
Porqué llamarle bullying o moobing si en realidad es ACOSO. La gravedad del hecho es bestial independientemente de la edad y de si se sufre en el entorno escolar o laboral. No hay motivo que justifique el insulto, el amedrentamiento, el escarnio. Hacer mofa del otro para hacerse notar no es gracioso, no hay broma que se aguante cuando la intención es generar malestar. Es ACOSO en mayúsculas.
Hay muchas campañas de concienciación y pocas ganas de hacer autocrítica. Como padres conocemos perfectamente a nuestros hijos y podemos hacernos una idea de si están dentro del grupo de «malotes» o por el contrario son carne de cañón para los acosadores, como profesores que pasan la mayor parte de su día rodeados de jóvenes debemos tener la perspicacia suficiente para «calar» y diferenciar entre sus alumnos quién es víctima y agresor. Como adultos y compañeros de trabajo se supone que entendemos sobradamente dónde está el límite de lo aceptable antes de cruzar una línea peligrosa.
Todo perfectamente entendible y muy claro, a la vez que olvidadizo. Se va a la carrera queriendo ser los primeros en «POSTEAR» en redes sociales para que los demás vean que tienes empatía, asientes con la cabeza dando la razón al discurso motivacional que te sale cada cinco vídeos en «youtbue»sobre como fortalecer la autoestima y sin embargo en ocasiones contribuyes a la chanza cuando se ríen de otro, o simplemente miras para otro lado disimulando. Piensas erróneamente que si no lo ves, no sucede.
Es hora de llamar a las cosas por su nombre. Somos tan hipócritas que utilizamos una palabra en inglés porque parece mas «cool» y en cierto modo causa un efecto suavizador en algo que se siente tan punzante como las espinas.
Se nos parte el alma al conocer el trágico final de alguno de nuestros adolescentes cuando eligen el peor camino al no ver salida a tanto dolor. La desidia y el hastío favorecen la indiferencia y ésta a la vez se vuelve un arma peligrosa. Es indigesta la angustia que se siente al saber que cuando te bajes del bus y entres por la puerta del instituto vas a tener un desagradable recibimiento. Como puedes te lo guardas en una mochila que al principio no pesa, pero con el paso del tiempo te tirará tanto que apenas te dejará avanzar. No lo cuentas, solamente esperas que un día se aburran y te dejen en paz. Ese es tu consuelo.
Con otra edad y más tablas en la vida crees que las cosas no te afectan tanto hasta que notas en tu pecho una presión similar a como si un elefante te pisase. Ese día marcará un antes y un después, te harás mil preguntas, llorarás y no entenderás nada. Haces memoria de todo lo que has pasado, desde trabajos boicoteados, proyectos desestimados solamente porque los planteabas tú, actitudes sibilinas, comentarios fuera de lugar menospreciando tu capacidad y valía, así como un largo etcétera de desplantes que no son otra cosa que las frustraciones de personas a las que le molesta que seas como eres y hagas lo que te gusta.
Son ciclos, son etapas, igual que llegan se van, pero duran demasiado y te desgastan. Hay quien se refugia en el deporte, en la música, pero también está quien se pierde en cuestiones menos productivas y altamente nocivas.
El acoso no hace prisioneros aunque te tenga viviendo en una cárcel de la que es muy difícil salir.
Como padres, como docentes, como policías y sobre todo como personas debemos abrir bien los ojos y estar atentos a cuanto sucede a nuestro alrededor, no vaya a ser que un día queramos dar un paso y entonces lleguemos tarde.









