
Para el común de los mortales, en un año hay días que pasan sin pena ni gloria, pero para los policías cada turno tiene alguna particularidad que les da un toque «especial», para lo bueno o para lo malo, todo sea dicho. Hoy compartiré con vosotros cómo un día que tenía toda la pinta de ser de lo más anodino se volvió en…»El día que conocí al monstruo, así fue y así es como lo recuerdo».
En todos estos años como policía a pie de calle he visto prácticamente de todo. Casos curiosos y personas peculiares con distintas intenciones han ido pasando por un grotesco carrusel criminal. Fuesen de mayor o menor relevancia, paulatinamente unos sucesos iban solapando a los anterioes y así la mayoría de ellos junto con sus protagonistas terminaban cayendo en el olvido más absoluto, pero… A pesar del tiempo que ha pasado hay una cara que no la olvidaré jamás. Solamente os diré que en una tarde verano conocí al monstruo.
Su mirada era fría, excesivamente gélida, altiva, culpable, sin atisbo de humanidad.
UN PERFIL PARA EL ESTUDIO
Para la criminología en general y en particular para los amantes del análisis del comportamiento humano teníamos delante un caso digno de estudio. Aunque las expectativas estuviesen muy altas y nuestras aspiraciones fuesen elaborar un informe lo más completo y detallado posible, una hoja en blanco fue lo único que conseguimos tras intentar por todos los medios acceder a la mente de un psicópata de tal calibre. No hizo falta cruzar más de cuatro palabras para despejar las dudas. No hubo manera de obtener una respuesta coherente ubicada dentro de la razón, y no fue por falta de voluntad y preparación a la hora de interpelarle con toda clase de preguntas.
En la primera entrevista me dí cuenta que nos lo iba a poner bien difícil. Sus escuetas pero incisivas palabras eran el preludio de lo que acontecería más tarde. Impasible en la detención, no mostró en ningún momento el más mínimo arrepentimiento por lo que había hecho. Un tipo carente de sentimientos al que ni el paso inicial por el calabozo, ni la estancia en prisión provisional causaron efecto de remordimiento o contrición alguno. El monstruo en absoluto había cambiado, es más, al verle en el juzgado varios años después tuve la impresión de que incluso su ego había crecido. Con semejante ser no existe castigo punitivo que ajuste cuentas, ni en lo penal, ni en lo moral. No cabe la redención para quien no la quiere.
Nuestro tétrico protagonista es uno de esos personajes siniestros que pululan entre nosotros y sin levantar sospechas pasan totalmente desapercibidos hasta que la brutalidad de su impronta queda marcada en las víctimas de por vida. Su presencia era tan desconcertante que a primera vista ya generaba una enorme desconfianza. Ese halo oscuro que le rodeba cubría de negro la luz de aquella calurosa tarde de verano.
LA MARCA DEL MONSTRUO.
Ni soy el más valiente, ni tampoco el más miedoso, pues si de algo soy temeroso es de la «Ira Divina», pero reconozco que «El monstruo» ha sido con diferencia la única persona capaz de quitarme el sueño… y no un día ni dos, sino más de una semana. Solamente el hecho de saber que iba volver a verle me producía un inusual desasosiego. No exagero lo más mínimo, es tal cual lo sentí. Por desgracia individuos así los ha habido, los hay y los habrá.
«Los monstruos existen y yo conocí a uno aquella tarde de verano».









