
Ignacio del Olmo, no solo es un policía de altísimo nivel: Comisario, Comisario Principal, Jefe Provincial o Jefe Superior. Ignacio es, que lo conozco años y hemos hablado de casi todos los temas divinos y humanos, un prototipo de hombre renacentista: sabe de todo.
Su anterior libro – El laberinto y la Diosa Triple, sobre el origen de la imaginación creativa y la novela policíaca- me asombró, cuando apenas lo conocía. Un policía que conoce a Platón y a todos los filósofos griegos, que puede hablar de Cervantes o Cicerón, de Jacques Lacan o de Lombroso, de Mircea Eliade, de Foucault, o de Victor Frankl y hasta del mismísimo Pseudo Dionisio Areopagita, es un hombre, policía, escritor o lo que sea, al que hay que tener en cuenta. Un profesional de una cuestión determinada – policía-, pero con un saber enciclopédico.
No estoy – por si a alguien la ocurrencia se le ha asomado a la cabeza- compinchado con él, no le voy a dar jabón buscando ningún beneficio a la manera que hoy se estila, vean sesiones en el Parlamento, y podría citar de carrerilla cincuenta o sesenta nombres-. Escribo o comento lo que leo, analizo el contenido de lo que tengo delante sin apretones ni influencias y sin esperar nada solo la verdad y la grandeza de la literatura. Yo, que ya estaba, no en lo alto, pero si en el “altillo” de Interior, conocí a Ignacio al salir de esa marabunta y jamás conseguí, habiendo desempañado puestos de cierta relevancia, lo que realmente quería: ser policía de los que van en moto, acudiendo como rayos al lugar del conflicto. Por eso me jubilé, para ir en moto. He aquí una de las claves de la obra de Ignacio del Olmo, el hombre, la sociedad entera, busca por todos los medios, con ansia incluso, la seguridad y ese es el hilo de Ariadna, el que nos orienta y nos hace encontrar el camino en el laberinto.
Nos sorprendió e incluso nos espantó con la sabiduría que anida a lo largo de “El laberinto y la Diosa Triple”. Con “ El lanzadestellos. El detective y el laberinto”, continuación del anterior, insiste en su humanismo, en su conocimiento de las concepciones míticas del mundo en Grecia – fuente, espejo y camino para conocer otras religiones- e insiste en su profundo conocimiento y admiración por Edgar Alan Poe, poeta maldito, alcohólico, visionario, amante atormentado. Es imposible ser un genio y ser, a la vez, una persona normal. La genialidad y la normalidad son incompatibles.
Una primera cosa – no hay que usar demasiado la palabra cosa cuando escribes- una primera afirmación sobre la vida y la existencia, me ha quedado clara en la obra de Ignacio: La vida entera es un gran laberinto, necesitamos herramientas para orientarnos. Y echa mano de uno de los grandes mitos que explican la ideología y la evolución de la humanidad. El hilo de Ariadna.
El Minotauro, un ser mítico, mitad hombre mitad toro, que sometía a quien se acercaba, a su poder. Lo perdía en su laberinto y acababa devorándolo – mito total, jamás se ha sabido que los toros, por muy hijos que fuesen de la unión zoófila de Pasifae y de un toro blanco, fuesen carnívoros- En el mito, el toro devora al hombre porque el laberinto en el que entraba es complicado en extremo e imposible salir de él. Entras y quedas a merced del Dios Hombre-Toro, como quedas a mercede de cualquier Dios en cualquier religión a menos que seas capaz y tengas la suerte de “soltarte” de ella, de dejar de estar “religado”, que es la situación de sumisión- dependencia en toda religión con un ser supremo, inventado y manipulado por hombres, que es quien manda.
Androgeo, hijo de Minos rey de Creta, ganó unos juegos – ya andaba la llama olímpica por allí y somos deudores de tanto mito y tanto cuento que, ante la ignorancia científica, intenta explicar la realidad. El ser humano lleva dentro ese microbio que lo corroe, que lo angustia y le hace sufrir: la curiosidad, el ansia de saber y de explicarse las cosas- Androgeo fue muerto por el Minotauro y Minos declaró odio eterno a los Atenienses, conquisto militarmente Atenas y publicó unas leyes tremendas para sus habitantes – las leyes motivadas por el odio y la frustración también están presentes a lo largo de toda la historia de la humanidad, odio, miedo y defensa ante el extraño, ante el distinto y el extranjero y afán de poder-. Durante nueve años, nueve jóvenes y nueve doncellas debían ser mandados a Creta para ser abandonados en el laberinto donde, ante la imposibilidad de salir, eran devorados por el Minotauro – también las teorías sacrificiales andaban por Grecia. No somos tan diferentes, el sacrificio de Isaac o el del propio Jesús de Nazaret para liquidar no se sabe qué deudas, que muchos crédulos aun reverencian de manera acrítica veinte y muchos siglos después-.
Una mujer, Ariadna, hermana de Androgeo, se enamoró de Teseo, hijo del rey Egeo, ese que dio nombre al mar en cuyas playas turcas , vergonzantemente, murió ahogado Aylan, un niño de tres años. Ariadna, una mujer, siempre las mujeres en el inicio de los problemas y de las soluciones, una mujer que me recuerda forzosamente a María, la madre de Jesús porque de ella y por amor, surgió la solución: el hilo de Ariadna. Teseo entró en el laberinto, arrastrando el hilo que Ariadna le había dado para no perderse y derrotó al Minotauro, al Diablo, a Satanás, al Mal, a la fiera que amenazaba y destrozaba a los hombres.
En eso se resume este libro “El lanzadestellos. El detective y el laberinto” de Ignacio del Olmo. No es una novela. Es un auténtico tratado de criminología, de antropología, de criminalística y de ciencia policial. Fruto del hombre enciclopédico que es Ignacio, como todos aquellos renacentistas que cambiaron el mundo, siendo capaces de cambiar el centro: dejamos de ser Teocéntricos, para ser Antropocéntricos. El hombre – no los mitos, ni los dioses más o menos racionales, no los Teseos ni los Sísifos, no los Edipos ni las Pandoras, no los Hércules ni las Hidras – el Hombre en su grandeza y sus limitaciones.
No voy a reventar el libro de Ignacio, eso sería mucho más que un pecado mortal digno de condenación eterna. Hay que leerlo porque no es una novela, es una tesis sobre crimen, desviación social, investigación sobre hechos lesivos para el hombre y, por eso mismo, para toda la sociedad. Es un tratado, documentado casi hasta lo imposible, sobre el laberinto en que nos encontramos todos los seres humanos y sobre la pelea continúa por encontrar ese Hilo que nos da seguridad que nos orienta y nos permite salir del caos, dejando atrás el laberinto peligroso y conflictivo y situándonos en un lugar de confort y estabilidad.
Del Olmo recorre, como enorme investigador, la historia de la literatura negra, empezando por su gran ídolo, Edgar Alan Poe. Desentraña métodos y actitudes de los grandes de la novela policial, negra y criminal. Estudia a la gran Ágata Christie que, bajo su mundo de cortesí y de té servido a la hora exacta, oculta tensiones familiares y económicas, ambiciones letales y formas disfrazadas y silenciosas de violencia moral y física. Crímenes que abren una grieta en la realidad donde la verdad permanece oculta.
Cómo no, estudia Del Olmo, a Conan Doyle , creador del grandísimo Sherlock Holmes, el detective convertido en científico del laberinto. Aquí los archivos policiales se empiezan a convertir, todos, en Hilos de Ariadna. Sherlock Holmes ve muchos más porque observa mucho mejor. Doyle escribe en un momento históricamente extraordinario, cuando Londres se convierte en el gran laberinto contemporáneo.
Con la aparición del detective – observemos que las figuras de las novelas, en un principio son detectives privados y no policías- Jules Maigret no atraviesa un caos nihilista, Maigret escucha en una Europa destrozada y transformada por las guerras, la crisis económica y la descomposición de las certezas sociales. Con su autor, el prolífico, Georges Simenon, la novela explora la fragilidad humana dentro del laberinto.
Exhibe Del Olmo un saber enciclopédico en el pleno sentido de la palabra – como los enciclopedistas franceses en la obra que cambió el ritmo, el objetivo y el sentido de la humanidad, y se sumerge de lleno en la historia y el recorrido de la novela negra, policial y policiaca, afirmando con rotundidad que esta novela no es solo entretenimiento sino una forma moderna de conocimiento y distingue de manera radical y clarísima entre fantasía – que imagina posibilidades irreales y juega con ellas sin intención de materializarlas- e imaginación – que percibe algo que aún no existe pero que siente posible. La fantasía combina elementos de manera arbitraria mientras que la imaginación percibe posibilidades latentes de realidad y cree en ellas, incluso persiguiéndolas. Ejemplo flagrante es el ídolo de este autor: Edgar Alan Poe, que imaginó antes que nadie que el caos moderno podía convertirse en objeto de interpretación narrativa.
Es imposible repasar uno por uno los autores importantes de novela negra, Del Olmo cita a los verdaderamente importantes – aunque yo eche de menos a Truman Capote, A sangre fría, y a James M. Cain, El cartero siempre llama dos veces o La camarera-. Realidades flagrantes y omnipresentes: el deseo sexual, las maquinaciones egoístas, la codicia, el engaño y la violencia soterrada. Yo mismo – sigo el magisterio de Del Olmo- ando enredado intentando desenredar la maldad en la mujer cuando según determinados colectivos, interesados y fuera de la realidad, todas son “seres de luz”, honestas, sensatas y sin un ápice de falsedad. También la novela negra, claro reflejo de la realidad salen a escena los oportunistas de divorcios y funerales: los batallones de consoladores. Lo que te haga falta, me tienes para lo que quieras, estoy siempre a tu disposición, nos podemos ir donde quieras a pasar unos días y te relajas… Siempre que la viuda o divorciada este buenísima por supuesto.
Hay que leer “Lanzadestellos. El detective y el laberinto”. Sin poder citar a fondo a todos los autores pero pasando por Jonh Le Carré, Dashiell Hammett, Raymond Chandler, Philip Kerr – explorador de la degradación moral en las instituciones corruptoras muchas veces de la legalidad- y llegando hasta el mismo Borges que transporta el laberinto novelístico, reflejo de la realidad, hasta su forma más abstracta, filosófica y perturbadora, Del Olmo se sumerge en el género con sabiduría aristotélico-platónica, escudriñando a fondo la realidad y convirtiéndose en imprescindible para conocer esta literatura.
Del mismo modo que yo opino -modestamente, claro- que es muy poco probable avanzar en la filosofía después de Hegel y en la poesía después de Miguel Hernández, para conocer el mundo de la criminalidad y de la novela negra-policial, hay que pasar por fuerza por Ignacio del Olmo. Obra imprescindible.







