
Por Concha Calleja*
En lo que va de año, Canarias encabeza las estadísticas de desapariciones en España. Solo en 2024 se registraron más de 4.500 denuncias, la mayoría en la provincia de Las Palmas. Aunque más del 70% se resuelven en la primera semana, al cierre de abril seguían activas 377. No hablamos aquí de estadísticas frías. Hablamos de personas: menores institucionalizados, adolescentes sin red afectiva, adultos con trastornos mentales, mujeres sin recursos, extranjeros solos. Hablamos de perfiles vulnerables que desaparecen sin estruendo. En silencio.
Este artículo no busca hacer crónica de un caso concreto, sino analizar el fenómeno desde la psicología forense y la criminología. ¿Quién desaparece? ¿Por qué? ¿Qué patrones se repiten? ¿Qué señales pueden detectarse antes de que sea tarde?
Menores que se fugan: conducta o síntoma
Un porcentaje significativo de las desapariciones registradas en Canarias corresponde a menores extranjeros no acompañados y a adolescentes en centros de acogida. En muchos casos, hay reincidencia: chicos que se escapan una y otra vez. Desde fuera, puede parecer un acto voluntario, incluso caprichoso. Desde dentro, la lectura es otra.
La fuga en menores institucionalizados suele ser una conducta reactiva a un entorno hostil o indiferente. Hay carencias afectivas, vínculos rotos, traumas migratorios, y en muchos casos, una desconfianza profunda hacia los adultos. El menor huye, pero no siempre de un lugar: a veces huye de sí mismo, o de una situación emocional no resuelta.
Desde la psicología forense, estos perfiles muestran patrones repetidos: impulsividad, baja tolerancia a la frustración, búsqueda urgente de validación o pertenencia. Algunos se exponen a redes de captación —trata, explotación sexual, criminalidad organizada— sin siquiera identificar el riesgo. No lo ven. Solo quieren escapar.
Desapariciones inducidas: el “consentimiento” manipulado
No todas las desapariciones se producen por la fuerza o por voluntad plena. Hay un terreno intermedio: las desapariciones inducidas, donde la víctima cree haber tomado una decisión libre, pero esa decisión ha sido moldeada por la presión, el chantaje emocional o la manipulación.
Esto ocurre con adolescentes seducidas por adultos, con mujeres vulnerables captadas por redes de trata, o con personas que abandonan todo por promesas falsas. Aquí, el agresor no necesita encerrar. Basta con seducir. Basta con convencer. El perfil de estas víctimas incluye rasgos de dependencia afectiva, baja autoestima, y dificultad para discriminar entre afecto real y vínculo tóxico.
En estos casos, los signos de alerta pueden estar en la comunicación previa: cambios de comportamiento abruptos, discursos idealizados sobre alguien nuevo, abandono de relaciones previas. La familia, los educadores y los profesionales deben afinar su escucha para detectar estas grietas a tiempo.
Adultos que “deciden” desaparecer
Otra categoría compleja es la de adultos con enfermedades mentales o en crisis personales graves. Se marchan. Sin dejar nota. Sin despedida. Sin indicios claros de delito. En algunos casos hay intentos de suicidio encubiertos. En otros, hay despersonalización, brotes psicóticos o delirios que hacen que la persona crea que está en peligro cuando no lo está.
Desde la criminología clínica, es importante analizar no solo la historia médica, sino también el contexto emocional, laboral y social del desaparecido. A veces la clave no está en el expediente, sino en lo que no se dice: un despido reciente, una ruptura sentimental, una deuda impagable.
La dificultad, en estos casos, es que la desaparición se “normaliza” bajo el argumento de que el adulto tiene derecho a marcharse. Y es cierto. Pero cuando hay indicios de alteración del juicio o riesgo vital, no es una elección. Es un grito de auxilio silencioso.
La importancia del tiempo y la interpretación
En todos los casos, el factor tiempo es determinante. Cuanto más se tarde en iniciar la búsqueda, menos opciones hay de resolver el caso con éxito. Pero igual de importante es la interpretación que se hace de la desaparición en las primeras horas. Muchos casos se dilatan porque el entorno (familiar, institucional o policial) parte de suposiciones erróneas: “ya volverá”, “es una rabieta”, “se fue con el novio”, “es mayor de edad, tiene derecho”.
Esas primeras lecturas condicionan toda la respuesta posterior. Por eso es vital profesionalizar la mirada: trabajar con protocolos de análisis de riesgo, perfiles de comportamiento, y formación específica para quienes reciben las denuncias.
Lo que el perfil puede anticipar
La elaboración de perfiles no solo sirve para resolver delitos. También sirve para prevenir desapariciones. Saber qué rasgos, qué situaciones y qué dinámicas preceden a una marcha voluntaria, inducida o forzada puede marcar la diferencia. Y esto no es ciencia ficción. Es ciencia aplicada.
Desde la criminología y la psicología forense, podemos ofrecer herramientas para detectar:
- Conductas de aislamiento progresivo.
- Cambios de hábitos repentinos (ropa, amigos, horarios).
- Idealización de figuras de autoridad no familiares.
- Señales de consumo de sustancias o autolesiones.
- Discursos de ruptura con todo lo conocido.
No se trata de estigmatizar, sino de observar con atención. De preguntar con criterio. De actuar sin prejuicio.
En Canarias, desaparecen cientos de personas al año. Algunas vuelven. Otras no. Y muchas lo hacen en silencio, sin que nadie vea venir el abismo. Pero detrás de cada desaparición hay un patrón, un perfil, una posibilidad de intervención previa.
El reto no es solo encontrarlos. Es entender por qué se fueron. Solo así evitaremos que los próximos también se pierdan.







