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El policía que no llora

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Por: Alejandro López Calviño. Técnico Superior en Prevención de Riesgos Laborales. Cuerpo de la Policía Local de A Coruña. 0009-0004-3781-9930

En una sociedad que se llena la boca hablando de empatía, vulnerabilidad y salud mental, sigue existiendo un tipo de uniforme al que se le mira con sospecha: el del policía que parece frío. Ese que no derrama una lágrima tras una intervención traumática, que no se desmorona al ver la peor cara de la humanidad ni airea sus demonios en el búnker de la jefatura, del cuartel. Lo etiquetamos rápido: insensible, quemado, el típico «caimán» o tipo duro y distante. Pero ¿y si no es frío en absoluto? ¿Y si simplemente no sabe cómo llorar, o peor aún, si grabó a fuego en la academia que flaquear lo convertiría en un eslabón débil para el binomio? Recordar el viejo mantra: «En la calle se viene llorado de casa».

Este policía, este guardia civil, no es un bloque de hielo. Siente, y de manera jodidamente profunda. Pero su forma de procesar el horror cotidianamente es interna, solitaria. Prefiere resolver el papeleo en silencio, actuar en lugar de verbalizar, proteger a su familia de la mierda del turno de noche en vez de desahogarse. Cuando se enfrenta al suicidio de un chaval, a la violencia más cruda o a la pérdida de un compañero, quizá se encierra en el gimnasio a reventar el saco de boxeo, se pasa horas limpiando el arma reglamentaria, o simplemente se queda callado mirando a la nada en el coche patrulla. No es indiferencia; es su blindaje, su manera de sobrevivir en un oficio que le exige ser un muro a toda costa. Y mientras tanto, el resto —tanto dentro como fuera del Cuerpo— juzgamos: «Ni se ha inmutado en el aviso, qué frío». Como si las lágrimas fueran el único medidor válido del dolor humano.

La verdadera hipocresía radica en eso: la institución y los ciudadanos exigen un policía empático y vulnerable, pero solo en sus propios términos. Queremos que sea el agente perfecto de las campañas de relaciones públicas, que se abra en las charlas de prevención de riesgos laborales y que muestre una sensibilidad idílica. Pero si el trauma acumulado le supera o, por el contrario, se acoraza tras una aparente apatía, lo tachamos de tóxico, de representar la vieja escuela rancia o la masculinidad del ordeno y mando.

Olvidamos que este sistema que ahora predica la «salud mental en las fuerzas de seguridad» es el mismo que lo educó para aguantar el tirón sin pestañear, porque el servicio no se detiene. ¿No es eso doble moral? Pretendemos que un agente desactive sus mecanismos de defensa de la noche a la mañana, sin reconocer el desgaste psicológico que le infligimos tras años de calle.

Dejemos vivir tranquilo a este policía. No necesita que lo forcemos a romper a llorar ante los demás para validar su humanidad. Su lealtad silenciosa en los momentos críticos, su presencia constante cuando las cosas se ponen verdaderamente feas, sus actos de servicio en lugar de palabras grandilocuentes, también son formas de amor al oficio, de compañerismo y de gestión del dolor.

Si no sabe llorar, no es por falta de corazón, sino por exceso de condicionamiento y por un instinto de supervivencia puramente operativo. Si la sociedad y los mandos quieren profesionales más integrados emocionalmente, que empiecen por no juzgar a los que ya están aquí, en primera línea, patrullando el fango y luchando por mantenerse cuerdos en un mundo que les pide ser superhéroes imperturbables, pero les castiga por ser humanos.

Quizá el cambio real no sea exigirle lágrimas al uniforme, sino aceptar que el dolor del agente no siempre se mide en decibelios. A veces, detrás de la mirada fija de un policía en silencio, también hay un grito de auxilio. Y es ahí, precisamente en ese silencio sepulcral, donde tenemos que “afinar el oído” y estar más atentos que nunca.

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