eso sustrae profesionalidad.
No necesitamos estatuas ni palabras grandilocuentes. Necesitamos respeto real: recursos adecuados, formación continua, seguridad jurídica y reconocimiento laboral Llamarnos médicos, policías, bomberos o guardias civiles. Llamarnos servidores públicos. Pero no nos llaméis héroes para evitar llamarnos trabajadores con derechos. Porque cumplir con nuestro deber no nos hace héroes. Hace, simplemente, que el sistema funcione. Y eso, aunque menos épico, es infinitamente más honesto.






