
Martín Turrado Vidal*
Introducción. Los gangs de Nueva York
El libro de Herbert Asbury, “Gangs de Nueva York. Bandas y bandidos en la Gran Manzana (1800-1925)”, sobre el que se basa la película de Martin Scorsese, apareció en 1927, ha sido traducido al español y editado por Edhasa. De él dicen los editores que es “una obra extraordinaria” y no voy a ser yo quien les contradiga. Sin embargo, a los editores se les ha olvidado adjuntar algún plano de Nueva York de la época, por lo cual, a los lectores que no conocemos la ciudad, se nos hace muy cuesta arriba seguir y aún más comprender muchos de los detalles que se apuntan en el libro, porque no sabemos cuál era la situación de las calles, que se nombran una y otra vez, donde radicaban los grupos de delincuentes y donde se libraban las batallas entre ellos. Si a esto se une que se nombran bandas, de las que se ofrecen pocos detalles, algunos pasajes del libro se convierten en una lectura tan amena como la de la guía telefónica.
Esto no obsta para reconocer que es un gran libro y que en el juicio de fondo estamos muy cerca del de los editores. El mundo de la delincuencia que describe es sencillamente alucinante, porque se van amontonando sin cesar y sin dar ni un solo respiro al lector una serie de episodios sumamente violentos.
Ya se me ha planteado, por parte de un periódico de tirada nacional, la cuestión de si puede haber paralelismos entre la delincuencia madrileña de esa época y la de Nueva York que describe Asbury. La verdad es que, planteada así la cuestión, solamente he encontrado una: el beso del sueño. Hay muchos factores para que no hubiera demasiadas coincidencias, por lo cual es muy importante que tratemos de analizar, al menos, los más importantes.
Las diferencias entre las dos ciudades
Empezaremos por significar la más obvia: en esta época Nueva York pasó de una población de unos 500. 000 habitantes a 1.500.000, mientras que Madrid, de 200.000 habitantes pasó a los 700.000. Resultaba mucho más difícil mantener el anonimato en Madrid que en Nueva York, y, por lo tanto, como primera consecuencia importante, el nivel de violencia que se podría era ejercer era bastante menor.
Pero hay otro factor que explica mejor la situación: la de la composición étnica de las dos ciudades. Madrid tenía una población homogénea, y si recibía emigrantes, estos procedían de su entorno, mientras que Nueva York tenía una composición étnica muy diferenciada: junto a los descendientes de los colonizadores ingleses, existían fuertes colonias de irlandeses, de eslavos, alemanes y centroeuropeos, italianos, judíos y negros. Esto es una de las claves más importantes para entender el libro: porque esas bandas de gánsters se organizaban por nacionalidades de origen y eran muy territoriales. Lógicamente la emigración contribuía a que se formaran unas bolsas de marginación social muy grandes, que eran el suelo abonado para formación de agrupaciones de delincuentes.
La tercera era de índole topográfica. Nueva York, por su situación era uno de los puertos de mar más prósperos del mundo, lo que traía consigo una población flotante muy grande de marineros, a la que había que atender. Madrid no es puerto de mar. Eso marca muchas diferencias. Por ejemplo, en materia de delincuencia, que las técnicas para desplumar a los viajeros se hayan tenido que importar desde Cádiz, porque era el puerto español más activo en el comercio con América durante el siglo XVIII. “Los pimpis” gaditanos dedicados a este “negocio” –nada violentos, por cierto- gozaron de una justa y más que merecida fama. Sin embargo, en Nueva York no tuvieron necesidad de importarlas de ningún sitio, porque se desarrollaron a la par que otras manifestaciones de la delincuencia.
La violencia
La enorme carga de violencia que recorre el libro de Asbury es, tal vez, lo que más impacta sobre el lector, porque es ciega y arbitraria. En una población con unas diferencias étnicas tan grandes, con unas diferencias sociales y de rentas tan enormes, la violencia constituía una forma, brutal eso sí, de resolver conflictos.
El sistema político americano no dejaba otra forma de hacer más que la reflejada perfectamente por el libro: los políticos pactaban con las bandas de gánsters la forma de llegar al poder, mediante la coacción a los electores. A cambio se hacía la vista gorda para sus actividades y no surgieron los problemas hasta que sus peleas a tiros en la calle sembraron la alarma entre la población. Los partidos políticos controlaban y se mantenían en el poder gracias a estas alianzas y sucedió así durante los años centrales del siglo XIX.
Si comparamos esos años con lo que ocurrió en Madrid, encontraremos una forma totalmente distinta de manifestarse la violencia. Mientras que en Nueva York se utilizaba para mantenerse dentro del sistema, en Madrid se utilizó por tres veces para intentar derrocarlo. Las válvulas de escape para la violencia en Madrid fueron las revoluciones de 1848, 1854 y 1868 y también las contrarrevoluciones. La violencia utilizada por nuestros revolucionarios y contrarrevolucionarios no le iba a la zaga de la de los gánsters de Nueva York. El célebre episodio de 1854, por ejemplo, en el que la banda, porque no de otra forma se la puede calificar, del torero Pucheta sacó en su mismo colchón de la cama a Francisco García Chico, policía de Madrid, que se encontraba enfermo y medio moribundo, para ahorcarle en la plaza de la Cebada en medio del fervor delirante de lo más bajo de la sociedad madrileña, tiene muy poco que envidiar a muchos de los sucesos que cuenta Asbury. La diferencia es que mientras en Nueva York se incluyen dentro de una historia de la delincuencia, éste forma parte de los Episodios Nacionales.
La violencia en España formaba parte del sistema político y se utilizaba como medio de alcanzar el poder. Se tenía como algo legítimo recurrir a ella: las incesantes guerras y pronunciamientos que recorren todo el siglo XIX son la mejor muestra de ello. En ese marco se debe tomar el anterior episodio: una vez que triunfa la facción que no lo detentaba, impone sus caprichos y ejercita unos actos de violencia, a veces muy desmesurados, contra sus contrincantes. Sin embargo, eso era imposible en Nueva York, donde los partidos tenían perfectamente delimitado su terreno de juego y podían alcanzar el poder sin acudir a métodos violentos: su alianza fue solamente instrumental y duró lo que tardó en reaccionar la opinión pública contra ella, lo cual hizo que fuera un mal pasajero.
La organización de los delincuentes
Está muy claro que todas las reflexiones que se llevan expuestas inciden a su vez en la organización de los delincuentes. La fuerte presencia de las etnias, la delimitación territorial de sus actuaciones y la enorme carga de violencia hicieron que en Nueva York la delincuencia se organizara alrededor de bandas de gánsters más o menos estables en el tiempo, pero que normalmente sobrevivían a sus líderes. El número de los asociados era variable, porque dependía de la cantidad de botín que podían repartir y del territorio que podían controlar. Las guerras entre ellas repercutían de una forma muy negativa en toda la vida de la ciudad y las muestras de violencia eran sumamente extremas y arbitrarias, como la de matar a un pobre hombre para que hiciera el número cincuenta de una lista macabra.
En Madrid, al estar ausentes esa carga de violencia y esos componentes étnicos, los delincuentes tendían a agruparse en cuadrillas, que, por su misma definición, era agrupaciones temporales y sin un dirigente estable, en la mayoría de las ocasiones. La cuadrilla no pervivía en el tiempo, era variable en su composición y los lazos entre sus componentes eran meramente ocasionales. Dependía del tipo de delito que se quisiera cometer, y cuántos eran necesarios para llevarlo a cabo. Así fue como actuó el más célebre bandolero madrileño, Luis Candelas. Su cuadrilla estaba formada por cuatro o cinco personas, actuaron juntos en contadas ocasiones y no sobrevivió a la ejecución en público de su mandamás. Pero las actuaciones de esta cuadrilla parecen casi angélicas al lado de las que protagonizaron Monk Eastman y su banda en Nueva York. Son dimensiones no comparables.
Además, el delincuente madrileño era más individualista y casos como el del célebre barón Von Bulow, estafador notable que actuó durante la primera guerra carlista, o el de Federico Laveruy, que actuó durante la Restauración representan de una forma más genuina a este delincuente que, incluso, la cuadrilla.
Se puede decir que en la delincuencia madrileña abundaron más los hurtos, los timos, estafas y otros delitos mucho menos violentos que los asesinatos, robos, extorsiones, daños y otras manifestaciones delictivas de las bandas de gansters neoyorkinos. Se puede contraponer la habilidad y labia de unos a las formas mucho más salvajes de los otros.
El beso del sueño
Curiosamente es este modus operandi el único que encontramos en común entre los delincuentes de Madrid y los de Nueva York. Como se sabe, consistía en echar un narcótico en el agua, que después la prostituta pasaba a través de un beso a su cliente, quien entraba en un estado de letargo profundo, circunstancia que era aprovechada para desplumarle. Ignoro por qué era común y cómo llegó a ambas ciudades. Según el libro de Agsbury esta forma de actuar era ya común entre las prostitutas de Nueva York en 1862. En Madrid está documentado un poco más tarde, hacia finales de las I República en 1872. Pero esta circunstancia, el retraso en la aparición en Madrid, es normal.
Al tratarse de un modus operandi aparecido y ligado a los puertos, es mucho más fácil de suponer que llegara primero al de Cádiz o al de Vigo que a una ciudad del interior y que incluso fuera importado desde estos lugares.
La forma de ejercer la prostitución no se parecía en nada en las dos ciudades. En Nueva York se ejercía esta actividad a través de salones de baile, posadas y en lugares públicos, como calles y parques. La actividad de los gánsters era algo visible y predominante en este mundo, donde actuaban como proxenetas.
En Madrid estaba prohibida al aire libre, por lo cual a la que trataba de ganarse clientes en las calles podía ocasionarle el disgusto de verse encerrada una quincena por orden del gobernador civil. Tampoco había salones de baile ni antros parecidos a los que describe Agsbury. Lo normal es que se ejerciera en casas cerradas y preparadas para ello, donde las prostitutas permanecían encerradas bajo la supervisión de un ama. Pero estas casas y sus célebres salones eran utilizados también para otros fines, como lugares de conversación y tertulia por parte de los clientes, como restaurantes para celebrar determinados eventos y festividades y, en fin, como lugares de encuentro, sin que necesariamente tuvieran que llevar al contacto con las prostitutas. En este ambiente era sumamente raro que se produjeran robos, violencia o cualquier otra cosa que pudiera incomodar a los clientes habituales.
Solamente tenían de común las situaciones de violencia que vivían “las pupilas”, que eran forzadas a continuar en el oficio o que eran traspasadas, vendidas, cedidas o alquiladas como si fueran una mercancía cualquiera. La trata de blancas era entonces, como sigue siendo ahora, una lacra mundial.
Conclusión
Este recorrido nos ha permitido hacer hincapié en una serie de puntos muy interesantes, de los que únicamente se ha podido apuntar lo más sobresaliente. De todas formas, creemos que es suficiente.
La violencia ejercida por las bandas de gansters en Nueva York no tiene paralelismo en el Madrid del siglo XIX ni de principios del siglo XX. La explicación es la que se apunta: mientras en Nueva York esa violencia se usa dentro del sistema político, en Madrid, se trata de derrocar al sistema mediante su utilización. Los bajos instintos se dan salida de forma diferente. Por lo demás la cohesión de la población de Madrid no permitía otra fórmula.
La ausencia de coincidencias hace más interesante que se profundice en las formas autóctonas de la delincuencia. Hasta ahora solamente han llamado la atención los grandes delitos: asesinatos, algunas estafas, la utilización de explosivos y de armas. Si esta película sirve para que se desarrollen otros estudios más profundos sobre la delincuencia, bienvenida sea.
Hay quienes claman por la falta de argumentos, de guiones y de ideas para realizar películas. La historia de la delincuencia del siglo XIX ofrece tal cantidad y tal calidad de ellos, que sobrepasan en mucho lo que la más calenturienta de las imaginaciones pueda concebir. Porque también en este caso es cierto que la realidad va muy por delante de la ficción. La película de Martín Scorsese es una buena prueba de ello por lo que respecta a Nueva York, ya que en lo que concierne a Madrid está sin realizar.







