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Cuando el hartazgo supera el silencio

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Un artículo escrito por Amara Martín Vázquez @laflordehielo

Una imagen vale más que mil palabras, dicen. Basta con pasar una tarde en la Plaza de Callao para entender que algo se nos ha ido de las manos.

Lo que antes eran unos pocos vendiendo en las esquinas, hoy es una escena sistemática: decenas de ojos vigilantes, rostros alerta, mantas extendidas sobre el suelo repletas de falsificaciones.

No es venta ambulante.

No es artesanía.

Es una estructura organizada.

Es una mafia.

Y no, esto no va de razas. Va de respeto. De ley. De vivir en una ciudad donde la

convivencia ya no se garantiza.

Porque cuando las sirenas suenan y aparecen los patrullas, los famosos “Z”, el espectáculo empieza: carreras, huidas, atropellos a turistas distraídos, niños asustados, escaleras del metro convertidas en campos de batalla improvisados.

Por qué huir si nada se teme?

Muchos hablarán de abuso policial. Otros, como yo, hablarán de responsabilidad, Y de valentía.

Cómo la del agente de ayer que, solo se acercó a las puertas del metro de Callao con la extensible en la mano y se enfrentó a más de 20 manteros que entre insultos discriminaban al policía por cumplir la ley.

Eso se llama sentido del deber, vocación, principios. Porque hacer frente a un grupo organizado, que se multiplica cada día en número y descaro, no es una tarea sencilla.

Por minuto y medio me crucé con aquel agente de la policía nacional, sé de sobra que me analizó con sus ojos, que analizó el móvil que yo portaba en la mano.

Iba a pasar de largo pero se paró. Me habló. Le hablé. No le grabé. No hacía falta. En su rostro vi algo que escasea:

ENTREGA.

Ser POLICÍA hoy, en este país de titulares fáciles y manos atadas, requiere más que una placa.

Requiere carácter. Y agallas.

@laflordehielo ayer por la tarde fue testigo directa del caos de Callao y de lo que allí se vive cada día aunque no salga en los medios de comunicación y los políticos miren a otro lado hasta que incidente es demasiado grave.

Vio también la incertidumbre en los ojos de aquel policía al verme con el móvil en la mano y me dijo:

“No nos gusta que nos graben”

No era miedo al trabajo. Era miedo al juicio público, a los vídeos recortados, a los titulares manipulados.

Recuerde agente que le dije:

“Estoy del lado de los buenos”

“Recuerdo Lavapiés, cómo se crucificó a toda una patrulla por cumplir con su deber. He visto a agentes contener la rabia y la presión mientras el dedo de una cámara decide su destino”, cuenta.

“Confíe en mí, agente…” Le susurro mientras él retomaba el control de la zona…

Mientras tanto, en Callao, la escena se repite. Mochilas cargadas, bolsos falsos al hombro, persecuciones que parecen sacadas de una película pero son parte del día a día.

Y una LEY que, muchas veces, está esposada por los mismos que deberían defenderla:

Los políticos.

Y el ciudadano? El ciudadano observa. Cansado. Harto. Viendo cómo el centro de su ciudad se transforma en una pasarela de impunidad, donde la competencia desleal campa a sus anchas y donde el miedo al juicio mediático frena la acción justa.

Esto no va de racismo. Esto va de recuperar el orden. De respetar las reglas del juego. De proteger al que cumple. De dar herramientas a quienes deben protegernos.

Este es un texto para visibilizar a quienes día tras día sostienen el orden en medio de la indiferencia política y el juicio social.

Porque sin LEY en la calle, no hay libertad en la acera.

Dedicado a los todos los patrulleros son el alma de la policía..

 

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