
El Gobierno está obligado, por Sentencia Firme del Tribunal Supremo, a declarar que los Policías Nacionales son una profesión que merece la jubilación anticipada, y todo ello en atención a la especial peligrosidad de su oficio. Parece mentira que tenga que ser así, porque les obligan unos magistrados…
Somos una profesión de riesgo, que se lo digan a Óliver, a quien el pasado martes, a última hora de la tarde, su buen hacer profesional le envió al hospital, donde permanece, con pronóstico reservado.
A las 19:00 horas estaba en su vehículo radiopatrulla, trabajando, por la bella ciudad de San Cristóbal de la Laguna, en Tenerife. Dos horas más tarde estaba en la UCI del Hospital, y sus familiares temiendo por su futuro… uno más, otra vez más, y van miles en esta profesión “aun no de riesgo”.
Iba Óliver con su compañero en dirección a la comisaría, y se encuentran con un ciudadano que tiene un problema; está, con su vehículo averiado, en la salida de la autovía, en una curva, muy expuesto. Ni lo dudan, paran para ayudarle. ¿Por qué? Porque son policías, porque saben que estar ahí para él es un riesgo, y para ellos también, pero es su trabajo. Paran su coche, usan los medios que tienen para señalizar y blindar el perímetro del vehículo averiado, para protegerlo (eso hacen los policías).
Llegan más medios, llega un furgón de mantenimiento de carreteras con una gran señal que corta el carril, bien visible. Ellos ponen el triángulo, los conos, y se mantienen alerta, indicando a los conductores el obstáculo, que tratan de empujar para llevar a un lugar seguro. Todo se hace, y más: piden ayuda, se interponen entre el vehículo, el ciudadano y los coches que circulan, para avisar. Se exponen ellos para que no se expongan los demás (repito, es su trabajo).
Óliver lo tiene todo controlado. Una gran señal luminosa, un carril cortado, el tráfico lento sorteando la avería. No importa, una persona mayor, al volante de su vehículo, vaya usted a saber por qué, se salta la doble línea continua que separa el carril, obvia los conos, el triángulo, la gran señal luminosa y atropella a Óliver.
Su compañero le asiste rápidamente, pide que envíen una ambulancia. Mientras Óliver permanece tendido en la calzada, inmóvil, con todo el dolor del mundo, con todas las dudas y el miedo propios de quien no sabe si saldrá de esta…
Después, la UCI, el hospital, la valoración de daños. Pronóstico reservado. Muchos hombres y mujeres de azul cruzando los dedos, con el alma en vilo. Hasta que llega la noticia, está jodido, pero parece que saldrá adelante. Y entonces muchos hombres y mujeres de azul suspiran. Porque cuando hieren a uno, nos hieren a todos…
Y es aquí donde viene la clave, lo que yo barrunto, lo que se me antoja necesario aclarar. Que no hace falta que nos ataquen con armas semiautomáticas, que no es necesario que nos claven cuchillos o navajas, o que nos pongan bombas. Eso pasa, y cada día con más frecuencia, por desgracia. Pero aun sin eso, también somos los que podemos caer rodando por un acantilado, o en una zanja, o ahogarnos en una riada o en el mar (queridos héroes de Orzán…), sufrir un colapso, salirnos de la calzada y chocar cuando vamos a toda velocidad porque alguien nos necesita… la nuestra es una profesión de riesgo porque somos los que vamos corriendo hacia el peligro para que a ti no te alcance.
A Óliver no lo atropelló un delincuente, ni un terrorista, ni un conductor borracho. No fue un malvado criminal, fue un pobre ciudadano que se descuidó, o se puso nervioso… Y es por eso, porque los Policías asumimos el riesgo venga de donde venga, porque la nuestra es una profesión peligrosa. Gracias Tribunal Supremo.
Gracias Óliver. Ánimo compañero.






