
Escribo desde Alicante, una ciudad maravillosa, aunque la más sucia de España junto con Cuenca. Hoy, la más calurosa por el viento de poniente que nos pone a cuarenta grados. Eso, con la humedad del 80%, es como pasar un día en el infierno que los curas nos predicaban en cuaresma, con Satanás disfrutando con la fritura humana que controlaba en sus calderas. Hoy, en Onda Cero, he entrevistado a un señor – Rafael Núñez- que es, creo, diputado del PP en la Asamblea de Madrid. No le he preguntado por su cargo político ni por su afiliación porque se trataba de hablar de literatura. Su libro muy interesante: La Nación sin autoestima. Curiosamente – se lo he dicho a él- es similar en el título a otro que entrevisté hace años – es el inconveniente de la edad, que es una mierda- La Construcción de la Nación Española. Noten el título, buenísimo, y noten el autor, Mario Onaindía, etarra condenado a muerte en el Proceso de Burgos y luego senador, pero esa es otra historia.
El libro de Rafael y el de Mario, merecen ser leídos por su interés extraordinario y la cantidad de doctrina importante que contienen.
En el de Núñez, Stanley Payne, afirma: “España es el país occidental, probablemente el único del mundo, en el que una parte de sus escritores, políticos y activistas, niegan la existencia misma del país”. De acuerdo con él, para Javier Marías, “España es un país raro y rastrero en el que cuesta admirar y sentirse orgulloso de alguien”. Sandrine Morell, corresponsal de Le Monde, afirma “España está lastrada por una inaudita capacidad de autoflagelación”.
Llevo años viviendo esta gilipollez que, si te pones en contra de ella, los progres de pacotilla te llaman facha, esos progres, pertenecientes a tantos lobbys inútiles pero que presionan un huevo – lean mi libro inminente “Yo soy el asesino”- suelen en sus discursos cuasi analfabetos, utilizar la expresión “Estado español”, en lugar de decir España. Piensan que así son sabios, progres, muy de izquierdas, aunque no conozca ni a uno solo de estos que, corriera ante los grises en la universidad de Granada, cuando Franco estaba vivo y coleando y
los que protestábamos pasamos alguna noche en comisaría y salimos de allí con algún garrotazo en las espaldas. Casi todos esos son ahora antifranquistas, pero cuando Franco vivía y reprimía, ellos ni siquiera habían nacido. Estado español es mucho más franquista que España, porque con esa expresión Franco quería evitar Reino de España – a mi la monarquía no me gusta- y evitar República española a la que él acababa de derribar con el golpe de Estado de Mola y de Sanjurjo que luego capitaneó y mantuvo cuarenta años.
Dejemos esto por ahora porque este artículo quiere ser continuación de los anteriores que han hablado de lugares mágicos de este país espectacular, a pesar de los gobiernos, que he visitado por suerte con la literatura y con eso voy a seguir.
Después de andar con “De prisiones, putas y pistolas”, con “357 Magnum” y con “Cuarenta años de cárcel”, saliendo de Alicante a la costa murciana y el sureste español, Calabardina – un sueño de amor-. San Juan de los Terreros – más amor, mezclado con el flamenco de Chaskío-. Almería – más amor aún con balneario-. Granada -mi tierra en la que es imposible ser profeta- y Sevilla – acojonado ante tantos catedráticos de la Universidad, que querían saber todos los intríngulis del desmantelamiento de ETA en la cárcel. Yo entusiasmado y nostálgico porque cuarenta años antes había dado un concierto en el cercano Colegio Claret, con un grupo cutre rockero, muy bueno, pero sin instrumentos, y dos de cuyos componentes se metieron a curas y acabaron de obispos en Guinea y en Perú, este último vecino de León XIV-. Una pena no haber seguido su camino porque seguro que habría llegado a algo mayor que carcelero durante cuarenta años, bueno no solo carcelero, también espía y etarrólogo. Jubilado, las motos y la literatura me hacen disfrutar y tener las neuronas engrasadas, aunque me mantengan sin un duro, porque ni medio homenaje me dieron al irme, después de jugarme el pescuezo y sin merecer – tantas cruces al mérito como veo de gentes que no han despegado el culo del sillón- yo ni siquiera una caja de Alhambra verde o un jamón serrano, que tampoco voy a pedir un piso en la Plaza de España o un trabajo en Tragsa.
Ha muerto Casilda y tendré que ir al psiquiatra porque aún la veo por el pasillo y vuelvo a casa sin tener nada que hacer, porque pienso que ella me estará esperando. Tengo insomnio y por las noches se me impone un pensamiento sabiniano, mi chica me ha dejado irremisiblemente. ¿Quién hará ahora mi trabajo debajo de tu falda? Y ella no me contesta. Dejado sin remedio.
De Sevilla, inmejorable solo con ver la Giralda y la Torre del Oro, paso a Córdoba y allí veo a otro cura que me trató muy bien en el colegio – sector pobre- en el que soportaba la emigración paterna. Recalo finalmente en El Pedernoso y he ahí el lugar mágico y fantástico que nadie, hasta ahora que yo sepa, ha sabido valorar y subir al mapa con tantos honores como merece.
El Pedernoso, pueblo del itinerario cervantino que hizo nacer y mantiene turgente al Quijote Negro e Histórico. No digo nada de su iglesia renacentista, su Ayuntamiento de piedra resistente al paso del tiempo y del Molino Cotolix, donde me tumbo en el suelo y sin que nadie me moleste me trago por enésima vez “En busca del unicornio” de mi amigo Juan Eslava, al que tengo que traer al Quijote aunque sea en brazos o a cuestas desde su casa. Muellemente, a la sombra del molino y cerca de El Toboso, sueño con mi Dulcinea, cuyo nombre no diré ni aunque me hagan posar como diana de mil flechazos – como San Sebastián- o me asen a la parrilla como el emperador Valeriano asó a San Lorenzo.
¡Que ruta turística y cultural desconocida! El primer día de relax me acerco a Villaescusa de Haro. Su iglesia, un pueblo de menos de quinientos habitantes, con Cayetano, un alcalde acogedor y “cicerone”, merece el viaje de sobra. Tiene una capilla con un retablo del siglo XVI que te deja sin respiración. En este pueblo, nacieron catorce obispos y desde aquí poblaron de obispos a media España. Diego Ramírez de Villaescusa hizo la capilla, admirando cuyo retablo del gótico tardío, con mi chica que aún no me había abandonado, tuve yo por lo menos dos éxtasis y hasta cometimos un pecado – venial, por cierto- por darnos un pico, largo y sabroso, dentro de la iglesia. Ella no me había dejado aún y consintió. No hubo rechazo ni violencia de ningún tipo, no se me amontonen las vigilantes del feminazismo. Este obispo fue nada más que confesor de la reina Juana – no quieren los historiadores ni yo tampoco que se le llame la Loca- y el que bautizó a Carlos V, su hijo. Casi nada. Creó la primera Universidad en Villaescusa, pero Cisneros puso algo encima de la mesa y machacó el proyecto, llevándosela a Alcalá de Henares. ¿Les suena la Complutense? Pues eso. La Universidad Non Nata de Villaescusa, que dicho en latín suena mejor.
De Villaescusa, marchando al contrario, encuentro un pueblo del que – analfabeto yo- no había oído ni hablar y tiene una riqueza cultural pasmosa: Miguel Esteban. Sus habitantes se hacen llamar a sí mismos “Migueletes” y, doy fe aunque no sea de la época, de que los migueletes tienen relación estrecha con Cervantes. Con Eugenio, Mari Nieves, Esperanza ilustrando mi asnarismo, me empapé de cómo Cervantes supo en Esquivias, donde vivía, que Pedro de Acuña, atacó a un cura y le abrió la cabeza como hizo Don Quijote con un arriero. Estos Acuña – migueletes- eran bravos y el hijo de Pedro, Francisco, vestido con las armas de sus bisabuelos, en El Toboso, atacó también a un hidalgo llamado Pedro de Villaseñor, ataque que también inmortalizó Cervantes en Los trabajos de Persiles y Sigismunda. Francisco de Acuña – montón de bagaje cultural de Miguel Esteban- estaba casado con una mujer de El Toboso, que sufría encantamientos amorosos, exactamente como mi chica hasta que me dejó y yo, como Don Quijote en su salida un día de verano, recé mientras pude aguantar la solanera a las puertas de la iglesia de San Andrés, del siglo XV, inicio del renacimiento, y rece a “La Socorrilla”, rogándole desde la calle porque la iglesia estaba cerrada y el cura desaparecido para abrírmela, rogué, insisto, en que mi chica se aviniera a razones y recompusiera nuestro romance porque encontrar quien la quiera con mi persistencia, con mi encono, con mi arrobamiento, con mi entrega y con mi devoción, le va a ser imposible. Prometí a San Andrés, de rodillas en la plaza y en la puerta, el primer apóstol que llamó Jesús de Nazaret, y a la Socorrilla que si mi chica cambia y me recoge del desastre en que ando sumido, tras la muerte de Casilda y su ausencia, soy capaz de participar en todas las procesiones de la comarca descalzo, de rodillas y cargado de
cadenas hasta desollarme todas las partes móviles de mi anciana figura, para dar fe eterna de ese milagro.
¡Qué grande y qué preciosa es España! Muchas cosas me quedan que ver y contar de Argamasilla de Alba, de Belmonte, de Osa de la Vega, de Castillo de Garcimuñoz y de más sitios porque la riqueza cultural de estos lugares se derrama por incontenible.
PD.
Siguen los incendios, siguen los inmigrantes de la Marcha Verde en Ceuta. Sigue Sánchez en Lanzarote. Siguen Trump y Netanyahu, se les suma otro criminal de guerra, Itamar Ben Gvir, que dice que hay que matar cuarenta palestinos cada noche y hace un lugar para ahorcamientos, con cabinas para disfrutarlos. Deja pequeña a la Inquisición. Cuando termino este artículo todos siguen en el poder. El Tribunal Internacional de la Haya no ha hecho nada hasta ahora, que yo sepa. No hay más Noticias







