Inicio Opinión Columnas Caso Yéssica Martínez Roca: una escena que no miente ...

Caso Yéssica Martínez Roca: una escena que no miente

Comparte ese artículo

Yéssica Martínez Roca tenía 26 años. El 16 de agosto de 2010, fue vista por última vez en Reus (Tarragona), tras haber pasado parte del día con su expareja. Horas después, apareció muerta en su domicilio. El caso, inicialmente tratado como un suicidio, fue archivado pese a presentar importantes inconsistencias forenses. Su familia, desde entonces, lucha por su reapertura. En agosto de 2030 prescribirá definitivamente.

Yéssica fue hallada ahorcada con una bufanda, con los pies apoyados en el suelo, sin lesiones previas compatibles con forcejeo, pero con signos de haber sido colocada tras la muerte. No había nota de despedida. No había antecedentes depresivos. La autopsia fue escueta. Las preguntas, muchas. Y el archivo, prematuro.

Desde la criminología forense, los detalles de una escena así resultan tan elocuentes como incómodos. Hay elementos que no encajan: la postura del cuerpo, el nudo del lazo, la dinámica del lugar. El escenario no es compatible con un suicidio típico. Más aún, el estado emocional de Yéssica, su actividad reciente y la interacción con su entorno inmediato refuerzan la sospecha de una intervención externa.

El perfil más probable, si hablamos de homicidio encubierto, es el de un agresor emocionalmente implicado, con rasgos de control y necesidad de dominación. Este tipo de perfil actúa desde el vínculo: no busca matar, sino hacer desaparecer simbólicamente a la otra persona. Simula una salida voluntaria, cuando en realidad impone un silencio irreversible.

En estos casos, la simulación de suicidio funciona como arma de doble filo: permite al agresor desaparecer sin levantar sospechas inmediatas, pero también deja un escenario artificial que, si se analiza correctamente, revela más de lo que oculta. La colocación del cuerpo, los nudos utilizados, la presencia o ausencia de determinados objetos, la dinámica previa… son elementos clave para desmentir la narrativa aparente.

Desde la psicología forense, si hubo asesinato, estaríamos ante un autor con inteligencia adaptativa, bajo umbral empático y alta capacidad de manipulación contextual. No necesita planificar a largo plazo: actúa desde la tensión acumulada y sabe que el entorno social —y a veces institucional— tenderá a cerrar filas en torno a la explicación más sencilla. Su poder está en lo cotidiano.

El silencio posterior también habla. La rapidez del archivo, las lagunas del informe forense y la resistencia institucional a reabrir el caso apuntan no solo a un error de interpretación, sino a una posible negligencia estructural. En términos técnicos: un homicidio puede disfrazarse de suicidio, pero el perfil no se disfraza. Se detecta.

Yéssica no tenía perfil suicida. Tenía un entorno conflictivo, una historia reciente marcada por la dependencia afectiva y un intento de reconstruir su vida. Eso no la hacía débil. La hacía vulnerable. Y esa vulnerabilidad, para ciertos perfiles, es una invitación al control absoluto.

El caso de Yéssica está dormido, pero no muerto. Aún quedan cinco años para que prescriba. Si la escena fue manipulada, si el suicidio fue simulado, el crimen sigue ahí. Esperando que alguien lo lea desde donde debe leerse: no desde la versión oficial, sino desde lo que el cuerpo, la cuerda, el espacio y el tiempo han intentado decir desde el principio.

Este tipo de escenas exigen una mirada entrenada y libre de sesgos. No basta con lo que se ve: hay que interpretar lo que no encaja. La falta de ruidos, la colocación de objetos, el desorden selectivo. Todo habla. La diferencia entre cerrar un caso y resolverlo no está solo en la prueba, sino en la lectura profesional del comportamiento humano. Y aquí, ese comportamiento apunta a una ejecución camuflada, a un autor que supo actuar sin dejar huellas físicas, pero cuya firma está escrita en el modo de hacer.

La revisión de este caso, aunque compleja, no sería inviable si se partiera de un análisis conductual moderno. No se trata de buscar ADN olvidado, sino de reconstruir la psicología del acto. Y cuando el acto imita la muerte voluntaria, lo que hay detrás suele ser alguien que conoce muy bien a su víctima. Y mejor aún, cómo hacer que otros no la conozcan más.

Porque en ocasiones, lo que más protege al autor no es su astucia, sino la facilidad con que una sociedad acepta el silencio cuando el cuerpo ya no puede hablar.

Concha Calleja Perito judicial en criminología, perfiles criminales y psicología forense

 

DEJA UNA RESPUESTA

Por favor ingrese su comentario!
Por favor ingrese su nombre aquí