Análisis del historiador Martín Turrado para h50 Digital| Las grandes mentiras en la Historia de la Policía

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Introducción

El día 12 de este mes, titulaba así el ABC una noticia, para darle todo el realce posible y atraer la atención de los lectores: “Un experto desvela a ABC la mayor mentira de la historia de la Policía Nacional, el azote de ETA”. Y en el subtítulo nos revela el nombre de tal experto: “Jorge Ávila, autor de “Sangre Azul” (Edaf), sostiene que el hito fundacional del cuerpo no debería estar en 1824 sino en 1908”.

No sé dónde ni cómo se obtiene el título de experto en algo, pero en este caso, leyendo el libro y, no solamente la entrevista publicada en ABC, cualquier historiador medianamente informado sobre el siglo XIX y XX o sobre la historia de la policía puede calibrar la calidad del experto entrevistado. La mayor mentira, subtitula, de la historia de la Policía es afirmar que la Policía española fue fundada en 1824. Esta afirmación la hace el susodicho experto sin haber pisado un solo archivo de los muchos que existen con documentación sobre la policía. Eso sí, sin morderse la lengua ante la grabadora que es la moderna forma de demostrar valentía o, en este caso, hacer un alarde de ignorancia. Todas sus afirmaciones carecen del más mínimo aporte documental y desconociendo la abundante bibliografía sobre una historia que trata de reconstruir a su medida cayendo en una verdadera antología del disparate.

La primera gran mentira y otras

La gran mentira en la entrevista comienza en la foto de ese policía. Esa ilustración no corresponde a ningún miembro del Cuerpo de Seguridad en 1912. Al parecer de un gran experto en uniformidad, Eugenio Fernández Barallobre1, puede tratarse de un policía local de Alicante y no es seguro porque no se puede ver claramente el escudo del casco. Pero ni ese casco ni el uniforme corresponden a un policía del Cuerpo de Seguridad.

La documentación consultada por el autor, si nos fiamos de la bibliografía consultada, es sumamente deficiente, porque ignora por completo lo que hay escrito sobre la historia de la policía desde 1982 -y en algunos casos como en el de Eduardo Comín Colomer antes de esa fecha-, especialmente algunas tesis doctorales, que han valido a sus autores sobresalientes cum laude cuando las defendieron y que están publicadas. La bibliografía refleja mejor que ninguna otra parte del libro su profunda ignorancia sobre la materia que escribe, lo cual no ha sido obstáculo para que sea considerado un experto. Esto no es obstáculo para que el entrevistador reconozca que va a hablar sin pelos en la lengua. Por esto, me siento autorizado para no cortarme ni un pelo y hablar también sin ellos.

Para empezar, en el libro hay una confusión en el término policía. Habla de ella en dos sentidos que no tienen nada que ver entre ellos: las funciones policiales, de las que hay rastro hasta en homicidio de Abel, pues alguien debió descubrir y esclarecer el crimen. Se sabe a ciencia cierta que fue cometido con la quijada de un asno. Es a esto a lo que se refiere Larra en su artículo “La Policía”, cuando dice que para encontrar policía nos tenemos que remontar a los gloriosos tiempos de Adán y Eva. También hay funciones policiales descritas en el Código de Hammurabi, en los papiros de Egipto y en la literatura griega.

Otra cosa muy distinta, son los cuerpos policiales. Todos los historiadores están de acuerdo en que nacen después de la Revolución Francesa, pues es imposible dotarles de unas funciones en materia de seguridad y de la administración (expendición y control de documentos) sin una previa separación de poderes. Por esta razón, el nacimiento de los cuerpos de policía en España hay que buscarlo después de la Constitución de 1812: antes no hubo tal separación de poderes. A los cuerpos policiales se les dota de unas competencias -o funciones- específicas dependiendo del territorio en que las vayan a desarrollar. En este caso es la nación, por eso se debe buscar el origen de una policía española, ya constituida como cuerpo.

Santa Hermandad y Tribunal de la Acordada

Aquí sigue la antología del disparate del experto consultado por el ABC. Afirma, sin cortarse un pelo, que la Santa Hermandad fue una institución policial. No ha leído ningún cuaderno de ella, porque esa institución no fue ningún cuerpo policial: ninguna policía del mundo puede condenar a nadie a morir asaeteado, como un San Sebastián cualquiera. La Santa Hermandad podía hacerlo, porque era un tribunal especial por razón de la materia, los delitos en que podía entender, y del territorio en que desempeñaba sus funciones, el descampado. Pero esto no es el ideal de ningún policía actual.

Cuando fue resucitada en Méjico del siglo XVIII con el nombre de Tribunal de la Acordada para limpiar de bandoleros el camino de Veracruz hasta Méjico, se hizo mediante una resolución acordada de la Audiencia de Méjico – no de la de Guadalajara también en Méjico-, de donde recibió el nombre. La etimología dada por el autor es digna de figurar en la antología del disparate. Con haberse molestado en acudir al Diccionario de Autoridades de la Real Academia Española de la Lengua lo hubiera tenido resuelto en cualquiera de dos acepciones de las siete que registra: “ACUERDO. Es la determinación, que por la mayor parte de votos se toma en los Consejos, Chancillerías u otras qualesquiera Juntas. Lat. Senatus consultum. ALDRET. Orig. de la leng. Castell. lib. 1. cap. 12. A la oración del Emperador siguió el acuerdo del Senado”.

ACUERDO. Se llama tambien el Cuerpo de los Ministros Reales, que componen una Chancillería, ò Audiencia, con su Presidente, ò Regente, como las de Valladolid, Granada, Sevilla, y otras. Lat. Iudicum consessus. OV. Hist. Chil. fol. 157. No hai apelación de la sentencia de revista, que se dá en este Real Acuerdo, sino para el Real Consejo de Indias”.

Ese Acuerdo, primera acepción, fue elevado por el Conde de Revillagigedo a Felipe V que le dio su aprobación y pudo entrar en vigor. Fue tomado por los que componían ese Real Acuerdo que se especifican en la segunda.

Argumentos contra la fundación de la policía en 1824

Lo más grave se produce en cuanto a la creación o fundación de la Policía. Estamos hablando de la policía española entendida como un cuerpo policial a la que se atribuyeron determinadas funciones. No se molesta en aportar ningún documento en contra de las afirmaciones de otros historiadores y menos aún contra los que yo he recogido en mi primer libro “Documentos fundacionales de la Policía”. Se limita a decir que son un mito, sin saber exactamente que sea éste. El mito, la leyenda sin base real, es el que se inventa el autor por no haberse molestado en documentarse un poco más.

El argumento que hay en el fondo de su argumentación contra esa fecha es el siguiente ¿cómo se puede celebrar algo del reinado de Fernando VII, excepto lo ocurrido en el Trienio Constitucional (1820-1823)? Menos, algo relacionado con la Policía. Estamos ante un grave problema como ya ocurrió con el bicentenario del Museo del Prado, fundado en 1815 y volveremos a estarlo dentro de muy poco: el Consejo de Ministros se creó en 1823; el primer Código de Comercio se promulgó en 1828; los Carabineros se fundaron en 1829 y los primeros presupuestos consolidados de España se aprobaron en 1827. ¿Podremos o no podremos celebrar estos bicentenarios?

Lo primero que parece obligado poner delante de todo en estos casos es que esta policía fue una policía política. ¿Qué hizo como tal? Oprimir a los liberales, como no podía ser de otra manera. De los pocos que reprimió, algunos lo fueron con toda la razón del mundo: el autor no sabe que las dos primeras cartas-bomba que se enviaron por correo en España lo fueron en 1824 al general Eguía, por entonces Capitán General de La Coruña, y en 1831 al subdelegado de Policía en Jerez de la Frontera. Ambas fueron remitidas por un grupo de liberales exilados en Gibraltar, justamente, desde donde poco después saldría Torrijos hacía Torremolinos.

Hay datos para afirmar que el principal blanco de la actuación de la policía no fueron los liberales sino los ultrarrealistas, los antecedentes inmediatos de los carlistas. En este sentido el testimonio de Blas de Molina, comisario de policía de Valencia desde 1824 a 1827 no puede ser más explícito: “La policía de Valencia en aquel tiempo no era posible que obrase de otra modo cuando contaba entre sus individuos un crecido número de patriotas que habían hecho conocer demasiado sus principios liberales, que estuvieron con las armas en la mano hasta el último baluarte; que tenían compromisos quizá más graves que aquellos a quienes se encomendaba vigilar y que habían aceptado sus encargos no solo como un puerto de salvación individual, sino como un medio seguro de poder dispensar amparo a su partido vencido” “El Correo Nacional”, 22 de diciembre de 1840. Cosas parecidas a las de Valencia debieron existir en las ciudades más populosas, pues ya en la obra de Federico Suárez se encuentra la afirmación de la policía estuvo infiltrada por los liberales.

Después del argumento principal se encuentran los secundarios, pero, no por ello, menos importantes. La Policía basó su actuación sobre dos pilares, a cada cual más nefasto: por un lado, la policía secreta y por otro la Alta Policía.

Se comenzará por la primera porque es la mentira historiográfica más grande a mi entender que se encuentra en “Sangre azul”. Habla de la policía secreta como si fuera una organización o un cuerpo policial. No se ha parado a pensar ni a investigar ni a leer despacio los documentos legales que maneja que dejan muy claro que la policía secreta eran gastos de policía secreta, es decir fondos reservados, gastos reservados o como quiera que se les denomine ahora. Eran una simple partida presupuestaria destinada a pagar por información, es decir a los confidentes. Lo cual debió constituir un delito gravísimo de esa policía que no ha tenido continuidad en la historia ya que nadie ha oído hablar en España de la existencia de esos fondos.

En cuanto a la Alta Policía. La Alta Policía era un organismo independiente que actuaba tanto dentro de España como en el extranjero, especialmente en Gibraltar, Lisboa, Bayona, Paris y Londres, bajo el control total y el mando de José Manuel del Regato. Era un cuerpo organizado para el espionaje. Tuvo frecuentes enfrentamientos con la Policía, a la que han achacado cosas como lo sucedido a Torrijos, que en realidad fue atraído a la playa de Torremolinos por esa red. Esa no distinción de cuerpos y funciones hace caer al experto en graves errores y contradicciones.

Otro argumento en contra de la fundación de la policía es de lo más curioso y abracadabrante que se puede encontrar en un libro de historia. Este experto afirma solemnemente que la policía no estuvo presente en las colonias españolas de Cuba, Puerto Rico y Filipinas. Lo cual demuestra un primer fallo: desconoce toda la bibliografía existente sobre el tema y de la documentación hasta dónde se encuentra. No ha leído el libro, excelente, por cierto, de Vicente Cabo Meseguer y de Miguel Ángel Camino del Olmo sobre “La Policía española de Ultramar”, que le hubiera ilustrado un poco sobre este tema. Tampoco lo ha hecho con el de José Trujillo Monagas, “Los criminales de Cuba”. Este autor fue el abuelo del dictador de la República Dominicana, Leónidas Trujillo, y a la vez, Inspector del Cuerpo de Vigilancia en Cuba. Y menos aún, con el de “La Policía de La Habana” donde ser narran los servicios prestados por Cuebas y Sabaté, inspector y celador del Cuerpo de Vigilancia en la Habana. El autor de este último libro, Eduardo Varela Zequeira, fue uno de los primeros periodistas especializados en sucesos. Todo esto le da igual: la policía como cuerpo no existió ni en Cuba ni en Puerto Rico ni en Filipinas a pesar de la literatura que lo recoge ni de la abundante documentación que lo prueba.

¿Se fundó la policía en 1908?

El hito fundacional debe colocarse según el experto en 1908. ¿Ha leído bien la ley de 27 de febrero de 1908? Me temo que no. Esa ley se refiere a cuestiones de personal no de organización de un cuerpo de policía. Las cuestiones que se abordan son muy importantes hasta el punto que el nacimiento de la moderna policía hay que ponerlo en esa ley que terminó con las cesantías, reguló las formas de ingreso, la estabilidad en el empleo, las jubilaciones, un escalafón nacional y las garantías dadas a los funcionarios que no podrían ser separados de sus puestos de trabajos sin un expediente previo. Pero, en ella no se trató en ninguno de sus apartados del tema de la organización. Nos encontramos así ante un tremendo misterio: ¿cómo una ley, la del 27 de febrero de 1908, puede ser considerada como fundacional de la policía nacional sin tratar de organizar un cuerpo de policía?

¿Qué tipo de organización se mantuvo? El experto tendrá que remontarse a la del Real Decreto de 4 octubre de 1835 en que se hacía depender a la policía de los jefes políticos -cuya función en la administración desconoce por completo-, es decir, de los antecesores de los gobernadores civiles, pues no se cambiaron de un nombre a otro hasta 1847. Lo único que se hizo un poco después de esta ley fue dotar a Madrid y Barcelona con una jefatura y de una inspección de policía, respectivamente, como cabezas de su organización policial provincial y, en consecuencia, dependiendo de su gobernador civil. Hay no obstante todavía otra pregunta que responder: ¿a qué organización policial sustituyó de la de 1835? Aquí cabría responder lo de Isabel la Católica: “Averígüelo, Vargas”. En este caso ese trabajo ya está hecho: a la puesta en marcha “a golpe de” Real Cédula de 13 de enero de 1824 y de su Reglamento de desarrollo de 20 de febrero de 1824, las verdaderas fechas fundacionales de la policía.

Curiosamente con la creación de la Dirección General de Seguridad en 1912, tras el asesinato de Canalejas, se volvió en parte a esa primera forma de organización, porque se dotó a la policía de una cabeza visible e independiente a nivel nacional que duraría hasta 1979 en que se cambio el nombre por el de Dirección General de la Policía. Es un curioso volver a empezar que había tenido dos antecedentes: uno en 1858 y el otro desde 1886 a 1889, porque ya se sentía que la policía debería actuar con criterios uniformes en toda España.

La fiesta de la Policía

No quiero terminar sin mencionar una alusión al disparate sobre el origen de la fiesta de la policía y del por qué es el Ángel de la Guarda. Ignoraba yo, pero este experto me ha sacado de dudas, que esta fiesta se debiera al nacionalcatolicismo franquista, motivo más que suficiente para pedir su supresión. La causa de mi ignorancia no es otro que el haber encontrado documentación suficiente que acredita que la fiesta se comenzó a celebrar por los funcionarios de los Cuerpos de Vigilancia y de Seguridad hermanados en una comida en 1913 y después se convirtió en costumbre.

Se nombraba cada año una comisión de festejos y a ella llegaban todos los años peticiones de asociar esa fiesta a actos religiosos, para lo cual era necesario que la Iglesia designase un santo patrón. Por ello, la encargada de preparar estos actos en 1926 redactó una circular en la que se proponía trasladar la fecha de la fiesta al 1 de marzo, porque ese día celebraba la Iglesia la festividad del Santo Ángel de la Guarda. La mandó el 14 de enero de ese año a todas las dependencias policiales para que dieran su respaldo o su rechazo a esta idea. La idea fue apoyada mayoritariamente por los policías.

Como todo el mundo sabe, por esas fechas, el nacional catolicismo estaba en su apogeo. ¿Qué celebraban? El estatus jurídico que les había proporcionado la ley de 27 de febrero de 1908. Tanto fue así que en 1926 se constituyó una comisión mixta (Cuerpos de Vigilancia y de Seguridad) que pidieron al Papa Pio XI que adjudicara un patrón a la policía para celebrarla institucionalmente. El Papa fijó como día festivo el 1 de marzo, porque era la festividad eclesiástica más próxima, la del Santo Ángel de la Guarda. Tras el Concilio Vaticano II esta festividad fue trasladada y fusionada con la de todos los ángeles el día 2 de octubre, que es cuando se celebra actualmente. Todo gracias al nacional catolicismo, como se puede fácilmente comprender.

Conclusión

Todas estas consideraciones y muchísimas más que se pueden hacer, ponen en este caso concreto, en cuestión la entrevista concedida al ABC. Se titula como experto, cuando no lo es, ni siquiera historiador, porque, si hubiera tenido algo de esos “oficios”, hubiera sido mucho más riguroso en sus afirmaciones y se hubiera documentado tanto bibliográficamente como en el uso de fuentes primarias infinitamente mejor de lo que ha hecho. Ignora todo lo que se ha escrito e investigado hasta ahora sobre la historia de la policía le ha llevado al introducirse en lo que nuestros antecesores medievales llamaban un Mare Tenebrum – mar de las tinieblas- y, lo que es peor, intentar enseñarlo como si estuviera en un día con sol radiante. Son tantos los errores, tantas las inexactitudes contenidas en su obra, suficientes para que hablara con algún pelo que otro en su lengua. Al menos, hubiera ahorrado alguno de los grandes patinazos que van reseñados.

Lo paradójico de este caso es que nos encontramos con alguien que se titula experto. No se sabe si esa es la titulación se la impone a sí mismo o se la han reconocido los demás. La realidad es que, cuando se analiza lo que dice y lo que escribe, no se encuentra más que un cúmulo de disparates historiográficos. Es decir, un desmentido rotundo a esa autotitulación.

1 Véase “Ni tan siquiera hay rigor en la fotografía”. El Correo de España, 14 de julio de 2022. Aclaremos para el lector que Eugenio Fernández Barallobre está entre los mejores conocedores de la uniformidad policial, por lo cual es una de las mayores autoridades en esta materia. Es decir, un verdadero y auténtico experto.

Portada de la edición actual del libro citado.

La segunda figura es la foto de José Trujillo Monagas.

Autor: Martín Turrado Vidal Licenciado en Filosofía y Letras, rama de Historia, por la UNED (1981) Máster en Documentación (1993). Cronista Oficial de Valdetorres de Jarama Vicepresidente del  Instituto de Historiadores del Sur de Madrid, “Jiménez de Gregorio”. Vocal de Publicaciones del Foro para el Estudio de la Historia Militar de España.

Pincha en este enlace y descárgate el libro: Juan Meléndez Valdés y la literatura de sucesos.

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