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Al igual que ocurre en todos los sitios, dentro de las Fuerzas y Cuerpos de Seguridad hay personas de todo tipo.

Hay gente de distinto color, de distintas razas, de distinta orientación sexual, de distinta constitución, etc.

Pero a todos se les pide lo mismo, ser perfectos a la hora de realizar su trabajo.

Pocos entienden que debajo del uniforme de la Policía Nacional, de la Guardia Civil o de cualquier otro uniforme de policía, ya sea local o autonómico, hay una persona como en cualquier otro trabajo, con sus defectos y virtudes y por ello alcanzar la perfección es imposible.

La mayoría logra o roza la perfección a diario bajo circunstancias muy difíciles y eso es digno de admirar. No hablo de la falta de material de dotación, de la falta de medios o de la falta de efectivos, sino de circunstancias en las que a nadie le gustaría estar.

Los policías y guardias civiles son personas y como tal se pueden equivocar, al igual que también se equivocan en el resto de las profesiones. Abogados, médicos, transportistas…

Pero en las FFCCS se trabaja a diario para corregir estos posibles errores y para ello basta con echar la vista atrás para ver que la policía de hoy día es más profesional y está más preparada que antes.

Pero este trabajo y búsqueda de la perfección no es reconocido por los de arriba y por desgracia en muchos casos tampoco por los de abajo.

Los de arriba, la clase política en muchas ocasiones son los responsables, ya no de la falta de reconocimiento, de la falta de medios, de material o de efectivos, que también, sino de hacer de la policía el malo de la película.

Esto ocurre también con cierta parte de la sociedad, que para ellos la policía, no es que sean héroes, sino que son villanos.

Y entre unos y otros, la imagen de los servidores públicos se deteriora.

Pero se equivocan

La policía no crea las leyes que tiene que cumplir y hacer cumplir, sino los gobernantes, los cuales, gracias a la democracia existente, son elegidos mediante sufragio universal por todos los ciudadanos.

No es la policía quien da la orden de desahucio para echar a una familia a la calle, tampoco los que crean leyes de discriminación, aunque le pongan el apellido de “positiva”, ni los que ponen sistemas educativos que no funcionan, ni los que con sus políticas destruyen empleo y por supuesto, tampoco son responsables de la falta de dinero, aunque sean los primeros a los que se les baja y/o congela el sueldo cuando esto pasa.

La imagen de la policía se ha intentado demonizar durante años por grupos políticos y por grupos de activistas, los cuales no hacen otra cosa, que generar entre sus seguidores odio hacia los miembros de las Fuerzas y Cuerpos de Seguridad y esto ha derivado en ataques hacia policías y guardias civiles.

Esto no se hace de un día para otro, esto lleva gestándose años, creando una manipulación informativa, donde se difunden imágenes de intervenciones policiales, ocultándose información, como el origen de la actuación o el final de esta.

No interesa sacar por qué hay cuatro policías encima de un hombre. Da igual que tuviera un cuchillo y que estuviera amenazando a los viandantes. Sólo interesa ver que son cuatro contra uno y hablar de brutalidad policial.

Esos mismos que hablan de brutalidad policial, son los que cuando son ellos las víctimas, piden más contundencia por parte de la policía.

Esos que entorpecen el trabajo de la policía en la calle, gritándoles o grabándoles con el móvil para luego publicar la parte que ellos quieren y conseguir unos likes en las redes sociales, son los mismos que cuando les roban, les agreden, les amenazan, les causan daños en sus vehículos, les okupan sus casas, les estafan, les chantajean, les coaccionan o simplemente les hurtan, requieren más presencia policial en la calle y piden endurecer las leyes.

Se habla de brutalidad policial, como si a diario hubiera muertos como consecuencia de la actuación de los agentes, pero no es así.

Se está comprobando que en muchos países existe un miedo al uso de la fuerza por parte de los policías, debido al “efecto Fergunson”, que es combatir al delito con menos decisión por temor a las posibles consecuencias.

Lo más triste de todo, es que un policía no teme tanto una agresión de un delincuente, como las posibles consecuencias de utilizar la fuerza para repeler esa agresión.

La policía puede equivocarse, y esta equivocación puede provocar graves consecuencias. Consecuencias que se pagan penalmente como cualquier persona, pero que además también las pagan por el propio régimen disciplinario interno que tiene cada cuerpo.

Pero es curioso ver como en otras profesiones, los errores pueden causar cientos de muertos al año y no están en el ojo de huracán como la policía.

Según el Defensor del Pueblo, calcula que en 2019 hubo 757 muertes por negligencia médica. De igual modo, se calcula que al año fallecen más personas por infecciones hospitalarias que por accidentes de tráfico.

Y esto no hace que haya grupos extremistas o partidos políticos pidiendo responsabilidades ni reformas en el sistema sanitario.

La policía está para servir y proteger al ciudadano, pero alguien debe proteger a la policía y eso debe ser el ordenamiento jurídico. No se puede permitir que por miedo a las consecuencias de usar el arma reglamentaria o la fuerza muera un solo policía o guardia civil.

Autor: Carlos Fernández

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