
Esta mañana me he despertado en el suelo, como cuando, creyendo que así cumpliría la voluntad de Dios y me salvaría conforme decían los curas, me bajaba desde mi cama al suelo frío de terrazo para bajar los humores que Satanás instalaba en mi torrente sanguíneo para que las partes blandas se endurecieran y hacerme pecar. Era cuestión de la testosterona, las imaginaciones adolescentes – tenía trece o catorce años y estudiaba en el sector pobre de los curas claretianos- las enervaciones juveniles y ya está, porque en aquel colegio la única mujer que podíamos ver era una vieja que fregaba perolas las cocinas. Y lo más parecido fue un negro guineano llamado Acacio al que yo me declaraba en La Venganza de Don Mendo porque él hacia de Azufaifa.
Decían los curas que el amor humano solía ser una farsa y el único verdadero, durable, eterno y sin duda, era el amor de Dios, que yo no veía por ningún sitio. Por eso estaba amenazado siempre de expulsión además de excluido del cuadro de honor, en el que jamás estuve, por suspender la piedad y decir a aquel cura bueno que eso del amor de Dios eterno y para todos no lo tenía muy claro.
A la vejez, insisto, no sé cómo he ido a dar con mis huesos en el suelo esta noche y he seguido durmiendo en el parquet como cuando era imberbe. He tenido una revelación, similar a la del colegio. De golpe, crees que has encontrado un amor para siempre y te pasa lo que a la selección española de baloncesto con una canción que hizo furor hace años: una chica le decía a su novio que quería pensar, equilibrarse, tener su espacio, encontrarse y ser libre. El otro acepta, de mala gana, porque no le quedaba otro remedio. Después de un desembolso importante, por un capricho, la vio paseando de la mano de un tal Tasio, el monitor de su gimnasio.
Algo parecido me hundió en el abismo más tétrico. Antes de ayer en el cortinglés. Ando pagando a plazos una esmeralda cojonuda, con veinte meses pendientes, y veo el joyón en el ascensor que subía a la planta de electrodomésticos. Lo malo no fue eso. La mano, con el joyón ceñido al dedo anular, inseparable por un aro gordo de oro blanco, de un par de cojones, acariciaba el pescuezo de un cuellotoro de esos que son capaces de hacer cien flexiones sobre los nudillos, pero incapaces de decir algo sobre Aristóteles y mucho menos sobre Plotino – esto dicho en honor de mi amigo islamólogo Emilio G. Ferrín-. Veinte meses de pago a la galería del coleccionista y el día que menos me espero, será cuellotoro el que va con la alianza en el meñique. El amor es mentira. Es mucho más verdad la residencia de ancianos, en la que tienes plaza asegurada siempre que pagues la mensualidad porque de lo otro te pueden echar incluso pagando por el capricho de un musculitos tatuado.
Dada la incomodidad del suelo, añadiendo el frío del final del invierno, me levanté en un acto de heroísmo y puse la tele a falta de poner ninguna otra cosa. Veo explosiones, vuelos rasantes, edificios hechos polvo, barcos de guerra y portaviones mucho más grandes que la sede de la ciudad de la justicia a la que da mi cuarto.
Dos dictadores, Trump y Netanyahu, esos que buscan el premio Nobel de la Paz por querer hacer una mezcla de Benidorm y la Costa Azul en las playas de Gaza, echando antes al cuerno de África a los gazatíes, están bombardeando Irán, ese sitio en el que gobiernan otros dictadores, encabezados por un fraile más furibundo que Savonarola. Ese fraile, que los moros llaman Ayatolah, manda más que el Papa porque allí los tiempos no han cambiado y sigue la Edad Media. El Papa, aquí y antes, mandaba la hostia, y a poco que te desmadraras saliendo del redil, te acusaban de judaizante, de cambiar las sábanas en sábado o de no comer cerdo, o de ser morisco, caías en las garras de la Inquisición y te pasaban por la parrilla como si fueses un chuletón de Ávila.
Trump y su siervo Netanyahu son los dueños del orden mundial, con permiso de Putin y de los chinos que, por ahora no dicen nada. Trump va a Venezuela y sin fiscales ni jueces ni leches, se carga el derecho – esa disciplina milenaria que está arrastrada por los suelos- captura a ese gordo fanfarrón y se come veinte años de talego sin que lo defienda ni el abogado estrella de ahora, ese que se ha cargado al dao. Un tal Piedrafita al que teme Marlaska más que a una tormenta de granizo cuando están floreciendo los cerezos.
Trump dice que va a coger amistosamente a Cuba y ya pueden los cubanos echar sus barbas a remojar porque el día que menos esperen tienen a la flota yanqui tomando el sol en el Varadero y cambian a Compay Segundo por Joe Cocker. Trump dice que necesita el hielo de Groenlandia para poner los güisquis fresquitos en su casoplón de Florida y ya pueden temblar los daneses porque la ocupa en menos de los que tarda persignarse un cura loco.
¿Qué pasa con el derecho internacional? Que no existe, ni le hace caso nadie, cuando existe la fuerza. Dos aviones de esos multimillonarios que bombardean desde lejos y sueltan pepinos que se guían por inteligencia artificial y se van a la mierda todas las normas.
Yo no digo que me gusten esos tíos con sotana que imponen normas enloquecidas porque afirman que es Dios el que les ha dicho que sus normas – eso que llaman la sharía- son las buenas y hay que cumplirlas por cojones. No me gustan esos frailes medievales, pero hacerse por la cara y por la fuerza el amo del mundo y salir de los ayatollas para meterse en la dictadura trumpista, tampoco me mola. Este Trump no te pone un velo ni un burka, pero te coloca dos aranceles del treinta por ciento y te jode vivo, o te persigue por tener pinta de sudaca y no quiere admitir que él es tan inmigrante como los colombianos y que los únicos oriundos de América del Norte, son los indios navajos, o los apaches o los pieles roja en general, como yo mismo. Ya me ha jodido el dictador defensor de los Tejeros americanos que asaltaron el Congreso, porque yo, que ya me he pegado una cuantas rutas moteras de varios miles de kilómetros, iba a hacer este año la Ruta 66 desde Chicago a Los Angeles, pasando por San Luis, Springfield, Kansas, Oklahoma, California y hasta el Cañón del Colorado, como en las viejas películas del Oeste, pero con ese dictador al mando, no la hago. Ese me coge en una recta de las que cruzan el medio oeste y me deporta a no se sabe dónde. No voy. Mi gozo en un pozo. Si es verdad lo del paraíso, haré la ruta allí y si no, me conformaré con trucar el motor del carro que me asignen en la residencia. El Derecho Internacional no existe. ¡Mierda! Solo existen los misiles.







