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España, narcoterritorio violento: la cotidianidad del mal

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Columna de Ricardo Magaz en h50 Digital Policial. “CRÓNICAS DEL NUEVE PARABELLUM”.

El concepto «banalidad del mal» tomó carta de naturaleza de la mano de la filósofa Hannah Arrendt en 1963. Dentro de la Ponerología, que es la ciencia que estudia el mal en genérico, podemos mostrar mil ejemplos sobre la malignidad planteada desde la superficialidad, la intranscendencia, la trivialidad…

Una muestra contemporánea de ausencia de la conciencia del mal causado (físico o moral), y por consiguiente deshumanizado, es sin duda el narcotráfico con su violencia, su corrupción, su coste en vidas y el gigantesco deterioro de la salud pública que origina.

Crimen sin fronteras

El tráfico de drogas va más allá de la infame proliferación de series y películas sobre la vida y milagros de grandes capos en sus lujosas mansiones manejando los hilos del “crimen sin fronteras”, en una especie de atracción inconfesable de los espectadores hacia la erótica de la transgresión. En este campo hay estudios publicados sobre la sugestión morbosa por lo prohibido, o simplemente por el más palmario síndrome oficioso del “tú que puedes”.

Que la camiseta con la efigie del narcoterrorista colombiano y patrón del mal Pablo Escobar, con centenares de asesinatos a sus espaldas, sea más vendida que la del propio Che Guevara, ya pone de manifiesto la gravedad del asunto. No en vano, los informes anuales de la ONU sitúan al narcotráfico como una de las 20 mejores “economías” del planeta.

“Multinacionales de la droga”

Estamos hablando realmente de “multinacionales” mafiosas con estructuras piramidales donde participan miles de personas en los diferentes escalones, desde el camello más servil al máximo padrino en la cúpula, que no se perciben a sí mismos como infractores. En su mundo simplemente están “cumpliendo con el trabajo”. La violencia no se concibe como algo deshonesto o ilícito, sino un mecanismo impersonal inevitable.

Así, cada eslabón de la cadena actúa con una lógica burocrática aplastante donde la responsabilidad moral se diluye sin ambages. Los individuos del cártel, del clan, de la banda o de la red se limitan a desempeñar su papel, a dar su particular pincelada sin reflexionar sobre el cuadro completo, normalizando de este modo la violencia, incluso sicarial. Una vida en ese ámbito apenas tiene valor; se cosifica y punto.

Narcoterritorios en la Península Ibérica

En zonas donde el narcotráfico ha permeado, la criminalidad, la corrupción y la impunidad se vuelven algo cotidiano. No es necesario viajar a Latinoamérica en busca de casos extraordinarios. En España, con su puerta de entrada por la situación geoestratégica de la Península Ibérica y la carencia de medidas adecuadas, tenemos muestras punzantes a diario de narcoterritorios en los medios de comunicación, tanto si nos fijamos en áreas de influencia del Estrecho de Gibraltar como en Galicia, entre otras jurisdicciones.

El fin justifica los medios

Con todo, el narcotráfico es un ejemplo perfecto de cómo el mal puede volverse rutinario y con escasa alarma social. En verdad, estas bandas no necesitan recurrir a psicópatas o a sociópatas de manual, solo a personas que cumplan su rol al margen de la ley, conocedoras sin embargo de la importancia del delito y en consecuencia sin dificultades de conciencia. El fin justifica los medios. Aunque ciertamente, plantear un dilema moral a un narcomafioso resulta pueril, de necios o de bizcos; es decir, de quien mira por motivos menos confesables para otro lado o recibe un sobre.

En resumen, la banalidad del mal en cualquiera de sus géneros.

(*) Ricardo Magaz es profesor de Fenomenología Criminal en la UNED, ensayista y miembro de la Policía Nacional (s/a)

 

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